EN EL BOSQUE (II)
Por Ana María Matute

l momento en que Alicia atraviesa la cristalina barrera del espejo, que de pronto se transforma en una clara bruma plateada que se disuelve invitando al contacto con las manitas de la niña, siempre me ha parecido uno de los más mágicos de la historia de la literatura, quizá el que ofrece un mito más maravilloso y espontáneo: el deseo de conocer otro mundo, de ingresar en el reino de la fantasía a través, precisamente, de nosotros mismos. Porque no debemos olvidar que lo que el espejo nos ofrece no es otra cosa que la imagen más fiel y al mismo tiempo más extraña de nuestra propia realidad.

Desearía, pues, exhortarles a participar, durante el breve tiempo de este atípico discurso, de la fascinación que sin duda constituye la cifra de mi obra, y acaso también de mi vida: la posibilidad de cruzar el espejo e internarse en el bosque de lo misterioso y de lo fantástico, pero también del pasado, del deseo y del sueño. No pretendo que abandonemos este mundo, nuestro mundo, sino tan sólo que nos aventuremos por unos instantes en los otros mundos que hay en éste.

Es ésta una fascinación eminentemente literaria, pero no sólo. Porque los bosques siempre han sido importantísimos para mí, su mera imagen siempre me ha sugerido toda suerte de historias y leyendas, de recuerdos que ignoraba poseer, pero que estaban ahí, confundidos entre los árboles o escondidos en la espesura de los zarzales.

Antes de saber leer, los libros eran para mí como bosques misteriosos. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo era posible que de aquellas páginas de papel, de aquellas hormiguitas negras que la surcaban se levantara un mundo ante mis ojos, mis oídos y mi corazón de niña? ¿Qué clase de magia, de sortilegio era aquel que sobrepasaba cuanto yo vivía o cuanto vivía a mi alrededor? Criaturas, deseos, sueños, personas y personajes, y tiempos desconocidos bullían allí. De pronto, la palabra hablada se orientaba entre los árboles y los matorrales, descorría el velo y hacía que apareciesen ante mis ojos cuantas innumerables miradas, memorias y atropellos pueblan el mundo.

“Cuando yo sea mayor —pensaba— haré esto”. Ni siquiera sabía que “esto” era participar del mundo imaginario de la literatura.

Después, cuando ya había aprendido a descifrar esos signos misteriosos, la primera vez que leí la palabra bosque en un libro de cuentos, supe que siempre me movería dentro de ese ámbito. Toda la vida de un bosque —misterioso, atractivo, terrorífico, lejano y próximo, obscuro y transparente—, encontraba su lugar sobre el papel, en el arte combinatoria de las palabras. Jamás había experimentado, ni volvería a experimentar en toda mi vida, una realidad más cercana, más viva y que me revelara la existencia de otras realidades tan vivas y tan cercanas como aquella que me reveló el bosque, el real y el creado por las palabras.

Porque el bosque era el lugar al que me gustaba escapar en mi niñez y durante mi adolescencia; aquél era mi lugar. Allí aprendí que la oscuridad brilla, más aún, resplandece; que los vuelos de los pájaros escriben en el aire antiquísimas palabras, de donde han brotado todos los libros del mundo; que existen rumores y sonidos totalmente desconocidos por los humanos, que existe el canto del bosque entero, donde residen infinidad de historias que jamás se han escrito y acaso nunca se escribirán. Todas esas voces, esas palabras, sin oírse se conocen, en el balanceo de las altas ramas, en la profundidad de las raíces que buscan el corazón del mundo. Allí presentí y descubrí, minuto a minuto, la existencia de innumerables vidas invisibles, el rumor de sus secretos comunicándose de hoja en hoja, de tallo en tallo, de gota en gota de rocío, conducidos a través del bosque por los diminutos habitantes de la hierba. Percibí claramente el curso de los ríos escondidos y el sueño de las tormentas apagadas, que duermen incrustadas en las cortezas de los viejos troncos, aún fosforescentes. El aire del bosque entero parece sacudido, vibra, se cruza de relámpagos fugaces. Los gritos de todos los pájaros heridos, el último lamento de los ciervos inmolados, la sombra de los niños perdidos en la selva, miles y miles de gritos, todos los gritos vagabundos y los que anidan en los huecos de los árboles, parecen uno solo, terrible y armónico a la vez. Es la antiquísima voz que se eleva desde lo más profundo de la primera historia contada. Es la historia de todas las historias que siempre quise y quiero contar.

Ese misterio me sedujo, y así los bosques y los cuentos siempre fueron de la mano para mí. La literatura me permitía hallarme rodeada de árboles y de susurros en cualquier momento, me permitía refugiarme en un mundo de sombras y de ensueños que parecía hecho a mi medida. Primero, gracias a los cuentos que me contaban aquellas niñeras de antaño, cuando aún no sabía leer y las escuchaba fascinada y maravillada, bebiendo cada una de sus palabras. Después, al aprender a leer, cuando comprendí que era posible crear y recrear aquellos mundos fantásticos mediante la imaginación y la palabra.

Al contrario de los otros niños, empezó a gustarme ser castigada en el cuarto oscuro. Comencé a sentir y saber que el silencio se escucha y se oye, y descubrí el fulgor de la oscuridad, el incomparable y mágico resplandor de la nada aparente. De la oscuridad surgía, gracias a la fantasía y a las palabras, un mundo idéntico al de los bosques, un mundo irreal pero, al mismo tiempo, más real aún que el cotidiano, un mundo que pronto se convertiría para mí en una auténtica tabla de salvación. Si no hubiese podido participar del mundo de los cuentos y si no hubiese podido inventarme mis propios mundos, me habría muerto.

