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EN EL
BOSQUE (y III)
Por Ana María Matute
o
seamos tan descreídos, no tanto como para
imponer la desmemoria al conocimiento, si no queremos
encontrarnos, al final, con las manos vacías.
No olvidemos que el diablo entra en todos los
conventos, que Dios reside en todas las criaturas
vivas del mundo, que la palabra descubre, desentierra
del olvido o de la indiferencia futura aquello
que nos hace distintos de las bestias.
Siempre he creído, y sigo creyendo, que
la imaginación y la fantasía son
muy importantes, puesto que forman parte indisoluble
de la realidad de nuestra vida.
Cuando en literatura se habla de realismo a veces
se olvida que la fantasía forma parte de
esa realidad porque, como ya he dicho, nuestros
sueños, nuestros deseos y nuestra memoria
son parte de la realidad. Por eso me resulta tan
difícil desentrañar, separar imaginación
y fantasía de las historias más
realistas, porque el realismo no está exento
de sueños ni de fabulaciones... porque
los sueños, las fabulaciones e incluso
las adivinaciones pertenecen a la propia esencia
de la realidad. Yo escribo también para
denunciar una realidad aparentemente invisible,
para rescatarla del olvido y de la marginación
a la que tan a menudo la sometemos en nuestra
vida cotidiana.
Porque escribir, para mí, ha sido una
constante voluntad de atravesar el espejo, de
entrar en el bosque. Amparándome en el
ángulo del cuarto de los castigos, como
apoyada en algún silencioso rincón
del mundo, me vi por vez primera a mí misma,
avanzando fuera de mí, hacia alguna parte
a donde deseaba llegar.
Hacia una forma de vida diferente, pero ciertísima,
aunque nadie más que yo la viera. En las
sombras surgía, de pronto, la luz: recuerdo
que ocurrió un día, al partir entre
mis dedos un terrón de azúcar y
brotar de él, en la oscuridad, una chispita
azul. No podría explicar hasta dónde
me llevó la chispita azul: sólo
sé que todavía puedo entrar en la
luz de aquel instante, y verla crecer. Es eso
lo que me ocurre cuando escribo. Porque cuando
escribo ahora regreso a entonces: al silencio
más sonoro, capaz de revelar y absorber
los más remotos ecos. Viéndome avanzar,
me convierto en una espectadora de mí misma:
es asistir por fin a una suerte de integración,
de identificación en la vida de todos y
con todos. Asisto a la vida y al mismo tiempo
formo parte de ella, como puede ser la lluvia
en la tierra. Es oír el silencio y la recuperación
de otro tiempo, otro tiempo que somos nosotros
mismos; como un pobre animal indefenso, que intenta
atravesar un arroyo helado. Así es el trance
de eso que llamamos “escribir”.
Escribir es para mí recuperar una y otra
vez aquel día en que creí que podría
oírse crecer la hierba, cuando la noche
llegó a ser más brillante que el
sol. La noche, el mundo nocturno —que es
el mundo más vivo—, es un mundo real
y absolutamente cierto, es un mundo mágico
que forma parte de la vida cotidiana, en el que
las criaturas de la oscuridad existen con tanta
o más intensidad que las que habitan bajo
el sol más impío y aparentemente
verdadero. Para mí, escribir no es una
profesión, ni una vocación siquiera,
sino una forma de ser y de estar, un largo camino
de iniciación que no termina nunca, como
un complicado trabajo de alquimia o la íntima
y secreta cacería de mí misma y
de cuanto me rodea.
Por todo ello, no existen fórmulas que
enseñen a ser escritor. Se empieza a escribir
desconociendo toda clase de definiciones sobre
ese acto, toda clase de enseñanzas sobre
aquella aventura. Es una puerta que se abre, una
barrera que se franquea, un mundo al que se tiene
acceso; algo parecido a lo que le ocurrió
a Alicia ese día en que, tras cambiar algunas
reflexiones con su gato (y tal vez con sus sueños),
se encaramó al espejo de la chimenea y,
suavemente, pasó al otro lado. No se tiene
noticia de que leyera antes instrucciones ni folletos
explicativos al respecto. Poco más o menos
todos los escritores empezamos a escribir ese
día en que, por primera vez, la vida nos
conduce a atravesar esa rara y translúcida
barrera.
Y una vez al otro lado del espejo,
una vez en el bosque, escritores y lectores podemos
comprobar que Alicia, más que descubrirnos
pasadizos desconocidos, nos ayuda a recorrer rutas
ya conocidas: todo el mundo de Alicia, creo yo,
puede residir en la vida o por lo menos en el
recuerdo de lo que pudo ser la vida de muchos
seres humanos. Porque escribir es, qué
duda cabe, un modo de la memoria, una forma privilegiada
del recuerdo: yo sólo sé escribir
historias porque estoy buscando mi propia historia,
porque acaso escribir es la búsqueda de
una historia remota que yace en lo más
profundo de nuestra memoria y a la que pertenecemos
inexorablemente. Escribir es como una memoria
anticipada, el fruto de un malestar entreverado
de nostalgia, pero no sólo nostalgia de
un pasado desconocido, sino también de
un futuro, de un mañana que presentimos
y en el que querríamos estar, pero que
aún no conocemos, una memoria anticipada
más fuerte aun que la nostalgia del ayer,
nostalgia de un tiempo deseado donde quisiéramos
haber vivido.
