 |
ENTREVISTA
3
ABC (25-6-2000)
«Yo me siento Alicia,
siempre atravesando el espejo»
Ana María
Matute está a punto de cumplir setenta
y cinco años, pero ella sabe que la edad
interior no se corresponde con las cifras del
tiempo. Nuestra más joven escritora, tras
ese maravilloso triunfo que ha sido «Aranmanoth»,
ahora se dispone a descansar. No hacer nada:
ese es el mayor placer de Ana María Matute,
la abuelita ideal de nuestros cuentos.
-¿Le preocupa estar perdiendo capacidades
físicas?
-Claro. ¿A ti no te preocuparía?
-A mí mucho.
-Pues a mí también. Pero afortunadamente
se puede hacer un remiendico. Primero me voy
a operar de cataratas, y después me voy
a comprar un aparatito de esos para oír
mejor. Hoy día hay bastantes soluciones,
un poco postizas pero que valen.
-Usted, que siempre
ha sido niña interior, ¿cómo
le preocupa el estar envejeciendo por fuera?
-Tampoco me preocupa tanto. Mientras me sienta
bien, que me siento bien; mientras tenga la cabeza
tan mal como siempre, estoy contenta. Envejecer
por fuera es algo que debe de ser. Sería
innatural que a los setenta y cinco, que cumpliré en
julio, tuviera el aspecto de una chica joven.
Eso no ocurre, y además es que a veces
ves gente que parecen conservados en alcohol,
y creo que es normal, y además mira, te
voy a decir una cosa: esto de envejecer no está tan
mal, ¿sabes? Primero, te liberas de muchas
preocupaciones que tienes de parecer y tal; cuando
llegas a cierta edad, la gente ya sabe que eres
una persona mayor, que tienes tus achaques, que
tienes tus arrugas, el cabello blanco, y no por
eso noto que me desprecie la gente. Al contrario,
quizá me tratan incluso con más
cariño, lo cual me parece muy bien porque
siempre he querido que me quieran, que me cuiden
y me mimen, y no siempre lo he conseguido. Y
luego, piensa una cosa: que la juventud está muy
bien donde está. Es maravillosa cuando
la vives y la aprovechas bien. Yo la he aprovechado
todo lo que he podido, la he apurado, la he vivido
muy intensamente, pero llega un momento en que
la vas perdiendo. Sin embargo, lo que la vida
te quita con una mano, te lo da con otra. Hay
que saberlo ver. Y por ejemplo, hay cosas que
no me apetecían cuando era joven, y ahora
me apetecen. Por ejemplo, valoro mucho los pequeños
placeres. Por ejemplo, sentarme en una terraza
con unos amigos, pedirme una cerveza y que me
traigan el vaso empañado, con una gotita
que cae, y tomármelo con mis amigos apurándolo,
y hablando de lo divino y del infierno y de la
tierra, me encanta. Cuando era joven, también,
pero de otra manera. Cuando uno es joven, se
come la fruta verde, ¡y da unos cólicos!
Y cuando se llega a mi edad, se la come uno en
sazón. Y está muy bien.
-Cuando
era una niña que leía cuentos
donde son los ancianos los que cuentan las historias, ¿se
imaginaba anciana?
-No me acuerdo, pero siempre me ha apasionado
la idea de la abuela, toda rodeada de niños,
contando cuentos. Abuelita no soy, pero soy tía
en primer y segundo grado, y tía abuela,
y eso de que cuando yo llego a la casa de algún
amigo o de quien sea y vienen todos los niños, "cuéntame
un cuento, cuéntame un cuento", eso
a mí me llena de felicidad.
-¿Hay
algún momento en el que se
despierta y dice: "¡Ah, ya no soy
joven!"?
-No.
-¿Ningún momento en el que
se diga: "Ya
he crecido"?
-No, nunca creceré. Desgraciadamente,
siempre tengo una decepción. Cada día,
cada mes. Siempre hay decepciones; siempre ocurre
algo que tú no te esperabas que ocurriera;
algo que te duele, que te sorprende, que tellena
de estupor. Creo que eso me demuestra que no
he crecido tanto, que por dentro todavía
tengo aquella niña de doce años
que le pegaban unas enormes tortas: morales,
claro.
-¿Cómo
es el recuerdo de su infancia personal: positivo,
negativo?
