Eran
las condiciones socioeconómicas las que
determinaban las ideologías y no a la inversa.
Ahora, los acontecimientos venían a confirmar
esta visión determinista de la sociedad.
No
creo, sin embargo, que este desencanto,
por así decir, fuera el elemento distintivo
de las nuevas corrientes literarias. No quisiera
pecar de pretencioso, pero creo haber advertido
en autores muy antiguos, como Cervantes y Homero,
por citar sólo dos nombres conocidos, el mismo
escepticismo respecto de las propiedades terapéuticas
de la letra impresa. Sin restar importancia
a lo que pudo suponer el fracaso del llamado
Mayo del 68 para la conciencia de Occidente,
yo tiendo a pensar que el desencanto producido
por una reiterada demostración práctica de la
virtual inutilidad del esfuerzo individual o
colectivo tuvo su génesis y su consolidación
en un fenómeno nuevo: la sobreabundancia informativa.
Nunca hasta la década de los sesenta o setenta
la humanidad había estado sometida a un aluvión
informativo como el que hoy se da, para bien
y para mal, en todos los ámbitos. No me refiero
sólo a la televisión, sino a otros hechos
paralelos, menos espectaculares, pero no menos
importantes en este sentido, a saber: la proliferación
y facilidad de viajar y, por lo tanto,
de entrar en contacto con otros ambientes y
culturas y de constatar determinadas constantes
de la conducta humana o, por decirlo en términos
más sencillos, que en todas partes se cuecen
habas; la proliferación de estudios académicos
o de divulgación, pero por lo general minuciosos
y documentados, sobre momentos, sucesos o personajes
históricos, acontecimientos políticos o hechos
reales de muy diversa índole, lo que ha dado
a todos los ciudadanos acceso a secretos tradicionalmente
reservados a unos pocos: a estos fenómenos habría
que añadir, en el caso concreto de España, y
con todas las salvedades a que haya lugar, la
aparición de una prensa independiente, informada
y fidedigna.
Esta acumulación sin precedentes de datos
objetivos puso de manifiesto algo que muchos
sospechaban, pero que nadie podía asegurar con
certidumbre: el funcionamiento real de unos
mecanismos sociales complejísimos, cuyas ramificaciones
resultan imposibles de abarcar en su totalidad
y, por consiguiente, de manipular, salvo a muy
pequeña escala y con fines estrictamente
particulares.
También
quedaron de manifiesto, para sorpresa de algunos
e indignación de casi todos, las maquinaciones
de los grupos tenidos hasta el momento por legítimos,
tanto políticos como económicos, religiosos,
culturales, etcétera. Que esto fuera aplicable
a todos o sólo a la mayoría que, de serlo, lo
fuera siempre en la misma medida, no hace al
caso.
El
sentimiento dominante fue y sigue siendo de
desconfianza radical hacia cualquier
sistema constituido; el convencimiento de que
toda organización se habrá de ver por fuerza
sometida a las flaquezas propias de la naturaleza
humana; la aceptación de que siempre llega más
lejos aquel a quien menos escrúpulos
estorban su camino y, al mismo tiempo, la admisión
de la necesidad de apoyar este mismo orden constituido,
aun a costa de violentar los ideales y los impulsos
personales, con objeto de evitar una inestabilidad
que sólo favorecería al más fuerte y despiadado.
A
esta visión del mundo puede agregarse, a mi
juicio, un dato significativo e igualmente nuevo.
Tanto las revelaciones como los estudios aparecidos
de un tiempo a esta parte no sólo muestran una
espesa trama de escándalos y maldades,
sino algo aún peor: la escasa altura intelectual
y humana de sus protagonistas. Los mayores monstruos
de la historia, despojados de su aparato propagandístico,
cuya mejor baza era siempre el misterio,
se nos revelan más triviales y lerdos que los
participantes en un concurso matutino de televisión.
No se trata de que no exista el mal absoluto,
sino de que es, incluso, el mal algo banal y
al alcance de cualquiera. Dicho en otros términos,
nuestros malos se comportan como personajes
de Shakespeare, pero razonan y se expresan como
personajes de serial venezolano.
Estamos,
pues, atrapados en un sistema hecho de conspiraciones
y mentiras, cuyos planes no ha concebido nadie
y cuyos hilos se mueven solos. El enemigo carece
de fisonomía y los grandes cataclismos sólo
pueden ser atribuidos a causas vagas, imprevisibles
e incontrolables; fuerzas de mercado, idiosincrasias
irreconciliables, antecedentes históricos determinantes:
desmembración de antiguos imperios, agravios
enquistados en la memoria colectiva, etcétera.
