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JUAN MARSÉ ::  Página oficial
TEXTOS
Tarareando a Miklos Rozsa Ayudante de laboratorio
La isla del libro y el día del tesoro Parabellum


PARABELLUM

 

A media tarde bajó a la sala de estar, se tumbó en el diván con una lata de cerveza y rumió una oración que no le acababa de gustar por conceptual: "En el fondo, nunca creí que la Victoria fuese capaz de una síntesis asuntiva y superadora". Pasable. Cuando vio entrar a Mariana descalza y chorreando agua, simuló un cansancio estrictamente físico. Por razones de confusa índole generacional, Mariana siempre le gastaba bromas con un lenguaje procaz:

-¿Qué buscas en el pasado, viudo fácilmente consolable?

Puntualmente devuelta por el mar. Hilos de agua desesperando en su ardiente piel, sin poder adherirse, fundiéndose. En cambio, irisados granitos de arena pegados a los muslos.

-Un refugio.

-Me tienes frita pasando en limpio esos papeles. No entiendo tu letra. -Sentada en el suelo, alzó los brazos para sujetar el pelo mojado en una especie de moño-. Corriges demasiado, fascista arrepentido.

Axilas sin depilar con sabor a marisco. Volcanes florecidos. La capacidad de adhesión de las caderas. El pelo resbaló otra vez mientras liaba distraídamente un pitillo con rápidos dedos de perdularia, de un color ala de mosca.

-¿Qué programa tenemos hoy? ¿Te paso algo a máquina o vuelvo al agua?

Deslenguada vagabunda de dulces pezones. Inteligente y lúcida. Errante disposición física, siempre. Las mismas caderas adhesivas de su madre, amiga íntima de Olvido, esposa mía no te olvido. Mariana veraneando un par de semanas en Calafell, como cada año, pero esta vez mis hijos barbudos, Ramiro y Xavier, igual de sucios y deslenguados que ella.

Sobados muslos que huelen a grasa de motocicleta, al cuero insensato de los muchachos que se trae a dormir cuando yo duermo, supongo. Veintisiete años, ya madurita para esos imberbes. Hierbas ritualmente quemadas en su aliento y en su habitación, sus braguitas arrugadas por todas partes, como si una maligna serpiente silenciosa fuese dejando su piel vieja por toda la casa. Su maleta llena de libros bajo la cama. Sus discos mareantes, su lenguaje obsceno.

-Hoy no te necesito, gracias -dijo Luys Ros-. Vete a nadar con tus amigos.

-De día me aburren.

El perro, viniendo del jardín trasero, metió la cabeza entre sus rodillas y ella lo acarició. Mao, chaquetero como tu amo.

Al levantarse. Luys Ros rehuyó verse reflejado en el espejo. Alto en su soledad y en su aflicción, de movimientos suaves, enjuto, fino pelo canoso fuertemente estirado hasta la nuca. Pañuelo negro alrededor del cuello, camisa guerrillera, cuidadosamente descolorida. La voz rancia, concienzuda. Maduro atractivo, todavía. ¿Por qué no había ella de sentirse atraída hacia ti, por qué negar la evidencia? Pensó en el trabajo que le esperaba arriba. El pasado que no cesa. Para un hombre que sobrepasa los cincuenta años, todo consiste en saber escoger la forma en que ha de ser derrotado.

 

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© Juan Marsé 2001
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