-En conjunto, positivo. Mi infancia fue muy rica.
Lo pasé muy mal en algunos momentos, pero
creo que como todos los niños. Los niños
viven muy intensamente su infancia, y la infancia
es muy importante. Yo digo que la infancia es
más larga que la vida, y es verdad. Fíjate
que tú te acuerdas de muchas más
cosas de cuando eras niño que de cuando
eres una persona adulta. La infancia marca de
manera definitiva. En conjunto, creo que la mía
fue positiva, porque hay que sufrir también.
Y no es que yo sea una apologista del sufrimiento
en el sentido falsamente cristiano, sino porque
enriquece. Lo que no enriquece nunca es el dolor
físico, eso no. Eso que te dicen: "Sufre,
sufre; ya verás cómo te enriqueces". ¡Que
se enriquezca tu padre! Así no me gusta
enriquecerme. Y tampoco con un sufrimiento demasiado
fuerte, porque aniquila y hace tanto daño
como el físico; pero, que te den de cuando
en cuando una buena bofetada moralmente, te abre
los ojos y te enseña a vivir. Y además
también te enseña a que eso no
hay que hacerlo con los demás.
-¿Es posible
que la mayor bofetada que haya recibido haya
sido el que la hayan separado de su hijo?
-Sí. Evidentemente. Yo lo veía
los sábados nada más, y fue muy
duro para mí.
-¿Cómo fue
eso? ¿No era
algo insólito en aquella época?
-No, era algo normal en aquella época.
La separación la inicié yo, no él.
Cuando tú te separabas entonces, automáticamente
le daban la custodia al padre, al revés
que ahora. Y no había nada de este régimen
de visitas, manutención, pasar la pensión...
De esto nada. La mujer que tenía el rostro
de separarse de su marido tenía que pasar
muchas cosas. Primero, demostrar que era una
mujer como Dios manda: como Dios manda según
ellos, claro. Lo que ocurría generalmente
era que el marido, cuando le decían que
el hijo se quedaba con él, decía: "No,
no; que se quede con mi mujer". Y se arreglaba
así. Pero en mi caso, con tal de joderme,
pues no. Yo podía no haber visto a mi
hijo no ya un solo día, sino nunca. Pero
yo tenía una suegra muy buena, que en
esto se portó muy bien, y me dijo: "Mira,
Ana María; tú puedes verlo los
sábados". Y yo lo veía los
sábados, me lo llevaba, y así estuvimos
dos años y pico.
-Cuando se separaron, ¿qué edad
tenía su hijo?
-Ocho años.
-¿Y hasta los
once estuvieron en ese plan?
-Sí, y después, cuando me dieron
la separación, me ofrecieron irme a Estados
Unidos, y yo me fui ya con él tranquila
y feliz. Mi hermana María Pilar, que siempre
será la misma, tuvo que ir a jurar a la
Curia, porque esto lo llevaba la Iglesia, y le
pregunté: "¿Qué has
dicho?" Y me dijo: "La verdad; que
era un santo". Pero no lo dijo; era broma.
Y a mí me dijeron: "¡Arrodíllese!". "No,
no puedo". "¿Por qué?" -las
caras cerúleas de onanistas-. Digo: "Pues
no, porque tengo las rodillas muy frágiles". "Ah,
bueno". ¡Les sorprendí tanto!
Tenías que ir allí, y exponer,
y así dos años y medio hasta que
me dieron a mi hijito y el abogado me dijo: "Ya
está. Ya tienes la patria potestad. Lo
tienes todo. Puedes hacer lo que quieras".
Fue una alegría...
-¿Su marido
no hizo nada por retener a su hijo?
-Hombre, claro; todo lo que pudo; pero no. Perdió el
juicio, le quitaron la patria potestad y me la
dieron a mí.
-¿Se llevó a
su hijo y lo educó en
Estados Unidos?
-No. Al principio estuvimos sólo un año
y luego regresamos aquí, y se educó aquí.
Después sí volvimos más
veces. pero te advierto una cosa: habría
preferido que se hubiera educado allí,
porque aquí los colegios eran espantosos
entonces. Aquí imperaba el nacionalcatolicismo.
Luego él ya se fue por su cuenta a Estados
Unidos y se hizo piloto, pero fue mucho más
tarde. Contemporizó España con
Estados Unidos.