 


 

 

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Así de reales eran aquellos mundos en los que me sumergía, porque los llamados “cuentos de hadas” no son, por supuesto, lo que la mayoría de la gente cree que son. Nada tienen que ver con la imagen que por lo general se tiene de ellos: historias para niños, a menudo estupidizadas y banalizadas a través de podas y podas “políticamente correctas”, porque tampoco los niños responden a la estereotipada imagen que se tiene de ellos. Los cuentos de hadas no son en puridad otra cosa que la expresión del pueblo: de un pueblo que aún no tenía voz, excepto para transmitir de padres a hijos todas las historias que conforman nuestra existencia.

De padres a hijos, de boca a boca, llegaron hasta nosotros las viejísimas leyendas. Pero en esas leyendas, en aquellos “cuentos para niños” —que, por otra parte, fueron recogidos por escritores de la talla de Andersen, Perrault y los hermanos Grimm, por ejemplo— se mostraban sin hipócritas pudores las infinitas gamas de que se compone la naturaleza humana. Y allí están reflejadas, en pequeñas y sencillas historias, toda la grandeza y la miseria del ser humano.
El hambre que asolaba al campesinado medieval queda plasmada, mejor que en cualquier testimonio, en cuentos como Pulgarcito o Hansel y Gretel: los padres abandonan a sus hijos en el bosque, para que los devoren las fieras antes que verlos perecer de inanición en sus casas. La crueldad, la ambición, la fragilidad del ser humano..., todo se revela en estos cuentos aparentemente simples e indudablemente inocentes. Con toda la crueldad y el cinismo de la inocencia, que no juzga, sino que se limita a constatar —como el niño que hace referencia a la desnudez del emperador, en el cuento de Hans Christian Andersen, El traje nuevo del Emperador—: “las cosas son así y no de otro modo”.

Unos pícaros comercian con el cadáver de su abuela para sobrevivir en un mundo materialista, que nada tiene que envidiar al materialismo del siglo XX. Un rey coronado de amatistas y de nostalgia por su mujer muerta desea casarse con su hija porque se parece a su madre. Una niña es víctima del odio de una mujer porque es más bella y más joven y más buena que ella. Otra niña duerme durante cien años para despertar al primer beso de amor. Pero tras ese beso de amor se alza el Castillo con una suegra dentro, que desea devorarla, a ella y a sus hijos... Y, de pronto, el Príncipe Azul ya no es tan azul. Ni la niña tan inocente, ni los niños tan confiados.

Todo esto, llamado despectivamente por algunos, por demasiados, “cuentos de viejas, cuentos para niños” —como si los viejos y los niños fueran una tribu desdeñable y escasamente “humana”—, no fueron transmitidos de padres a hijos, generación tras generación, para entretenimiento frívolo y banal. Lo que ellos nos cuentan, nos recuerdan y advierten, se repite siglo tras siglo, año tras año, hora tras hora. Las ideologías, incluso las ideas y los ideales, cambian, perecen o se transforman. Los sentimientos, por ahora, se mantienen exactamente iguales a los de los “cuentos de hadas”.

Porque los sentimientos —la alegría y la tristeza, la nostalgia, la melancolía, el miedo— permanecen como emboscados en estos cuentos, en los que se encuentran, me atrevería a decir, en su elemento natural. En ellos, en sus luces y sombras, se mezclan realidad y fantasía, las dos materias primas de los sentimientos, en la misma medida que ocurre en nuestra vida. Porque, ¿acaso nuestros sueños, nuestra imaginación no forman parte también de nuestra realidad? Yo creo que no hay nada ni nadie que sea única y absolutamente materia, y que todos nosotros, con mayor o menor fortuna, somos portadores de sueños, y los sueños forman parte de nuestra realidad.

Cuando Alicia cruza la neblina del espejo, no pasa a un mundo que, por el mero hecho de ser inventado, resulta totalmente imaginario e irreal. Por el contrario, Alicia se introduce en un mundo que es mágico simplemente porque, en él, realidad y fantasía se entremezclan, se sitúan en un mismo plano. Pero tengamos presente que eso es algo a lo que nuestra vida nos aboca continuamente: ¿qué sería de aquella pobre, tosca, fea Aldonza si Don Quijote, el gran caballero de los sueños, no la hubiera convertido en Dulcinea?

¿Qué sería de aquellos monótonos molinos manchegos si aquel hombre tan solo y tan triste no los hubiera convertido en gigantes?
No desdeñemos tanto la fantasía, no desdeñemos tanto la imaginación, cuando nos sorprenden brotando de las páginas de un libro trasgos, duendes, criaturas del subsuelo.

Tenemos que pensar que de alguna manera aquellos seres fueron una parte muy importante de la vida de hombres y mujeres que pisaron reciamente sobre el suelo, y que hicieron frente a la brutalidad y a la maldad del mundo gracias al cultivo de una espiritualidad que les llevó a creer en todo: en el rey, en los fantasmas, en Dios, en el diablo... El abandono de la barbarie de alguna forma va ligado a esas creencias, a esa fe ingenua e indiscriminada.

 

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© Ana María Matute 2007 | www.anamaria-matute.com



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