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La maga
cuentacuentos
Por Juana Salabert
scribí
en el libro de Laura Freixas, “Retratos
literarios”, a propósito de
Ana María Matute que “a veces,
muy pocas, ocurre que llegamos a amar a
un autor tanto como a sus textos”.
Yo era muy joven cuando conocí a
la hermosa autora de “Primera memoria”
y, recuerdo ahora, cuando ha pasado tanto
tiempo y la amistad botada en una exacta
tardenoche invernal ha doblado todos los
cabos de la vida y surcado intacta el oleaje
de los años, sus ojos rientes de
navegante, de fabulista. Unos ojos inquietos
de muchacha, acaso porque, como decía
Onetti: “hay mujeres que nunca terminan
de matar a la muchacha que llevan dentro”.
Y ella, Ana María Matute, grande
entre los grandes en el país de las
palabras y uno de los seres más inteligentes,
divertidos y entrañables que me ha
sido dado a conocer, se ha salvado del maleficio
de la edad y de cualquier clase de engolamiento,
sin duda porque no ha perdido nunca su inmensa
capacidad de curiosidad. Tal vez por eso,
sus personajes, a lo largo y ancho de una
espléndida obra sin cesuras, operándose
entre la falsa dicotomía de lo fantástico
y lo real, son a veces videntes pese a sí
mismos, como uno es siempre escritor contra,
y a favor, a la par de sí mismo,
en un intento reiterado en cada libro de
ganarle la partida a la temida palabra fin.
De “Fiesta al noroeste” a “Olvidado
rey Gudú”, ese relato de relatos
en el sentido más quijotesco del
término que atraviesa la línea
del märchen con las materias de que
están hechos los sueños, la
poética matutiana le da la vuelta
a los mitos fundacionales y saca a la luz
todo el dolor, toda la rabia, toda la alegría
del mundo al filo de un sutilísimo
sistema de correspondencias.
Vidente, visionaria, artista y hermana de
la vida, Ana María Matute supo siempre
del sendero no trazado que conduce al corazón
secreto del bosque. Y por eso, la aman las
palabras, talismanes con que abolir el como
si de lo existente y urdir el cuaderno de
bitácora de lo mucho más real
porque imaginario. Por eso cada encuentro
con ella es un encuentro magnético,
y conocerla fue quererla totalmente, a ella,
la escritora más joven, la maga cuentacuentos,
la amiga fantástica de las noches
blancas de risas, decires y mil y una querencias
compartidas. Qué alegría,
entonces, volver a decirte, una vez más,
con admiración y amistad no envarada:
“enhorabuena muchacha”.
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La única
mujer en la Academia
Por Rosa Montero
o
se llamen a engaño: esta mujer pulcra
y elegante, de melena blanquísima,
que parece flotar a dos palmos del suelo,
por encima de los barrizales y los problemas;
esta señora tímida, proclive
al asentimiento y a la sonrisa, que suele
hacerse la niña y la inocente, es
una persona complicada y profunda que conoce
el dolor y atravesó el infierno.
La vida de Ana María Matute nunca
ha sido fácil, ni en la niñez,
carente de cariño, ni en la plenitud
de la edad, cuando era una mujeres bellísima
y triunfante cuyo nombre llegó a
barajarse para el Premio Nobel. Graves problemas
personales, pérdidas y depresiones
la silenciaron durante veinte años.
“El sufrimiento enseña”,
me dijo hace algún tiempo, “pero
sólo si sobrevives; porque lo malo
es que el sufrimiento suele matar”.
Ella supo sobrevivir, y ha renacido ahora
de las cenizas; es académica de la
Lengua (la única mujer de esa vetusta
institución), y escritora de éxito,
y hada buena. La inocencia que hoy exhibe,
en fin, es un logro de la voluntad, una
reconquista.
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| ©
Ana María Matute 2007 | www.anamaria-matute.com |
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