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EN EL
BOSQUE (I)
Por Ana María Matute
eñores
Académicos:
Ante todo deseo expresar mi agradecimiento por
el honor que para mí supone haber sido
llamada a formar parte de esta Casa. Ni en mis
más locos sueños juveniles pude
imaginar que un día me hallaría
aquí, ante ustedes y en ocasión
tan solemne. De hecho, de haber sabido que un
día mis cuentos y mis novelas me llevarían
a pronunciar un discurso tan difícil, tan
comprometido y tan arriesgado como el presente,
acaso jamás me habría atrevido a
escribir una sola línea. Pero por fortuna
no lo sabía, y así puedo alegrarme
de las dos cosas: de haber escrito y de estar
aquí, ahora, leyendo estas palabras ante
los miembros de una institución absolutamente
mítica para mí.
No sólo me siento honrada —incluso
halagada— sino también asustada,
lo confieso, porque soy consciente de la responsabilidad
que esta distinción conlleva. Evoco las
ilustres personalidades que me han precedido y
me embarga el temor de no ser capaz de emularlas.
Pienso, en concreto, en Carmen Conde, mi predecesora.
* * *
Pienso que la poesía es la esencia misma
de la literatura, la máxima expresión
literaria. Quizá el lenguaje poético
sea, en el fondo, el más próximo
a mi concepción personal de lo que es la
escritura: el uso de la palabra para perseguir
y desentrañar el envés del lenguaje,
el revés del tejido lingüístico.
Más adelante he de hacer referencia a esta
cuestión —aunque no sea más
que de la forma intuitiva que es la única
que está a mi alcance—, pero ya desde
este primer momento, me gustaría que mis
palabras estuviesen presididas por la figura Carmen
Conde, poetisa que supo extraer toda la fuerza,
el misterio y la sabiduría que las palabras
encierran para quien desee interrogarlas.
Son varios los aspectos de la obra de Carmen
Conde me han impresionado. La guerra, por ejemplo,
el inmenso dolor que sentimos cuando el fanatismo
y la barbarie azotan el mundo, cuando la injusticia
y el horror dejan de ser imágenes o recuerdos
borrosos, y se convierten en algo palpable, se
nos imponen como una presencia ineludible y dejan
en nosotros una huella dolorosa. Carmen Conde
supo plasmar en sus versos toda esta infamia,
toda esta tragedia. Escribía, por ejemplo:
Las madres y las esposas
vestidas de muertos callan.
Tumbas y cárceles gimen
cerrándose a las palabras,
Estas palabras tienen para mí una fuerza
evocadora y testimonial realmente enorme, una
fuerza con la que mi novela Los hijos muertos
—una de las obras de las que más
satisfecha me siento— me permite tender
un puente íntimo y sólido.
Otra vertiente de la obra de Carmen Conde que
desearía recordar aquí es su producción
destinada a los niños. Recuerdo sus libros
de cuentos —como Doña Centenita,
gata salvaje o Los enredos de Chismecita—
y sus obras de teatro —Aladino, A la estrella
por la cometa—, que encandilaban a los lectores
más jóvenes con su sensibilidad,
su ternura y su encanto. El amor y la fascinación
por el mundo de la infancia —que tanto añoró
la autora, debido a la trágica muerte de
su hija María del Mar— es asimismo
un vínculo que me une a Carmen Conde de
forma indisoluble.
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La figura de Carmen Conde tiene para
mí, además, un peso singular por
lo que se refiere a su espléndida capacidad
para asimilar y reinterpretar la tradición
más auténticamente popular, para
encontrar un lugar en la literatura capaz de rescatar
del olvido o de las interpretaciones simplistas
—que en ocasiones son el enemigo más
peligroso— la voz más íntima
de una lengua y de una cultura... Pero, ¡habría
tanto que decir! No he hablado del aspecto más
trascendente de su poesía, ni de su arrollador
amor por el paisaje mediterráneo, por la
luz del sur, por el mar; tampoco he hecho referencia
a la riqueza de su poesía amorosa, reveladora
de una sensibilidad extraordinaria y de un verbo
rico, preciso y sutil.
Nadie que haya escuchado o leído
los poemas de Carmen Conde podrá olvidarlos,
y para mí no sólo constituye un
honor, sino un verdadero placer haber podido recordar
aquí su figura, en la que fue su casa,
el hogar de su palabra, aunque no haya sido más
que con unas pocas pinceladas rápidas y
emocionadas.
* * *
Tengo que pronunciar un discurso y yo no sé
pronunciar discursos. Apelo, pues, a su benevolencia
y les ruego que acepten estas palabras mías
como la expresión de lo único que
soy capaz de hacer y de la única razón
por la que yo he llegado hasta aquí: yo
soy una contadora de historias. Por ello, desearía
aprovechar esta ocasión tan extraordinaria
para hacer un elogio, y acaso también una
defensa, de la fantasía y la imaginación
en la literatura, que son para mí algo
tan vital como el comer y el dormir, y que opongo
a la aridez del espíritu que tan a menudo
nos rodea, que se niega a ver la dimensión
espiritual de lo material.
Así, es mi intención
invitarles, en este discurso mío tan poco
erudito y tan poco formal, a ensayar una incursión
en el mundo que ha sido mi gran obsesión
literaria, el mundo que me ha fascinado desde
mi más tierna infancia, que desde niña
me ha mantenido atrapada en sus redes: el “bosque”,
que es para mí el mundo de la imaginación,
de la fantasía, del ensueño, pero
también de la propia literatura y, a fin
de cuentas, de la palabra. Y desearía hacerlo
bajo la invocación de Alicia en el país
de las maravillas , con los siguientes versos:
Recibe, Alicia, el cuento
y deposítalo
donde el sueño de la Infancia
abraza a la Memoria en lazo místico,
como ajada guirnalda
que ofrece a su regreso el peregrino
de una tierra lejana.
| ©
Ana María Matute 2007 | www.anamaria-matute.com |
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