El panorama expuesto en los párrafos que anteceden
ha producido un pesimismo harto lógico, pero
también una paradójica liberación. Puesto
que nada sirve para nada, todo el mundo queda
liberado de cualquier responsabilidad. No se
trata de un postulado absolutamente cínico,
sino razonablemente escéptico.
En
el caso concreto de la literatura, esta reacción
se ha manifestado, como numerosos estudios se
han encargado de mostrar, en un abandono de
la combatividad en forma de militancia o rebeldía.
Esto, sin embargo, no ha supuesto un abandono
general de los principios que le son propios,
es decir, el análisis y la descripción de la
realidad interna y externa por medios literarios.
En otras palabras, y sin ánimo exculpatorio,
el pesimismo reinante no ha llevado a
la aceptación del mundo como es, sino a un intento
de definirlo en toda su contradictoria extensión,
tal vez con la esperanza de que la comprensión
ayude a resolver algunos problemas o, cuando
menos, a paliar sus consecuencias. Este cambio
de actitud con respecto al mantenido en la época
inmediatamente anterior no podía por menos de
producir cambios radicales en las formas literarias.
En
efecto, a medida que iba creciendo el interés
por conocer los mecanismos que mueven
el mundo, retrocedía a un segundo plano la introspección
psicológica que había dominado la narrativa
durante varias décadas y adquiría, por el contrario,
una importancia creciente la descripción de
épocas, costumbres y lugares. En este contexto
han resurgido y cobrado nuevo valor dos géneros
narrativos aparentemente anacrónicos: la novela
histórica y la novela exótica. Esta moda,
por más que se preste a una trivial comercialización,
no respondía, creo, a la curiosidad por lo raro
y remoto, sino a ese deseo de explorar los mecanismos
sociales por medio del estudio de estos mismos
mecanismos en otras épocas, ya cerradas, o de
modelos distintos, cuya diferencia permitiera
percibir mejor sus características y entresijos.
Para llevar a cabo esta operación, la literatura
depuso la actitud beligerante que durante
las décadas precedentes había adoptado con respecto
al lenguaje y, por así decir, se reconcilió
con él. Toda reconciliación suele dar sus frutos
y este caso no fue excepción. Por una parte,
el lenguaje, que poco antes había dejado de
verse como encarnación de la verdad, y había
pasado a convertirse en denostado portador de
incomunicaciones, recuperó su condición
de instrumento casi único de comunicación, pese
a todas sus deficiencias. Al mismo tiempo, se
reconoció que el lenguaje, y en concreto el
lenguaje literario, no consistía en un léxico
y una sintaxis, sino también en un conjunto
de formas más complejas, tácitamente asumidas
por la sociedad, en una verdadera constelación
de sistemas que van desde la palabra hasta los
géneros literarios y sus convenciones. Este
reconocimiento presuponía, por fuerza, una mayor
complicidad con el lector, a quien se suponía
poseedor de un bagaje literario adquirido, consciente
o inconscientemente, de un modo poco menos que
genético o, dicho en otros términos, conectado
a la tradición literaria en la que se inscribía
el propio escritor.
A este cambio de actitud contribuyó también
la incorporación a la tradición literaria
occidental de un fuerte contingente literario
procedente de otras culturas, aunque yo no veo
en el fenómeno una apertura de la conciencia
occidental a otros ámbitos, sino una gradual
occidentalización de las demás culturas y, por
consiguiente, una mayor aceptación de éstas
en el mercado occidental.
Por lo demás, este fenómeno, de haber existido,
no habría tenido mucha influencia en España,
donde se ha hecho sentir mucho la penosa aridez
en este terreno. Un caso distinto habría sido
la presencia masiva en España, durante la década
del sesenta, de la literatura latinoamericana,
a la vez exótica y próxima. Más característica
de esta época y mucho más importante me parece
la incorporación definitiva de las mujeres a
la literatura. No me refiero a la literatura
femenina, sino a la incorporación de
la voz femenina a la corriente general de la
literatura.
La
combinación de estos factores y de otros, que
sin duda dejó en el tintero, contribuyó a crear
un movimiento literario que a menudo ha sido
bautizado con el nombre de posmoderno,
un término que en sus inicios llevaba implícita
una connotación peyorativa, como suele ocurrir
siempre que se bautiza un movimiento o una escuela,
pero que, según entiendo, ha ido perdiendo sus
aristas y ha acabado recibiendo la aceptación
general.

En
este movimiento literario, y aunque nos cueste
creerlo, la narrativa española ha tenido un
papel protagonista en Europa. El que así haya
sido no debe extrañarnos. El movimiento intelectual
surgido del desencanto de la década del sesenta
fraguó en el mismo momento en que España, por
razones puramente fortuitas, resucitaba
de una aridez cultural de cuatro décadas. Del
humus del franquismo descompuesto brotaba una
generación rebosante de energía, ansiosa por
recuperar el tiempo perdido y dotada de un considerable
capital de escepticismo, acumulado durante
40 años por la retórica de un régimen grotesco
que había subvertido todos los valores, reduciendo
a caricatura los pilares de la cultura occidental:
religión, patria, familia, heroísmo, raza, virilidad,
etcétera.