-Usted, en cambio, ¿se
sintió desarraigada?
-Yo soy una desarraigada nata. Yo voy conmigo
a todas partes. Mi mundo soy yo, mis sueños.
Cuando voy a un país o a cualquier sitio,
yo lo transformo en lo que a mí me interesa,
y dejo lo que no me interesa: no lo veo.
|
 |
-Pero su literatura,
sobre todo la de los años sesenta, no
es que esté dentro del realismo social
pero...
-Ya sé lo que quieres decir: es que eso abarca lo que a mí me interesa.
Me interesan los problemas sociales, los problemas de injusticia. Está dentro
de todos mis libros. Se ve claramente que estoy preocupada por el ser humano,
por la fragilidad del ser humano, por la facilidad con la que puede ser atropellado.
Eso me indigna, me subleva, y está en todos mis libros.
-¿Por qué da
tantas conferencias? ¿Por qué Ana
María Matute es una mujer que está tan
en contacto con sus lectores?
-Siempre lo he hecho. He dado conferencias muchas
veces. En Estados Unidos he dado conferencias
de costa a costa, en todas sus universidades.
He pasado semestres, cursos, "impartiendo
clases", que está mal dicho. Aquí lo
hago ahora quizá más porque, claro,
después de lo de "Olvidado Rey Gudú" es
constante. Y hay muchas que digo que no, pero...
Porque quien te invita te inspira simpatía,
consideras que está bien... Y luego, porque
me pagan estupendamente.
-Bueno, eso no lo pondré.
-No, hazlo. Somos humanos. Que yo no vivo del
aire, ¡eh! Yo no escribo para ganar dinero,
pero si escribo y tengo que comer, es mejor
si me pagan.
-Ahora
que es una autora resucitada para la Literatura, ¿cómo
ve su periodo de casi quince años sin
escribir?
-Mal. Sufrí mucho. Y luego, cuando ya salí de la depresión,
seguía sin ganas de escribir; hasta que un día me di cuenta de
que era una tontería, porque en verdad yo lo pasaba muy mal si no escribía.
Y entonces escribí "Sólo un pie descalzo", y con lo primero
que sale después de tantos años me dan el Premio Nacional de Literatura
Infantil y Juvenil, y esto me estimuló también mucho. Y volví a
entrar dentro del clima de ser un autor, tener contacto el público (el
poco que tienes), y eso. Pero lo recuerdo con pena: "¡Cuánto
tiempo perdido, Dios mío!". Ahora, no podía hacer otra cosa.
-¿La depresión
comenzó en el año 71?
-No me acuerdo; a mí no me preguntes por
fechas porque me hago un lío.
-¿Fue después
de salir "La torre vigía"?
-No; más tarde: en el 73 ó 74.
-¿Cómo
fue llegando la depresión?
-Eso es muy difícil de explicar, y yo
prefiero no hablar de eso. Es muy doloroso. Es
horroroso. Y, sobre todo, yo tuve una depresión
de las malas: de las que no sabes por qué.
Era la mujer más feliz, tenía al
hombre que he amado más en mi vida; vivía
con mi hijo, que me había costado tanto;
tenía un trabajo, tenía éxito...
y, de repente... ¿Tú has leído
un libro de William Styron que se llama "La
visible oscuridad"?
-No, no lo he leído.
-Pues léelo. Te lo explica perfectamente.
Es un escritor también y le pasa lo mismo.
Es una cosa impresionante. Son muy malas esas
depresiones. Cuestan más de superar que
las que tienen un origen conocido, la razón
que sea. Pero esta fue muy dolorosa.
-¿Nunca ha utilizado
la depresión como motivo literario?
-No. No me atrae. Nunca he escrito nada, excepto "El
río", autobiográfico. Nada
de lo que pasa en mis libros es algo que me haya
pasado a mí. Nada excepto en "El
río", que son recuerdos de mi infancia
en La Rioja. Prefiero inventar, prefiero investigar
el ser humano antes que ponerme yo en el centro.
-¿Hay algo en
sus libros que quiera contar y a lo que crea
que el lector no termina de llegar?
