Luego,
impulsado en parte por una excitación que se negaba a admitir,
redactó la última ficción, basada esta vez en un hecho real:
él y Maribel en la habitación de un hotel de Pamplona, borrachos
los dos, un encuentro casual, verano del cincuenta. El había
ido a pronunciar una conferencia. Maribel de la Torre llevaba
tres años separada de Juan Antonio Tey y convivía, a temporadas,
con el industrial navarro del cual tendría una hija, Mariana.
Sabiendo que Luys estaba en Pamplona, Maribel fue a buscarle
al hotel para llorar en su pecho amigo: el único hombre que
había amado era Juan Antonio. Consolándose ambos toda la noche
con un excelente Rioja. La excitación verbal y sentimental,
la inesperada locuacidad de los dos, las confidencias. Al grano:
al día siguiente yo me desperté en la butaca y Maribel en la
cama, envuelta en un albornoz, resfriada y con resaca. ¿Qué
pasó realmente esa noche, o mejor, que podía haber pasado? Entre
la nebulosa del recuerdo, él aún la veía salir del hotel más
deprimida que cuando llegó. Se fue en busca de su amante de
turno, y él y Olvido no volverían a verla hasta dos años después.
Hasta
aquí la verdad de su memoria. Pero mediante un leve giro, Luys
Ros hizo aún más confuso el relato de este encuentro casual
en Pamplona dejando entender que Maribel de la Torre se le entregó,
o pudo haberlo hecho. No afirmaba nada pero tampoco lo negaba.
Desplegándose en silencio por el texto, la gangrena se completó
con la escena siguiente, ya totalmente inventada: M. de la T.
le habría propuesto esa noche vincularlo, mediante un substancioso
cargo, a la industria papelera de su actual amigo y canalizar
así su influencia en la administración, a lo que él se habría
negado, reafirmándose precisamente en su íntimo deseo de acabar
con esas prebendas, esa corrupción.
El
turbio episodio cumplía así dos finalidades: remarcar su empeño
en apearse del carro de los vencedores y dar forma, de algún
modo, a un viejo y quemante anhelo: siempre sintió una gran
atracción por Maribel.
A
medianoche, al bajar por una cerveza, había cambiado el viento
y se oía el estruendo de las olas en la rompiente. Mao dormía
en el diván. Mariana leía y escuchaba música en su cuarto, tumbada
en la cama. Luys Ros, con los labios floridos de cerveza, se
sentó a su lado y absurdamente le hizo cosquillas en un pie.
Sabía perfectamente lo que iba a pasar y quiso demorarlo haciendo
el imbécil un buen rato.
Mariana
dejó el libro en su regazo y colgó un cigarrillo en sus labios.
-Mamá me encargó vigilar tus depresiones de camarada viudo.
¿Es cierto que has hablado de suicidio?
-Si
me conocieras mejor, sabrías que vengo haciéndolo desde el año
cuarenta.¿Cuándo
viene tu madre?
-Mañana.
Cuando
le acercó lumbre, ella ya había sacado las cerillas de su mugrienta
bolsa de flecos colgada en la cabecera de la cama. ?
-¿Y
el mechero que te regalé?
-Me
gustan más las cajas de cerillas. Luys Ros observó, bajo la
sucia maraña de pelos, la veneración de los párpados ante la
inminencia de la llama. Ciertamente, sus manos morenas eran
hermosas y rápidas manejando la caja satinada y cobijando el
fuego: diabólica economía de gestos alrededor de un fulgor azulrosado.
Los tejanos tensos como un tambor sobre los muslos. La telaraña
adherida al pecho. Fumada. El ronroneo gatuno de sus bronquios.
-Decídete,
fascista de mierda.
-Cállate…
Pero
más que habrás de oír, y más que habrás de ver, pensó con tristeza.
Paletadas de tierra que arrojarán sobre tus sueños muertos,
sobre tus ya podridas primaveras y tus apagados luceros. Sea.
Replegada la telaraña, no sin cierta sorpresa vio sus propios
dedos manchados de tinta sobre la ardiente piel fuscia. Fue,
tal como había supuesto, un choque violento, ganas de hacerse
daño. El pezón se enderezó en la boca de Luys Ros, se encabritó
entre los dientes. Y mucho después, cuando le vencían el sueño
y la fatiga, la oyó decir en aquel tono nasal y pijo que alguna
vez captó en Olvido:
-Eres
un señor que está muy bien, oye.
A
la mañana siguiente, al despertar, revisó mentalmente lo escrito
en la víspera. Descubrió entonces que las mentiras sufren también
un desgaste de la memoria, y que necesitan, como los recuerdos
y los sueños, las urgentes reparaciones del amanecer. Abandonó
el lecho de Mariana, que aún dormía, y en la cocina preparó
tostadas y café, que llevó a la mesa del jardín. Más tarde vio
a Mariana deslizándose medio dormida en el baño, así que decidió
mear en el césped. Evocar su orgasmo con la muchacha le deprimía.
Mao, trotando pesadamente, vino hacia él desde el cobertizo
con un pincel cruzado en sus fauces. Luys Ros lo acarició, le
quitó el pincel y lo estuvo mirando un rato, vaciando la vejiga.
Luego se abrochó, caminó hasta el cobertizo y entró seguido
del perro. En un rincón, bajo el polvo y las telarañas, había
un amontonamiento de hamacas rotas, oxidadas bicicletas de niño,
neumáticos, sillas, una paleta de pintor y tubos resecos. Habría
jurado que vio la tela sujeta con cuatro listones antes incluso
de apartar los trastos que la ocultaban. Una pintura amazacotada
donde predominaba el verde, de trazo impreciso bajo el polvo.
Después de frotar con la mano apareció una versión invernal
y familiar del jardín, y entonces Luys Ros notó un retroceso
en la sangre. A la derecha se alzaba el sauce, a la izquierda
los erizados cactus y el espectro deshojado del rosal, y, en
primer término, el perfil borroso de Olvido sentada en la mecedora,
tejiendo una bufanda azulgrana.