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Mayo 68 ¿Para qué sirve una biblioteca provincial?




¡Basta ya!

Por principio me niego a firmar manifiestos en los que mi firma resulte obvia. Por ejemplo, manifiestos "a favor de la cultura" o "contra el hambre en el mundo". Creo que uno sólo debe expresar públicamente su postura cuando esta postura sea fruto de la reflexión e incluso de la resolución de un dilema. Y como he firmado el manifiesto "¡Basta ya!", me gustaría exponer las razones que me han impulsado a ello.

Como no soy pacifista, no creo que todas las guerras sean iguales. Lo mismo me ocurre con el terrorismo. Deploro todas las muertes, pero no condenaría a rajatabla algunos actos desesperados de los que la Historia nos ha dejado constancia. Esta me parece una actitud ética en la medida en que me obliga a resolver en cada caso un dilema, con el consiguiente riesgo de error. Si ahora expreso mi rechazo a la violencia de ETA, no lo hago, pues, por una actitud apriorística. Tampoco lo hago desde ninguna posición política. Aquí no se trata de juzgar las razones que puedan motivar las acciones de ETA, sino los métodos. Otro día hablaremos de las virtudes y defectos del nacionalismo. Ahora estamos hablando de tiros. Por lo demás, estoy de acuerdo en que el llamado problema vasco es complejo y requiere una solución política, pero no creo que esta solución corresponda exclusivamente a los políticos.

Ante todo, creo importante que una cosa quede clara: los asesinatos de ETA no son admisibles desde ningún punto de vista. Primero porque violan el derecho de todo ser humano a la vida, y esto es algo muy serio, que a menudo olvidamos cuando nos ponemos a especular. Paradójicamente, los que hemos tenido la fortuna, casi milagrosa, de haber nacido y vivido en paz, consideramos este derecho como algo abstracto: nada ni nadie nos privará de seguir viviendo salvo una enfermedad o un accidente. El que existan muchas personas como nosotros que viven en continua zozobra es algo que sabemos, pero que adjudicamos a otros países, o a otras épocas, y, en todo caso, a la sección de noticias. Pero no es lo mismo matar que no matar. Segundo, porque ETA mata fríamente, como parte de un plan a medio o largo plazo. Las víctimas, elegidas por razones de comodidad o en función de una vaga representatividad, sólo son medios para mejorar la posición negociadora de quienes planifican y ordenan esas muertes. Esto es particularmente repugnante.

También me parece reprobable la utilización de los jóvenes con la misma finalidad. Por definición, los jóvenes son idealistas, propensos a las acciones emocionales, inclinados a la acción y al riesgo. Manipular estas tendencias con fines políticos es una grave irresponsabilidad. También es reprobable utilizar su capacidad de ilusión y entrega con fines comerciales. En ambos casos se aplica la expresión "venderles una moto".

Estas reflexiones no van dirigidas a ETA ni a sus partidarios. Bien sé que no las tomarán en consideración. En realidad me dirijo a quienes, como yo, no tenemos nada o casi nada que ver con este asunto. Uno de los peligros de la democracia es que nos puede llevar a pensar que los problemas colectivos los han de resolver los políticos y la opinión pública formularla los periodistas. En términos generales, así es. Para los que no aspiramos al poder ni a la gloria y lo que más nos gusta es que nos dejen hacer nuestra santa voluntad, la democracia es un sistema idóneo, porque sólo nos obliga a votar de cuando en cuando y, si nos da la gana, ni siquiera eso. Esta actitud puede resultar menos simpática cuando subimos el volumen del televisor para no oír los gritos de auxilio del vecino.

Ya sé que hay quien dice que el problema vasco sólo incumbe a los vascos. Tal vez sería así si la magnitud de los hechos no transcendiera esos límites geográficos. Es cierto que un crimen es un crimen allí donde se cometa, pero mi experiencia vital hace que a mí no me afecte igual un crimen cometido en Cachemira que en Bilbao. No es ilógico y contradictorio, sino humano. Además, vivimos en un mundo de principios genéricos, y algunos hechos revisten un valor simbólico que compromete a quién los contempla más que otros de sus mismas características. Hace unas décadas la guerra de Vietnam trastornó la conciencia de la gente en los países occidentales como no lo había hecho la guerra de Corea o la de Argelia. Lo mismo había sucedido antes con la Guerra Civil española. Tengo la impresión de que en estos momentos la situación en el País Vasco está desbordando sus márgenes para convertirse en un problema de conciencia para quienes lo vivimos como espectadores de primera fila. En definitiva, nos importan poco las modalidades del proceso de solución y los nombres y las siglas de quienes lo llevan a delante. Esto es algo que habrá que dilucidar en su día. Pero, por ahora, basta ya.

Y una última consideración. El uso de las palabras nos hace olvidar su significado. Así está ocurriendo o ha ocurrido ya con las palabras terrorismo y terrorista. Un terrorista no es un individuo que ha obtenido ese título en un examen, y el terrorismo no es una escuela de pensamiento. El terrorista incide decisivamente en la realidad e infunde terror, y para que exista terrorismo tiene que haber una colectividad aterrorizada. En este sentido, una visita superficial al País Vasco en estos momentos produce desconcierto. Pocos parajes hay más placenteros en Europa. Reina la calma y la gente se comporta con la cordialidad que siempre la ha caracterizado. Y no hay zona del mundo donde se coma mejor. La muerte, la amenaza y la extorsión existen, pero la vida no sólo sigue, sino que florece. Por supuesto, hay mucha gente que hace oir su voz o trata de hacerlo, con el consiguiente riesgo, pero el ambiente general parece ir en otra dirección. Lo mismo nos ocurre a los que vemos la situación desde fuera. Todos lamentamos los incidentes cuando se producen y luego seguimos viviendo como buenamente podemos. Esta actitud es admirable cuando se adopta frente a una calamidad inevitable. Pero yo creo que ahora es todo lo contrario.

Nada más fácil que decir estas cosas cuando se ven los toros desde la barrera. Yo no sé lo que haría si fuera vasco, nativo o de adopción, para el caso es lo mismo; si mi vida afectiva, profesional y social dependiera de mi posición respecto a este asunto. No soy especialmente valiente, y comprendo bien a los que quieren vivir en paz con su entorno inmediato mientras las circunstancias se lo permitan. Pocas situaciones hay que no se puedan sobrellevar de día en día, pensando que ya llegará el momento de reaccionar, pero no hoy, no ahora. La literatura al uso presenta una imagen agresiva y virulenta de los regímenes opresivos, pero la realidad no siempre es así. Una vez se imponen por la violencia, los regímenes opresivos, institucionales o de hecho, suelen crear condiciones de vida confortables e incluso gratas para quien no se mete en camisa de once varas. Los que conocimos el largo crepúsculo que fue el franquismo sabemos que la mayoría de la gente llevaba una vida pasablemente buena y muchos vivían francamente bien. A los que no conocieron esa etapa o ya la han olvidado, conviene recordarles que ese bienestar implicaba vender el alma al diablo, y que el diablo siempre se cobra sus deudas. Y los que sí lo recordamos hemos de tomar partido.

[Publicado por primera vez en "El País", 23 de septiembre del 2000.]

 

 

 

 

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