
"La
sorpresa ha desaparecido, pero la persistente
maestría de Mendoza continúa, y el libro sigue
fascinando, divirtiendo, apasionando como sólo
suele suceder con la gran literatura. Y eso que
se trata de una literatura menor , y eso que no
se trata de una literatura menor, como ya se ha
dicho, de una especie de parodia del subgénero,
de parasitismo de un material otro. Pese a todo,
Eduardo Mendoza tiene un oído prodigioso, conoce
su país y su ciudad -de la que tan lejos parece
vivir, pues reside en Nueva York- como la palma
de su mano y la densidad de su tinta. Es un escritor
nato, que domina su material -y los ajenos- con
displicencia y hasta desenfado. Ello le permite,
sin ser un narrador realista, partir de la realidad
para dinamitarla hasta el absurdo total, hasta
la carcajada que desquicia. El protagonista, aquel
peculiar detective enajenando, tropieza sucesivamente
-tras ser secuestrado (¿liberado?) del manicomio-
con la policía, el gobierno, el hampa, la farándula,
la prostitución, las altas finanzas, la iglesia,
con el espionaje y el fútbol y hasta con los americanos,
en una progresiva y enloquecida escalada, que
desemboca en la nada final. Me niego a creer que
todo esto no tenga un sentido muy claro."
Rafael Conte, "El País", 13 de junio de 1982.