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Posible
imagen de Ana María Matute
Por Pere Gimferrer
n
el recuerdo de aquellos años, Barcelona
era una ciudad en la que hacía mucho frío.
Estoy hablando de mi adolescencia, y ninguna época
resulta más adecuada que ésta para
hablar de una escritora cuyo espacio imaginativo
natural parece ser el tiempo adolescente. Las
casas, por dentro, eran destartaladas, solemnes,
hórridas, siempre de otra época,
siempre con aquella mezcla de aparatoso mal gusto
ajado y de luz desconchada que parecía
caracterizar al universo adulto: ser adulto, dejar
de ser adolescente, era sin duda ingresar en este
ámbito en el que al carácter anacrónico
y como enfundado en cretona del mobiliario se
aunaba cierta rigidez a un estado físico
y moral, hasta tal punto que uno podía
creer fácilmente que oía crujir
las vértebras y articulaciones de los mayores,
casi como huesos de pájaro o varillajes
metálicos, con cada difícil movimiento,
apenas concebible en un mundo cuya supervivencia
parecía depender de la más perfecta
inmovilidad. Yo me santiguo ahora al ver con qué
inconsciencia muchas personas de mi generación
han podido caer de nuevo en la misma trampa, y
ser tan rígidos, tan poco flexibles, tan
peones de otra ortodoxia, tan escasamente imaginativos
como sus mayores: han llegado a ser, en suma,
aquello que se juraron no ser jamás. Entonces
y ahora –en aquella Barcelona fría,
en aquel Madrid de hollín; también
en esta Barcelona de luz, en este Madrid de nácar-,
la escritura de Ana María Matute encarnó,
y encarna, la subversión que parecía
un privilegio efímero y frágil de
la adolescencia.
Manifiestamente, la literatura era esto: no el
sopicaldo que dispensaba en tacitas el periódico
matinal, ni tampoco aquellos medallones de chafarrinones
y de similar que exhibían los escaparates
en la calle venteada y gris como un fotograma
en blanco y negro. No: la literatura eran aquellas
palabras de Ana María Matute que surgían
donde menos se las esperaba, los faros de aquel
auto de línea que avanzaba por la carretera
solitaria en un relato aparecido en un semanario
femenino y quedaba grabado en la mente aun diríamos
en la retina, con tanta intensidad como, muchísimos
años más tarde, un coche parecido
en alguna película de Víctor Erice,
de Gutiérrez Aragón o de cierto
Carlos Saura. Naturalmente, la poesía que
de tales textos dimanaba era –como en el
título de un relato de la autora que hace
pocos años tuve la satisfacción
de premiar en un jurado ferroviario presidido
por Camilo José Cela- “de ninguna
parte”: ni de aquí ni de allá,
ni de un tiempo ni de otro, del lugar y el tiempo
de Ana María Matute. Tal es, precisamente,
el rasgo definitivo de quien es de verdad escritor.
En aquel cono de luz tamizada o cúpula
de claridad invertida del recuerdo adolescente,
la voz de Ana María Matute –poco
más de treinta años podía
tener ella entonces- emerge, en la estupefacción
de la tarde narcotizada, de la carcasa de una
radio. Le preguntaban qué libro le regalaría,
y menciona los Evangelios. Le preguntan por los
escritores jóvenes y responde que los Goytisolo
darán mucho que hablar. Pero la persona,
unida a la voz, mucho más tarda en aparecérseme:
será ya al filo de mis veinte años,
de modo fugaz en algún bar olvidado -¿acaso
el Neguri?-, y, luego, en Sitges, en el hotel
Calípolis, en la cena de los premios de
la Crítica, probablemente en 1972, al año
de mi boda, cuando los obtuvieron Salvador Espriu
y Francisco Ayala. Y aquí y allá
y acullá: en este o aquel premio, o en
la terraza de su antigua casa de la calle de Provenza,
con una fortaleza medieval de madera, juguete
para niña mayor, miniatura terribilísima
en el regazo: o, ya está estación
ferrocarrilera de aquel su cuento galardonado,
permanentemente “Matutova”, como se
lee en algunas traducciones eslavas, y como solía
llamarla Jaime Gil de Biedma. Pero no vaya a creerse
que todo esto es pacotilla de decires y de mohines
entre amigos, no; cumple rendir homenaje, no a
tal o cual cristalización momentánea
de los humores de una época, sino a una
escritora de cuerpo entero. Y, para hacerlo de
modo cabal, es preciso acudir al punto de intersección
temporal, en el que, en mi experiencia, se estableció
el más fecundador diálogo con su
escritura.
