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JUAN MARSÉ ::  Página oficial
TEXTOS
Tarareando a Miklos Rozsa Ayudante de laboratorio
La isla del libro y el día del tesoro Parabellum


PARABELLUM

 

Poco después, desde la ventana del estudio sobre la playa, vio a Mariana hundiendo despacio sus caderas en el mar. Terciopelo fucsia, estremecido, la piel. Igual que su madre, pensó, evocando la broma de Juan Antonio antes de casarse con ella: tienes el porvenir detrás de ti, Maribel. Cuando las nalgas se hundieron totalmente en el mar. Luys Ros cabeceó furtivamente sobre sus memorias. Mea culpa por haber dado a la prensa cierto librillo de poemas en el cuarenta y tres, desbocado romance de caballería que yacía en el desván del olvido (aunque a uno le gustaría salvar de él, precisó, cierto cordón epicolírico tendido al latín) y pasemos a otro asunto. Revisar someramente las adhesiones desde Burgos, los sucesivos cargos en los servicios de propaganda y prensa, en la fundación y dirección de tal y cual revista oficializada, clasicista y satinada, luego como censor, más tarde como delegado de Editora Nacional. ¿Por qué no renuncié hasta mediados los años sesenta? Ciertos vaporosos deseos se habían ya convertido en formas consolidadas de la memoria, más reales que todo cuanto le rodeaba: no hay esperanza sino en los recuerdos, vividos o soñados, es igual. Veamos: habría que urdir una trama según la cual, en el invierno del cuarenta y cinco, al volver de un viaje a Madrid, descubrí la única infidelidad de Olvido. A ver: ¿no fue novia de Juan Antonio antes de casarse conmigo? Amigo muerto que viene de perlas. Perfectamente creíble, aquel fin de semana, solos en esta casa, el deseo que renace incontenible, el adulterio. ¿Quién podría hoy desmentirlo? No se ofende la memoria de los difuntos inculpándolos de amor. En cuanto a Maribel, entonces la mujer de Juan Antonio, no tenía por qué haberse enterado, ni hoy puede ya importarle. Memoria en blanco de los muertos y los vivos: la historia está aún por escribir. Perfecto. Arropar la escena con detalles realistas, tallarla en el mármol de los maestros del estilo, crear la atmósfera que la hará verosímil: la furtiva pareja paseando por la playa bajo un rojo atardecer interminable, dos figuras con los cabellos al viento viniendo de San Salvador, Olvido con las solapas subidas del chaquetón azul y la cabeza gacha, Juan Antonio rodeando sus hombros con el fuerte brazo, jersey blanco cuello de cisne y ancho pantalón gris de mezclilla. Las olas baten el tronco de un árbol en la rompiente. De pronto, se paran y se besan. Amarrar esta ficción a un contexto real: tras ellos, en la playa desierta y fría, vagan los enfermos del Hospital de San Juan de Dios. Y a la mañana siguiente, consumado el adulterio, Olvido sentada en la mecedora de] jardín, bajo el sol pálido, tejiendo una bufanda azulgrana, y a escasos metros Juan Antonio de pie, jersey marrón con rombos verdes y gomina en los cabellos, pintando un cuadrito al óleo (afición suya real, por cierto, no inventada). Describir la tela a medio pintar: el sauce a la derecha, a la izquierda los erizados cactus y el espectro deshojado del rosal, y, en primer término, el borroso perfil de Olvido. Impunidad completa: él estaría en Madrid cuando se consumó el adulterio. Perfecto.

Irónico en lo accesorio y fiel en lo esencial, desdeñando explicar cómo descubrió el hecho y prolijo en narrar el pretendido hundimiento de su fidelidad a los famosos principios del Movimiento, Luys Ros dedicarla luego dos folios a la escena atroz que tuvo con Olvido al regresar de Madrid. Lanzada frontal, caída en la depresión. Y el pacto: ella se comprometía a no volver a ver a Juan Antonio a cambio de que él no la abandonara con el niño pequeño y olvidara por un tiempo aquellos escrúpulos banales acerca del Régimen, su desencanto político. Perfecto: o sea que, en el fondo, ya en el cuarenta y cinco se hallaba moralmente despegado del sistema, pero no rompió formalmente por causa de Olvido. Vale, vale. Adjetivar mejor, sin resentimiento.

Al anochecer Luys Ros bajó a la cocina y encontró jamón dulce en la nevera. De regreso, al pasar ante el cuarto de Mariana, vio en la penumbra a ésta sentada en la cama, embutiendo la cabeza y los brazos en una camiseta incolora y leve como una tela de araña. Se paró en el umbral.

-Presente. ¿Querías algo? -dijo ella con sorna.

Con la camiseta enrollada en los hombros se había inmovilizado mirándole. Tiró de la tela y rebrincaron los pezones. Luys Ros oyó un carraspeo en la sombra y el chirrido de la aguja en el disco. Un joven alto, de movimientos felinos y lacios cabellos grasientos, se incorporó pesadamente en el rincón más oscuro, apagó el tocadiscos y se deslizó fuera del cuarto hasta alcanzar la puerta de la calle, que cerró tras de sí con fuerza.

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© Juan Marsé 2001
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