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Mi primera lectura del "Quijote"

Por puro azar, porque aquel curso, excepcionalmente, formaba parte del plan de estudios, leí el "Quijote" de adolescente. Como única metodología, el maestro, a comienzos de octubre, nos propuso enfrentarnos con un capítulo diario. No cumplí este modesto programa. A partir del capítulo VI seguí leyendo sin parar, deslumbrado y horrorizado por aquella desenfrenada carrera hacia el fracaso. Al llegar los primeros fríos ya había concluido la primera lectura de la novela, empezando una segunda. Hacia enero, la interrumpí para retomarla desde el principio, pero esta vez en una edición anotada, en diez volúmenes, que me fascinó.

Comprendí que hay libros cuya lectura va más allá de sus páginas, libros que se prolongan en comentarios, notas a pie de página (un género literario que me gusta enormemente), apéndices, índices onomásticos, bibliografías (otra de mis lecturas favoritas), y así hasta llegar a las insoportables tesis doctorales.

En resumen, comprendí que una cosa son los libros y otra la literatura: una distinción que el "Quijote" reseñado por Francisco Rico entiende admirablemente dedicando un tomo básico al texto y a las notas y noticias esenciales, y reservando para otro independiente toda la erudición imaginable.

También comprendí, aunque de esto no me di cuenta hasta muchos años más tarde, que el humor era el lenguaje del desencanto. No era esto realmente lo que yo buscaba, ni mucho menos aún lo que necesitaba en aquella etapa de mi vida, probablemente la más incierta y angustiosa, como suele ser para la mayoría de las personas. Sin duda me habría venido mejor (aparte de una vida sexual más vigorosa y acelerada, por supuesto) una literatura más actual, más comprometida con la realidad del presente, más de vanguardia y menos derrotista: en una palabra, más estimulante. En el mundo de mi adolescencia, incluso en aquella España vencida, pobre, atrasada y segregada del resto del mundo, no estaba de moda el escepticismo, sino la fe en el futuro. Quizá por culpa de mis lecturas del "Quijote", nunca compartí esta fe. Siempre he procurado ser hombre de principios, pero nunca me he tomado en serio ninguna ideología.

¿Cómo podía dejar de identificarme con Alonso Quijano? Yo también pertenecía a la noble casta de los maltrechos supervivientes de la perpetua ruina nacional; también en mi casa abundaba el pundonor y escaseaba la comida; también a mí me protegían de mí mismo un ejército de clérigos y parientes bienintencionados, que no me enseñaban a desconfiar de todo, pero tampoco me dejaban salir a la calle en busca de aventuras. Eran malos tiempos, y las buenas lecturas no son buenas compañías en los malos tiempos.

Siempre me ha parecido incomprensible que el "Quijote" se considere a veces una lectura apropiada para la adolescencia, y más aún para la infancia. Tal vez lo que puede tener de cómico y algún breve episodio hacen que se confunda con un tebeo. En realidad, en él hay muy poca peripecia, y la poca que hay sólo lleva a la conclusión de que la aventura es imposible o, en el mejor de los casos, conduce al ridículo. No hay mensaje más terrible. (Por lo demás, el "Quijote" carece del confort de las grandes novelas posteriores, especialmente las inglesas y francesas, tan agradables de leer en una butaca junto al fuego). Con todo esto no he querido decir que el "Quijote" hiciera peores las circunstancias de mi vida. Todo lo contrario: las alivió y les dio sentido.

Tampoco he querido decir que si no lo hubiera leído cuando lo leí, mi concepción de la vida y la literatura habría sido distinta. Es muy posible que mis inclinaciones me hubieran llevado al mismo resultado por otros caminos, a través de otros modelos; y no se me ocurre mejor guía para este trayecto que la elegante melancolía de Cervantes. Lo único que quería decir es que mi primera lectura del "Quijote" no fue una experiencia placentera, aunque sí enriquecedora. Dejo a cada desocupado lector decidir cuál de las dos es preferible.

[Publicado por primera vez en "El País", el 18 de abril de 1998.]

 

 

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