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JUAN MARSÉ ::  Página oficial
TEXTOS
Tarareando a Miklos Rozsa Ayudante de laboratorio
La isla del libro y el día del tesoro Parabellum


PARABELLUM

 

Soltó el cuadro como si le quemara las manos al oír una voz femenina en la casa. Salió del cobertizo. Era Maribel de la Torre, que hablaba con su hija a través de la puerta del cuarto de baño. Dejó la maleta y salió al jardín al encuentro de Luys Ros.

-¿Qué tal se ha portado esta salvaje? -dijo besando a su amigo en la mejilla-. Me prometió que te dejaría trabajar…

-Ningún problema -balbuceó él dejando vagar la mirada por el jardín, encuadrando la perspectiva: desde aquí debió ser, o pudo ser, aquí emplazó el caballete. Reaccionó: -¿Quieres café, Maribel? ¿Te quedarás unos días?

A partir de este momento, Luys Ros sintió la necesidad de precipitar aquello, fuese lo que fuese y como quiera que se llamara, no sabía el qué. Se sentaron a la mesa y ella comentó su mal aspecto: deberías escribir menos y tomar más el sol. Pasó luego, a instancias de él, a hablar de Olvido, por cierto tenía algo importante que decirle, quiso hacerlo seis meses antes, después del funeral, pero te fuiste tan de repente y tan afectado… Luys Ros, con cierta brusquedad, la interrumpió:

-Dime una cosa, Maribel. ¿Tú sabías… tú crees que entre mi mujer y Juan Antonio, hace años, pudo haber algo…? Maribel sonrió con amargura por encima de la humeante taza de café.

-Todo el mundo lo sabía menos tú. En fin, qué importa ya. Fue en el invierno del cuarenta y cinco, creo recordar. Aquí, en esta casa, un fin de semana que estabas en Madrid… Pero no te tortures ahora, es agua pasada. Poco después yo me separé de Juan Antonio y él se fue a vivir a Zaragoza, ya sabes. De modo que sólo se vieron esa vez, me consta.

-Te consta -pudo decir Luys Ros.

-Hablemos de otra cosa. Se trata de su muerte, mejor dicho, de su enfermedad…

-Nunca estuvo enferma del corazón -probó él a negar, pero sin convicción.

-En realidad, nunca te lo dijo. Tenía una fístula desde muy joven, pero no lo supo hasta el año cuarenta y uno, poco antes de casarse contigo. Nos prohibió a todos decírtelo, incluso al viejo doctor Godoy, ¿le recuerdas? Ella esperaba superarlo con el tiempo, entonces no era grave. Lo fue años después, pero siempre consiguió ocultártelo.

-Para ahorrarme un sufrimiento, Livingstone, supongo -dijo él con un resto de ironía.

Así pues, ya no hacía falta asesorarse: intensos dolores en el pecho y en los brazos, parálisis parcial, desvanecimientos, etc. Desechados definitivamente diabetes, leucemia e insuficiencia renal. Maldito, orgulloso realismo, inútil fidelidad a lo real: ya todo estaba concluido desde hacía años, y hoy seguía igual de concluido. Hay otros mundos, pero todos están en éste.

-Los primeros años, sí -dijo Maribel-. Luego, por costumbre y por desprecio. Pobre Luys, todo esto debe resultarte muy duro. Pero no me digas que ignorabas cuánto llegó a odiarte.

-Lo sabía -tartajeó Luys Ros.

-Su mayor placer era hablar de tu absoluta ignorancia de todo. Realmente, querido, nunca te has enterado de nada.

Dispuesto a apurar la pócima hasta la última gota, Luys Ros añadió:

-Por cierto, sales en las memorias. -Me lo temía -dijo Maribel-. Sin embargo, espero que en una cosa hayas sido discreto…

Luys Ros bajó los ojos, dejó con mano temblorosa la taza en la mesa y dijo:

-¿En cuál?

-No te hagas el inocente. Ya hace más de veinte años, cómo pasa el tiempo. Tus consejos me ayudaron mucho aquella noche, aunque luego pasara lo que pasó…

Ya sin capacidad de asombro, Luys Ros sintió el helado filo del hacha en la nuca.

-Lo que pasó, sí. -Estabas muy borracho, más que yo, pero encantador. Siempre te he agradecido que no volvieras a hacer la menor referencia a esa noche en Pamplona. Lo mismo espero del libro. Si no por mí, hazlo por Mariana.

Veintisiete años, deslenguada hija del desencanto y la dimisión siempre aplazada. Sí, santo Dios. Paladeando aún la cereza prohibida del pecho filial, acumuló fuerzas para estirar el cuello y facilitar el tajo:

-¿Quieres decir que Mariana es mi hija? -preguntó inútilmente.

-Debí decírtelo hace años, pero…

Bronceada por un sol excesivo, mecida por emociones diversas, le chispeaba el lagrimal, anegado de una dudosa felicidad. Maribel de la Torre, las mejores caderas del imperio. Ay. Luys Ros se levantó como un autómata y alegó necesitar una copa, encaminándose hacia la casa. En realidad, iba a su cuarto de trabajo. Quedaba una posibilidad, una sola. Al cruzar la sala de estar vio a Mariana echada de bruces en el diván sucio de arena, la cara sobre un libro abierto. Sus soberbios brazos colgaban a un lado como malignas serpientes muertas. Por entre la maraña de pelos, unos ojos azules como los suyos se abrieron despacio para mirarle y unos labios secos se distendieron: la descarada sonrisa refrendaba una decisión que él nunca debió postergar.

Arriba, en su estudio, abrió todos los cajones de la vieja consola. Cuando introdujo la mano en el último, ya no le quedaba sangre en las venas. Tanteó a ciegas una confusión de objetos olvidados y remotos, perdidos en la memoria falsa. Los dedos casi insensibles tocaron primero el bulto, la fantasmal camisa azul roída por los ratones, luego reconocieron las terribles formas del arma. Ya la puntual Parabellum de culata anacarada estaba en su mano temblorosa. Durante el interminable trayecto hasta la sien, Luys Ros vio otra vez el viejo Mao viniendo hacia él por el jardín con su trote pesado y el sosegado escepticismo de sus ojos, llevando en su boca la otra vida. Durante una fracción de segundo aún alentó una débil esperanza al recordar, con diabólica precisión, un hecho real en medio de tantos espejismos: muchos años atrás había quitado realmente el cargador de la pistola, pensando en los niños, y lo había arrojado al mar, de verdad, mi hijo mayor lo vio, en serio, el chico fue testigo, aún se acordaría, de verdad…

Pero en aquel laberinto de refugios ruinosos donde Luys Ros se había extraviado, la ficción ya no podía hacerle la menor concesión a la realidad, ya no era capaz de respetarla ni confirmarla por más tiempo. Y allí estaba el puntual cargador, esperándole, allí estaba el espectral estampido y la convocada bala camino de su cerebro.

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© Juan Marsé 2001