Han
pasado los años. Ahora esta generación,
tanto la de los autores que la constituían como
la del público que los aupó, empieza a mostrar
signos de fatiga. Ha aparecido una nueva generación
para la que el llamado Mayo del 68 y los móviles
que lo impulsaron son meros datos históricos,
una generación que ha vivido inmersa en la desolada
lucidez de la generación precedente, pero que
lógicamente reclama una postura nueva, más acorde
con los tiempos. Determinadas manifestaciones
así lo dan a entender y voces autorizadas vienen
augurando la necesidad de un cambio. Pero este
cambio. ¿En qué puede consistir?
No parece que las circunstancias que motivaron
la aparición del actual modelo literario hayan
variado sustancialmente. A lo sumo, se han hecho
más patentes. Tampoco creo que el modelo literario
fuera una simple moda, sometida a los caprichos
del consumidor o a la volubilidad de
un mercado necesitado de una continua renovación.
En los párrafos precedentes he intentado mostrar
la seriedad del fenómeno, por más que sus características
específicas hayan favorecido la aparición de
productos concretos de muy escasa consistencia.
Sin
embargo, si bien es cierto que las circunstancias
no han variado en lo esencial, no es menos cierto
que la gravedad real y potencial de estas circunstancias
ha adquirido unas dimensiones que ni siquiera
los más pesimistas preveían. Aquellas fuerzas
aparentemente ciegas que hace unos años parecían
gobernar el mundo de un modo inexorable, pero
benévolo, han demostrado ser en definitiva verdaderas
bombas de relojería, capaces de estallar
en forma de conflictos salvajes e incontenibles.
Fantasmas que parecían conjurados definitivamente
vuelven a hacer sentir su presencia en los mismos
lugares y bajo las mismas formas. A esta situación,
cuya realidad produce espanto y cuya evolución
todo el mundo teme, la literatura al uso sólo
puede oponer una actitud de irónica resignación
que irrita más que consuela.
En este sentido, y aunque sé que lo que voy
a decir parecerá raro a quien haya tenido ocasión
de trata a más de uno, creo sinceramente que
el escritor de hoy se ha vuelto en exceso modesto.
La complicidad con lector a que antes me refería
ha llevado al autor a adoptar un tono de camaradería
y, en consecuencia, a despojarse de la autoridad
moral que el escritor se arrogaba en otros tiempos:
una figura señera y barbada. Hoy el escritor
es un mero testigo ilustrado de lo que narra,
más próximo por su actitud al periodista
que al literato.
Al
mismo tiempo, la novela de los últimos años,
al desinteresarse por todo planteamiento ético,
ha echado al olvido uno de los elementos fundamentales
de la gran novela: el dilema. No se trata tanto
de que la novela carezca de actitud moral, como
algunos le reprochan, sino de que esta actitud
moral no se concreta o no se encarna en el protagonista.
Los protagonistas de las novelas contemporáneas
son meros juguetes de las circunstancias, observadores
de su propia peripecia. Su abulia no es la del
extranjero de Camus, que no alcanza a
percibir la diferencia entre el bien y el mal,
sino la del ciudadano circunspecto que conoce
y quiere el bien, pero que sabe que, en última
instancia, lo misma da querer ser bueno que
querer ser malo. Es esta debilidad del personaje
lo que a mi juicio lastra la novela contemporánea.
Su peripecia es una simple anécdota que sólo
sirve para dejar constancia de un estado de
ánimo. El lector puede identificarse fácilmente
con este estado de ánimo, pero no participa
de la aventura moral y, por lo tanto, tampoco
recibe, al término de la lectura, la recompensa
moral que deriva del sufrimiento y de
la decisión. El ciudadano percibe hoy en el
ambiente la posibilidad real de verse enfrentado
en un futuro no lejano a un dilema ético de
gran envergadura, para el que la literatura
no lo habrá ejercitado. Es obvio que estas consideraciones
han de quedar interrumpidas, por más que acabar
de este modo contradiga toda norma. Pero no
me propongo hacer vaticinios ni ofrecer recetas.
Sólo he querido hacer un balance de la situación
y subrayar algunos extremos que me parecen importantes.
Se avecinan tiempos difíciles y el oficio de
escritor ha de estar a la altura de estos
tiempos.
[Publicado
por primera vez en "La Nación" (Buenos Aires),
el 8 de agosto de 1993].