La literatura es, en verdad, la manifestación
de ese malestar, de esa insatisfacción
expresada de tantas maneras como escritores existen;
pero también es, sobre todo, la expresión
más maravillosa que yo conozco del deseo
de una posibilidad mejor. Para mí, escribir
es la búsqueda de esa posibilidad.
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Una búsqueda, sin duda. Y,
a veces, hasta feroz. Algo parecido a una incesante
persecución de la presa más huidiza:
uno mismo. Esta búsqueda del reducto interior,
esta desesperada esperanza de un remoto reencuentro
con nuestro “yo” más íntimo,
no es sino el intento de ir más allá
de la propia vida, de estar en las otras vidas,
el patético deseo de llegar a comprender
no solamente la palabra “semejante”,
que ya es una tarea realmente ardua, sino entender
la palabra “otro”. Es el camino que
un escritor recorre, libro tras libro, página
tras página, desde lo más íntimo
a lo más común y universal. Sólo
así lo personal se vuelve lícito.
Un verso de Luis Cernuda dice: “Creo
en mí porque algún día seré
todas las cosas que amo”. Escribir también
es creer en uno mismo, para poder creer en tantas
cosas, y descubrir tantas cosas, que están
ahí, aunque no se vean. Cosas buenas, o
bellas, o simplemente ciertas. Hay que creer en
uno mismo, y así en los otros, para que
la oscuridad se encienda. Ésta es una de
las razones que me impulsan a escribir, a adentrarme
en el bosque de las palabras, tratando de revelar
la belleza de todo lo que hay en él, de
todo lo fantástico y mágico que
no vemos, pero que es necesario descubrir.
Escribir es un descubrimiento diario a través
de la palabra, y la palabra es lo más bello
que se ha creado, es lo más importante
de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra
es lo que nos salva. Pero no la poseemos sin más,
para utilizarla como un instrumento; si la tenemos
es porque la consagramos a la búsqueda
sin fin de una palabra distinta, no común,
laboriosa y exaltadamente perseguida, pero que
tan simple, tan sencilla resulta cuando la hemos
hallado. Como la reconstrucción del instante*
en que alguien lloró por primera vez: un
momento doloroso y difícil. Qué
extraño e insólito, qué asombroso
parece, y también, qué sencillo
y verdadero.
Porque todos y cada uno de nosotros llevamos dentro
una palabra, una palabra extraordinaria que todavía
no hemos logrado pronunciar. Escribir es para
mí la persecución de esa palabra
mágica, de la palabra que nos ayude a alcanzar
la plenitud; ella es la cifra de mi anhelo: que
esa palabra pueda llegar a alguien que la reciba
como recibiría el viento un velero en calma
sorda y desolada, una palabra que acaso le conduzca
hacia la playa, una playa que a veces puede llamarse
infancia desaparecida, que puede llamarse vida,
o futuro, o recuerdo. Que puede llamarse “tu”
o “yo”.
O quizás se trate de una palabra
que todos olvidamos siempre, apenas la descubrimos.
Seguimos buscando, todos nosotros, aquella palabra
especial, aquella palabra donde parece residir
el sentido total de la vida, y que sin embargo
estaba ahí, o estará ahí,
en adelante, para que alguien la recoja. Esa palabra
que no sabíamos pronunciar ni habíamos
oído nunca, o que habíamos oído
y perdido, en otro tiempo y otro lugar. Como aquella
que inútilmente perseguía y quería
formar con pedazos de hielo el pequeño
Kay del cuento de Andersen. Era una palabra simple,
pero inaprensible, como el tiempo. Por fin, tras
su largo viaje de búsqueda, la pequeña
Gerda la restituyó a su lugar, como restituyó
a su lugar el corazón de Kay. El amor se
parecía a aquella palabra, pero no se llamaba
amor. Tal vez sea cierta la sospecha de que en
todo escritor yace el recuerdo insobornable de
una inocencia no del todo perdida, de una brizna
de locura saludable y de unas insospechadas reservas
de amor.
La palabra hermano, la palabra miedo, la palabra
amor, son palabras muy simples, pero llevan el
mundo dentro de sí. No siempre es fácil,
ni sencillo, descubrirlo. Hay que intentar alcanzar
el oculto resplandor de esas palabras, de todas
las palabras, o de una sola que todavía
nadie oyó nunca pronunciar. Toda mi vida
ha sido una constante búsqueda de esa palabra
capaz de iluminar con su luz el país de
las maravillas que tanto nuestro mundo como, sobre
todo, nuestro lenguaje albergan, y que no siempre
nosotros sabemos indagar. Porque las palabras
—lo diré, para terminar, con los
versos que cierran el poema de Alicia—:
Invaden un País de Maravillas:
...
Es como ir por un caudal corriendo,
Ligero y tan fugaz como un destello...
Porque,
La vida, dime: ¿es algo más
que un sueño?
Muchas gracias.
| ©
Ana María Matute 2007 | www.anamaria-matute.com |
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