-Lo
siento, no sabía...
-No
importa -dijo Mariana-. ¿Has terminado por hoy con tu melindroso
descargo de conciencia? Me tienes harta, tío, harta me tienes.
Sonreía
entre la tupida maraña de pelo rizado, sucio de arena.
-¿Quieres
que te sirva una copa -añadió sin mirarle- o prefieres que te
haga una paja?
Su
risa tabacosa acabó en tos. Aparentando indiferencia, Luys Ros
entró sonriendo sin ganas y se sirvió un whisky.
-En
fin -murmuró cabizbajo.
-Dios
sabe con qué tenebrosas ideas de venganza escribes ese libro
-dijo Mariana-. Me das miedo, pobre unidad de destino…
-Querida
niña de lengua viperina -recitó Luys Ros-, sólo me interesa
evocar mi infancia, porque ya soy viejo. Deberías saber
que detrás del supuesto huracán de intenciones de unas memorias,
suele silbar el viento perdido de la niñez más común y corriente.
-Un
farsante bien parido -seguía sonriendo ella-, eso es lo que
eres. Dime, ¿por qué no te gusto?
-Me
gustaba tu madre.
-Embustero.
-Se
miente más de la cuenta por falta de fantasía, también la verdad
se inventa.
-Cursi.
Cadáver definitivo.
-Oye,
¿qué pensarías si de pronto un intelectual considerado de derechas
por la crítica y el público, un viejo guerrero, un poeta olvidado,
revelara que años atrás ya quiso renegar de sus convicciones
políticas…?
-Pensaría
que se trata de un sprint oportunista hacia la titulación democrática.
Luys Ros encendió la luz del cuarto y dejó el vaso junto al
tocadiscos.
-Lo
malo de los jóvenes -dijo- es que no sabéis perdonar. Serví
a la causa que creía justa con las armas, y eso es todo.
-Con
las armas y la pluma. No sólo disparaste contra la libertad.
La enterraste en versos y novelas, pesadísimas por cierto. Pero
eso a mí no me importa. Seguro que follas como los ángeles.
-Modérate.
-Yo
no tengo nada que ocultar. ¿Y tú? ¿Qué hiciste con tu vieja
pistola de escuadrista?
-La
enterré hace muchos años.
En el fondo del cajón de alguna consola, pensó, envuelta en
la camisa que los ratones ya habrán dejado hecha jirones. No
está mal, podría servir. Capítulo sexto. 1946. Se podría incluso
enfatizar un poco, darle un especial tratamiento literario,
una forma de símbolo: con una bala en la recámara y un plazo
fijo: si dentro de equis años no he conseguido hacer público
mi repudio a todo esto, esta bala penetrará en mi cerebro. No
está mal.
-Acabas
de sugerirme una idea.
Esta
misma noche redactó una nota al margen en el folio ochenta y
tres, una columna de letra apretada y diminuta explicando cómo
se deshizo de la Parabellum treinta años atrás. Falsedad en
la descripción, nácar en la culata.
Encerró la inventada escena en un largo paréntesis dentro de
una oración retórica que encerraba otros recuerdos: sin darle
importancia ni a la Parabellum ni a la promesa.