A
media tarde bajó a la sala de estar, se tumbó en el diván con
una lata de cerveza y rumió una oración que no le acababa de
gustar por conceptual: "En el fondo, nunca creí que la Victoria
fuese capaz de una síntesis asuntiva y superadora". Pasable.
Cuando vio entrar a Mariana descalza y chorreando agua, simuló
un cansancio estrictamente físico. Por razones de confusa índole
generacional, Mariana siempre le gastaba bromas con un lenguaje
procaz:
-¿Qué
buscas en el pasado, viudo fácilmente consolable?
Puntualmente
devuelta por el mar. Hilos de agua desesperando en su ardiente
piel, sin poder adherirse, fundiéndose. En cambio, irisados
granitos de arena pegados a los muslos.
-Un
refugio.
-Me
tienes frita pasando en limpio esos papeles. No entiendo tu
letra. -Sentada en el suelo, alzó los brazos para sujetar el
pelo mojado en una especie de moño-. Corriges demasiado, fascista
arrepentido.
Axilas
sin depilar con sabor a marisco. Volcanes florecidos. La capacidad
de adhesión de las caderas. El pelo resbaló otra vez mientras
liaba distraídamente un pitillo con rápidos dedos de perdularia,
de un color ala de mosca.
-¿Qué
programa tenemos hoy? ¿Te paso algo a máquina o vuelvo al agua?
Deslenguada
vagabunda de dulces pezones. Inteligente y lúcida. Errante disposición
física, siempre. Las mismas caderas adhesivas de su madre, amiga
íntima de Olvido, esposa mía no te olvido. Mariana veraneando
un par de semanas en Calafell, como cada año, pero esta vez
mis hijos barbudos, Ramiro y Xavier, igual de sucios y deslenguados
que ella.
Sobados
muslos que huelen a grasa de motocicleta, al cuero insensato
de los muchachos que se trae a dormir cuando yo duermo, supongo.
Veintisiete años, ya madurita para esos imberbes. Hierbas ritualmente
quemadas en su aliento y en su habitación, sus braguitas arrugadas
por todas partes, como si una maligna serpiente silenciosa fuese
dejando su piel vieja por toda la casa. Su maleta llena de libros
bajo la cama. Sus discos mareantes, su lenguaje obsceno.
-Hoy
no te necesito, gracias -dijo Luys Ros-. Vete a nadar con tus
amigos.
-De
día me aburren.
El
perro, viniendo del jardín trasero, metió la cabeza entre sus
rodillas y ella lo acarició. Mao, chaquetero como tu amo.
Al
levantarse. Luys Ros rehuyó verse reflejado en el espejo. Alto
en su soledad y en su aflicción, de movimientos suaves, enjuto,
fino pelo canoso fuertemente estirado hasta la nuca. Pañuelo
negro alrededor del cuello, camisa guerrillera, cuidadosamente
descolorida. La voz rancia, concienzuda. Maduro atractivo, todavía.
¿Por qué no había ella de sentirse atraída hacia ti, por qué
negar la evidencia? Pensó en el trabajo que le esperaba arriba.
El pasado que no cesa. Para un hombre que sobrepasa los cincuenta
años, todo consiste en saber escoger la forma en que ha de ser
derrotado.