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Era
un verano montuno o montaraz, a fines de los años
50, en las sociedades del valle de Núria.
Acababa de aparecer las obras hasta entonces de
mayor aliento de la escritora: “Los hijos
muertos”. Aun con algún reparo ocasional
o menor, la crítica le había sido
muy favorable. Y lo que, de modo disperso, había
podido yo vislumbrar en algún cuento o
en novelas más breves podía aquí
desplegarse en su total granazón. La escritora
ha tenido luego –en “Primera memoria”
o en “La trampa” o en “La torre
vigía”- otros momentos de plenitud,
y los tendrá sin duda, de nuevo en el futuro,
acaso ahora mismo, pero a “Los hijos muertos”
le corresponde la doble prerrogativa o prioridad
de haber sido ocasión para que por primera
vez se expansionara el aliento fabulador y poético
que aparecía ya, cuan poderoso, en la turbadora
novela inicial “Los Abel”, y también
de haber constituido el lugar de un encuentro,
en la vastedad pirenaica, que equivalió
a un reconocimiento en mi trayectoria de lector.
Aquellos nombres de personas o lugares –los
Corvo, Hegroz-, con resonancia de sima mítica:
aquella prosa galvanizada de imágenes;
aquel lenguaje táctil y visual a un tiempo;
aquellos parajes de monte abrupto, aquella ciudad
–la mía- a la vez reconocible e irreconocible
en la invención y el destello de la página;
aquella guerra por mí no vivida, que se
convertía, no en cromo edificante o en
vinoso cartelón de romance de ciego, sino
en este peculiar género de arquetipos trágicos
que denotan una verdad profunda; y, acaso por
encima de todo ello, aquella infancia crucificada,
aquella adolescencia herida, aquel muñón
de luz cautiva en los ojos que a un tiempo expresan
el dolor, el deseo y la inocencia, ojos de niño
visto con sensibilidad adulta, para decirlo en
libre paráfrasis, cabalmente de cierto
ensayo de T.S. Eliot que por entonces tradujo
Jaime Gil de Biedma: así se me apareció,
restallante en su plenitud e inalterable en ella
ya el arte de Ana María Matute, que ha
sabido ser también soñadora de un
ultramundo de amores sombríos y de torreones
ásperos. A ningún otro escritor
se parece. Me dirán algunos que a Faulkner;
ocurre más bien que su modo de no parecerse
a nadie hacer pensar en el modo de no parecerse
a nadie que Faulkner tiene. Le debemos hoscas
baladas legendarias, viñetas urbanas o
rurales, esquirlas de sagas broncíneas,
cuajarones de epopeyas de nuestro tiempo envueltas
en papel de periódico ensangrentado. Le
debemos, muy principalmente, este instante de
revelación abismal que permite vislumbrar
los intersticios del ser, lo que en lo hondo somos
–“Yo sé quién soy”,
decía don Quijote-, lo que la palabra común
antes ignora que nombra, la comarca que sólo
el poeta, o quien la alteza del habla poética
ha conquistado, descubre para maravilla de cada
lector. Era humosa y coqueta sin gracia y redicha
aquella Barcelona; pero aquellas palabras de Ana
María Matute eran muy de verdad y, aventada
la ciudad del tiempo de impostura, permanecen.
| ©
Ana María Matute 2007 | www.anamaria-matute.com |
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