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Inolvidable
Reina Matute
Por Pedro Manuel Víllora
rase
una vez una niña de cinco años
que "cogía una hoja de papel, la
doblaba en cuatro, le colocaba el hierrecillo
que sujetaba las páginas del periódico
ABC, y escribía un cuento". Todavía
no conocía la experiencia del dolor, que
llegaría más tarde, pero sí sabía
del miedo; no del suyo propio, que tardaría
en manifestarse, pero sí del miedo de
los otros: el de sus hermanos al cuarto oscuro
y el de los niños de los cuentos asediados
por un ogro o sometidos al hechizo de una bruja
invernal. ¿Sabría esa niña
que un día sería la abuelita ideal,
o acaso una tata como aquella que le contó las
primeras historias y la introdujo en el mundo
mágico del que hoy es la mejor guía
y la guardiana de su memoria? (No bien menciono "cuentos", "ogro", "bruja" y "mágico",
y ya empiezo a escuchar una voz que imagino la
suya preparándose para tejer un argumento
que, como las túnicas de algunos príncipes
cisnes, jamás se termina).
Recién entonces comenzaba la década de los años treinta,
y aquella niña todavía era feliz; tanto, como hasta muchos años
después no lo volvería ser. Pero aún era el tiempo de los
veranos en el campo, de formar pandilla con los pequeños de los pueblos,
de perderse en los bosques buscando marmitas enterradas a los pies de algún
roble. Ana María buscaba tesoros y encontró senderos ocultos que
se adentraban en el mundo subterráneo. Allí se aventuró,
sola, y regresó cargada con la verdad de los secretos, pero un enigma
mayor en forma de batalla la golpeó y desparramó y esparció su
colecta de misterios; así, Ana María volvió en pensamiento
a los hogares profundos, donde habitó años y años, mientras
su cuerpo exterior ponía buena cara al designio de los tiempos y crecía
con él y envejecía a su lado. Pero la auténtica Ana María
era la otra, la que seguía siendo niña en la gruta del bosque,
donde a veces acogía a los últimos supervivientes del Reino de
Olar que no fueron engullidos como Gudú por el Olvido, y ellos devolvían
su hospitalidad con el regalo del lamento de su pueblo.
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Hizo mella en la Ana
María niña el llanto de Olar, y
un día salió a la luz y se acercó a
la Ana María mayor y le contó la
historia, y entre ambas la pusieron por escrito
para que nunca nadie la olvidase; y cuando no
la escribían la narraban a sus niños
más cercanos: su hijo y sus sobrinas,
que crecieron con ella y fueron los primeros
en ansiar la llegada del nuevo dato y en asombrarse
ante el sorprendente cariz de los acontecimientos.
Luego vinimos los demás, los que ya sabíamos
de la existencia de esa tata especial que era
a la vez niña y mayor, y que seducía
con su palabra a los que se sentaban a sus pies
y recostábamos la cabeza en su regazo.
Así nos hicimos amigos los que compartíamos
el calor de Ana María: Miguel Zamora,
el mejor y el más cercano; Juana Salabert,
que venía de lejos; Marisol, la más
discreta y divertida; Lucía Etxebarría,
siempre activa; y Almudena Grandes y Luis Muñoz
y tantos otros. Jóvenes todos que hicimos
de Ana María una reina, nuestra Reina,
sabiendo que lo era también de muchos
más a los que no conocíamos pero
en los que reconocíamos una misma inocencia
y un mismo placer, una misma protesta y una misma
luz de luna en los ojos.
Lo que ignoraba, o
ignoraba yo, era que el reino de Ana María
abarcaba más espacio y más gentes
de las que podía imaginar. Y un día
nos llenamos de una mezcla de alegría
y estupor cuando nuestra reina fue llamada al
Palacio de los Hombres Venerables para hacerle
un lugar y un homenaje. No es el primero, aunque
sí el más insólito y el
más raro, y también el más
gozoso, porque quizá signifique que esos
señores tan mayores albergan aún
un pensamiento-niño en sus propios bosques,
y vean en Ana María la reina que los agrupe
y abandere. Pero malo será si lo que
pretenden es ahogar su voz bajo el ruido de la
Importancia, pero quizá no sepan en esa
Academia donde ahora ingresa que Ana María
tiene aún muchos cuentos callados que
aguardan el momento de ser dichos, y todo puede
ser que tengamos que hacer un hueco en nuestro
grupo para que quepan esos ancianitos que sin
duda acudirán a escuchar lo que el niño
que fueron desconocía o lo que luego olvidaron.
| ©
Ana María Matute 2007 | www.anamaria-matute.com |
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