
"Una
comedia ligera" recuerda los mejores logros de
Mendoza, su serenidad narrativa y equilibrio de
siempre, su habilidad y autocontrol en las descripciones,
en los retratos o siluetas de los personajes y
en el encadenamiento de los sucesos, mientras
ese humor soterrado en el que se instala desde
el principio se va haciendo cada vez más explícito,
hasta rozar lo grotesco. […] Sus incursiones en
el mundo burgués son notables, así como los crueles
retratos de la miserable burocracia franquista
de la época. Quizá los momentos más artificiales
-aunque en sí constituyan un evidente "tour de
force" estilístico- sean aquellos en los que se
acerca a los bajos fondos, los bares flamencos,
las tribus marginales. El alarde lingüístico se
ve potenciado aquí por un incremento del humor
que terminará por convertir la sátira social y
costumbrista -tras un crimen no muy significativo-
en una explosión final que desemboca en la farsa
trágica y el esperpento, en un arriesgado cambio
de ritmo e intensidad narrativos peligroso para
la unidad del conjunto. Y asimismo la decepción
que puede producir el inacabamiento de la trama
criminal, que se desinfla sola. Pero en fin, pelillos
a la mar. Pues, además de toda esta maestría que
se diluye al final en la farsa y el esperpento,
su riqueza documental bien escondida, sus descripciones
de lo que fue aquella época miserable de la historia
española, y la hábil dosificación de los análisis
sociales convierten a esta novela, de tan fácil
lectura, en una de las más sólidas y sabias de
estos últimos años."
Rafael Conte, "ABC Literario", 15 de noviembre
de 1996.
"Mendoza
ha escrito una novela de madurez deslumbrante,
en la que se acumulan y superan todos los logros
de sus obras anteriores, de casi todas las cuales
se reconocen ecos, incluso guiños flagrantes.
El retrato que hace de una Barcelona todavía en
"la edad de la pérgola y el tenis", de aquel mundo
"ligeramente egoísta y caduco" (así lo evocaba
Gil de Biedma en "Infancia y confesiones"), es
magistral, sobre todo en el modo en que se desplaza
de un registro casi costumbrista a otro donde
se roza el esperpento, a lo largo de una travesía
repleta de personajes magníficamente trazados,
riquísima en ambientes y en registros tonales,
y gobernada en todo momento por la capacidad del
narrador para tomar distancias respecto de la
perspectiva a la que por otro lado se resigna
(en este caso, la del protagonista y su estamento
social), lo que abre un margen a la ambigüedad
moral que impregna el texto entero."
Ignacio Echevarría, "El País", 23 de noviembre
de 1996.