Comprendí
que hay libros cuya lectura va más allá de sus
páginas, libros que se prolongan en comentarios,
notas a pie de página (un género literario que
me gusta enormemente), apéndices, índices onomásticos,
bibliografías (otra de mis lecturas favoritas),
y así hasta llegar a las insoportables tesis
doctorales.
En resumen, comprendí que una cosa son los libros
y otra la literatura: una distinción que el
"Quijote" reseñado por Francisco Rico
entiende admirablemente dedicando un tomo básico
al texto y a las notas y noticias esenciales,
y reservando para otro independiente toda la
erudición imaginable.
También
comprendí, aunque de esto no me di cuenta hasta
muchos años más tarde, que el humor era
el lenguaje del desencanto. No era esto realmente
lo que yo buscaba, ni mucho menos aún lo que
necesitaba en aquella etapa de mi vida, probablemente
la más incierta y angustiosa, como suele ser
para la mayoría de las personas. Sin duda me
habría venido mejor (aparte de una vida sexual
más vigorosa y acelerada, por supuesto) una
literatura más actual, más comprometida con
la realidad del presente, más de vanguardia
y menos derrotista: en una palabra, más estimulante.
En el mundo de mi adolescencia, incluso en aquella
España vencida, pobre, atrasada y segregada
del resto del mundo, no estaba de moda el escepticismo,
sino la fe en el futuro. Quizá por culpa de
mis lecturas del "Quijote", nunca compartí esta
fe. Siempre he procurado ser hombre de
principios, pero nunca me he tomado en serio
ninguna ideología.
¿Cómo
podía dejar de identificarme con Alonso Quijano?
Yo también pertenecía a la noble casta de los
maltrechos supervivientes de la perpetua ruina
nacional; también en mi casa abundaba el pundonor
y escaseaba la comida; también a mí me protegían
de mí mismo un ejército de clérigos y parientes
bienintencionados, que no me enseñaban
a desconfiar de todo, pero tampoco me dejaban
salir a la calle en busca de aventuras. Eran
malos tiempos, y las buenas lecturas no son
buenas compañías en los malos tiempos.
Siempre
me ha parecido incomprensible que el
"Quijote" se considere a veces una lectura apropiada
para la adolescencia, y más aún para la infancia.
Tal vez lo que puede tener de cómico y algún
breve episodio hacen que se confunda con un
tebeo. En realidad, en él hay muy poca
peripecia, y la poca que hay sólo lleva a la
conclusión de que la aventura es imposible o,
en el mejor de los casos, conduce al ridículo.
No hay mensaje más terrible. (Por lo demás,
el "Quijote" carece del confort de las grandes
novelas posteriores, especialmente las inglesas
y francesas, tan agradables de leer en una butaca
junto al fuego). Con todo esto no he querido
decir que el "Quijote" hiciera peores las circunstancias
de mi vida. Todo lo contrario: las alivió
y les dio sentido.
Tampoco
he querido decir que si no lo hubiera leído
cuando lo leí, mi concepción de la vida y la
literatura habría sido distinta. Es muy
posible que mis inclinaciones me hubieran llevado
al mismo resultado por otros caminos, a través
de otros modelos; y no se me ocurre mejor guía
para este trayecto que la elegante melancolía
de Cervantes. Lo único que quería decir es que
mi primera lectura del "Quijote" no fue una
experiencia placentera, aunque sí enriquecedora.
Dejo a cada desocupado lector decidir cuál de
las dos es preferible.
[Publicado
por primera vez en "El País", el 18 de abril
de 1998.]