-Yo siempre tengo ese temor, pero vaya... Luego,
hablando con mis lectores, contigo mismo, veo
que hay gente excepcional que llegáis
muchísimo. Pero, a veces, cuando hablo
de un libro mío con alguien, sí te
quedan zonas de las que piensas: "No se
ha dado cuenta de esto". Pero también
pienso que a lo mejor yo no lo he explicado lo
suficiente, pero luego ves que sí hay
otro que lo ha entendido. El primero quizá ha
visto otras cosas, o sí las ha visto pero
hablando conmigo en aquel momento le han interesado
otras. No me preocupa demasiado eso, sinceramente.
Me preocupa más que comprendan y entiendan
el conjunto de lo que he querido hacer, más
que momentos.
-En sus obras, los
personajes están abocados a la pérdida
de la inocencia. Salvo excepciones, los coloca
en ese punto del abismo en que o lo saltan
o se hunden.
-Es la isla. Perder la isla.
-¿Cómo
es esa pérdida de la isla, de la inocencia?
Y lo pregunto a la escritora y a la persona.
-¿Qué quieres que te comente? Es
una pérdida muy dolorosa también,
porque de repente un día te das cuenta
de que hay algo que hay algo que se ha acabado
para siempre, y empieza otra cosa que no te acaba
de gustar. Que te da miedo, además: ¡Como
yo no puedo en este sentido apartar mi vida de
lo que yo he escrito...! La pérdida de
la inocencia es inevitable, lo que pasa es que
unos la pierden más y otros la pierden
más. Pero es inevitable, porque le pasa
a todo el mundo... A todo el mundo que ha sido
niño, porque yo conozco personas que no
han sido niños nunca.
-Por eso preguntaba
al principio acerca de la edad: la diferencia
entre la edad interna y la externa. ¿Cómo
se produce en usted la pérdida de la
inocencia?
-Muy tarde. Yo mantuve mi inocencia hasta casi
los dieciocho años. A partir de los dieciséis,
diecisiete años, empecé a perderla,
pero la mantuve bastante tiempo. Con pequeñas
pérdidas, claro.
-¿La echa de
menos?
-No lo sé, porque la vida es perder cosas.
Se compone de una cadena de pérdidas sucesivas.
Pues sí, se echa de menos, pero también
uno comprende que, si no, te puedes convertir
en un pequeño monstruo. Va con la vida,
aunque algunos seamos más reacios a incorporarnos
al mundo. Ahora, yo te voy a decir una cosa:
todas las mañanas, cuando me despierto,
me cuesta mucho incorporarme al mundo. Muchísimo.
No te lo puedes imaginar.
-Es curioso, porque
muchos lectores acuden a sus libros, sobre
todo a los últimos, como a un asidero
de inocencia. Y sus últimas obras, sobre
todo "Aranmanoth", son de un dramático
y de un desgarrador enorme. ¿Teme que
la gente, con sus últimos libros, se
quede solamente en el elemento fantástico?
-Hombre, tengo mucha confianza en el buen lector.
El buen lector se da cuenta de lo que es. Pero
el que esté buscando el elemento fantástico
en este libro, va dado. Es muy importante, pero
no es lo más importante. Pero nunca me
he planteado esto, porque yo creo en el buen
lector. Hasta ahora, la experiencia que tengo
de la gente que ha leído "Olvidado
Rey Gudú" o "La torre vigía",
los ha captado muy bien.
-Pero recordando alguna
de las críticas que se escribieron acerca
de "Olvidado Rey Gudú", temo
a ese tipo de lector que coja un libro de estos, "Aranmanoth" por
ejemplo, y diga: "Ah, una fábula
mítica".
-Es que no se lo han leído. Sencillamente,
no se lo han leído. Lo han mirado por
encima, pero no se lo han leído, y dicen: "Ah,
una de esas cosas de la Matute para niños".
-¿Se reconoce
a sí misma como a una escritora perversa
frente a esa imagen de escritora juvenil?
-No sé lo que es la perversidad: ¡me
parece tan normal! En todo caso, es una perversidad
inocente. Yo no me reconozco en nada, porque
yo no sé quién soy. A veces digo: "¡Eh,
sí, soy yo!"... pero no. Yo soy Alicia
atravesando el espejo. Siempre estoy atravesando
el espejo.
(Entrevista
de Pedro Manuel Víllora)
| ©
Ana María Matute 2007 | www.anamaria-matute.com |
 |
|