La
ingenuidad no es un crimen, pero a veces
puede ser la más expeditiva de las coartadas.
Algunas reacciones ante los disturbios raciales
de los últimos días en el barrio de Ca n'Anglada
de Terrassa (al menos tal como este diario las
transcribe, seguramente con la simplificación
a que obligan las prisas) ilustran, a mi parecer,
este principio, tanto más cuanto que se atribuyen
a personas inteligentes cuya integridad
está fuera de toda duda.
La
primera proviene de un hombre tan poco ingenuo
como es el fiscal jefe del Tribunal Superior
de Justicia de Cataluña, José María Mena,
para quien los brotes de violencia han sido
provocados "por personas relacionadas con núcleos
extremistas y de otras tendencias" ("El País
Cataluña", 17 de julio). La información
es tan vaga que resulta irreprochable desde
el punto de vista lógico, pero adolece de dos
defectos: el primero, ignorar el hecho de que,
según parece, las actuaciones de estos extremistas
contaban con amplio apoyo popular, al menos
en un principio; el segundo; tratar de minimizar
el problema calificando a sus autores de "extremistas",
como algo opuesto a moderados o gente corriente,
lo cual, por otra parte, es obvio, puesto que
extremistas son los que cometen actos propios
de extremistas. Lo mismo sería aducir que una
oleada de violaciones no es significativa porque
todas las violaciones fueron cometidas por violadores.
Igualmente
ingenua parece la reacción de otra persona también
merecedora del máximo respeto: el párroco de Sant
Cristòfol, Jesús Navarro, quien en el periódico
del pasado viernes 16 afirmaba: "Todo esto es
incomprensible". Esta conclusión, en boca de un
hombre que lleva siete años al frente de una parroquia
famosa por su implicación en los problemas sociales
del barrio, resultaría algo escasa si no la ampliaran
unas declaraciones del mismo Jesús Navarro aparecidas
al día siguiente en este mismo diario. En ellas,
el párroco de Sant Cristòfol, reiteraba
su sorpresa ante el estallido de violencia racista,
especialmente viniendo de "gente que ha participado
en la lucha antifranquista". Yo no dispongo de
los datos de que dispone Jesús Navarro, pero no
veo contradicción entre ambos hechos; los vecinos
de Ca n'Anglada se enfrentaron al franquismo por
la misma razón por la que ahora se enfrentan a
los magrebíes: porque estaban hartos. No quiero
decir que su lucha antifranquista no tuviera
un trasfondo ideológico cabalmente asumido, pero
tampoco hay que ser un marxista redomado para
pensar que a veces las condiciones materiales
influyen en la actitud de las personas y los grupos.
Al decir esto no pretendo justificar los actos
de violencia racista. Sólo insisto en que no hay
que caer en la tentación de atribuir ciertos efectos
a causas incomprensibles y que no hay que sorprenderse
porque en determinadas circunstancias los ríos
desborden sus cauces. Y sin embargo, el párroco
de Sant Cristòfol no es un hombre ingenuo: en
sus declaraciones habla de familias desestructuradas,
de hacinamiento, de contratos ilegales
abusivos. Su análisis de la situación es coherente
y parece certero. Ni soy yo quién para enmendar
la plana al fiscal y al párroco. Sólo indico que
ante un problema tan grave como éste, por lo que
es en sí y por lo que tiene de sintomático, es
preciso asumir, al menos como hipótesis de trabajo,
la posibilidad de que los actos violentos respondan
al sentir generalizado de una comunidad, y de
que este sentimiento no carezca de sólidas razones
materiales, por más que los actos sean reprobables
y merecedores de una intervención decidida de
las fuerzas del orden y, en los casos individuales
que proceda, de la justicia.
Pero
la mayor y la más peligrosa de las ingenuidades
es, a mi juicio, la de los partidos políticos
de todas las tendencias, las organizaciones y
algunos individuos, que prometen o reclaman medidas
conducentes a lograr la integración de los inmigrantes
de otras culturas en nuestra sociedad. Por supuesto,
hay que adoptar medidas urgentes que corrijan
las injusticias flagrantes y remedien unas condiciones
de vida que seguramente han influido más en la
violencia que cualquier ideología, pero
en la concepción de estas medidas la integración
puede ser un ideal, nunca un objetivo, y menos
un objetivo expreso.
En
el contexto de la planificación oficial,
la integración implica solamente esto: la aceptación
por el más débil de los hábitos y la idiosincrasia
del más fuerte. Cuando dos formas distintas de
entender la vida se ven obligadas a compartir
un mismo espacio, esta integración, a pesar
de lo que puede tener de traumático, es deseable,
y en todo caso la mejor de las opciones. Pero
ha de hacerse de forma gradual y voluntaria. De
lo contrario, por suave que sea la inducción,
acaba interpretándose como una imposición y convirtiéndose
en un agravio histórico.
¿Al
decir esto estoy propugnando la existencia de
guetos? Pues sí francamente. Guetos dignos,
provistos de los servicios necesarios, y tan abiertos
que quien lo desee, por convencimiento o por conveniencia,
pueda salir, o entrar, o vivir entrando y saliendo
a su capricho, si sabe cómo hacerlo. El resto
hay que dejarlo en manos del tiempo y sobre todo
de las personas, y confiar en que éstas harán
en la mayoría de la elección más adecuada para
sí y en especial para sus hijos. La sociedad
civil, por su parte, dispone de muy variados sistemas
de integración voluntaria. Algunos son directos,
aunque de poca eficacia, como el reunirse los
domingos en un parque y tocar la pandereta a favor
de la solidaridad. Otros son muy eficaces, pero
un tanto superficiales, como el compartir la devoción
fanática por un club de fútbol o cosa similar.
Otros, por último, son más trabajosos, pero a
la larga más fructíferos, como por ejemplo la
cultura, siempre y cuando no se entienda por cultura
lo que entienden nuestras autoridades, es decir,
la febril inauguración de equipamientos
superfluos son fines propagandísticos, sino como
el territorio en el que los seres humanos podemos
encontrarnos y expresarnos de un modo comprensible
para los demás. En resumen, pocas intenciones,
más espacio vital y agua en los grifos.
El
problema de la inmigración en Cataluña sólo está
en sus inicios, pero sería una gravísima irresponsabilidad
de todos esperar a que alcanzara su pleno desarrollo
para empezar a abordarlo seriamente y no sólo
con palabras. No faltan modelos de muy
distinta índole: Europa está llena. Pero en el
fondo, la cosa no parece tan complicada. Sólo
requiere imaginación, inteligencia, trabajo, honradez
y buena parte de los miles de millones que actualmente
se malgastan en chorradas. En las últimas elecciones
municipales los catalanes votaron mayoritariamente
a los partidos llamados de izquierda. Yo entiendo
que con este voto se estaba pidiendo a la Administración
pública la construcción de una Cataluña que anteponga
la justicia, el bienestar, en definitiva, la concordia,
a otros intereses.
[Publicado
por primera vez en "El País", el 21 de julio
de 1999.]