Por
Juan Marsé
Agazapado sobre la mesa escritorio, Luys Ros empuñó la suntuosa
y pesada estilográfica y la suspendió unos segundos sobre el
folio veinte.
-¿Tú
qué opinas, Mao? -dijo alegremente- ¿Lo hago?
El enorme bulldog, de un lustroso color avellana, abandonó la
alfombra donde yacía y salió del estudio sin dignarse mirar
a su amo. Poco después, cuando Luys Ros introduce la primera
falacia en la redacción de sus memorias, apenas considera el
hecho como una simple licencia poética, un personal ajuste de
cuentas con el pasado que no cesa de importunar. Pero ese detalle
trivial, la alteración de la fecha en que dejó de usar el fino
y bien recortado bigote (1957, que tachó con la pluma para anotar
1942) provocaría en el texto una reacción en cadena de imprevisibles
consecuencias. Encerrado en su retiro de la playa, en esta casa
donde aprendía a aceptar con indiferencia su soledad, la muerte
repentina de su mujer y el desprecio de sus hijos, empezó a
torturar los folios mecanografiados mediante tachaduras y notas
al margen. Arrepentirse de algo es modificar el pasado, pensó.
Podría encabezar el capítulo sexto como epígrafe.
O
bien invocar a M.: ni el pasado ha muerto, ni está el mañana
ni el ayer escrito. Tres injertos ficticios en el tronco biográfico
de la posguerra y nacerán las ramas que han de protegerte de
cualquier acusación: ya en el año cuarenta y dos flaqueaba tu
fidelidad a la ideología que te convocó en el treinta y seis:
quedaría demostrado. Concibió la posible escena con Olvido,
poco antes de la boda, soleada primavera en el recuerdo. Entre
los utopistas de la victoria, yo era entonces uno más. Olvido:
sus andares de novia en el Paseo de Gracia, el vuelo airoso
de su falda estampada, el dorado vello de sus brazos. Salón
Rosa. Aquí.
Luys Ros consultó unas notas de su diario. 28?10?42: Hoy envío
a P. L. E. un poema para Escorial. He hablado por teléfono con
L. F. V. y me confirma su asistencia a la boda. Aperitivo con
Juan Antonio y Maribel en La Puñalada. Por la tarde, piernas
cruzadas de Olvido en el Salón Rosa. Sus rodillas con polvo
de reclinatorio, su indiferencia ante la lista de boda. D. R.
regresó de Rusia. Aquí, eso es. Confesarle a Olvido tu decisión
irrevocable de renuncia. Alegre muchacha de la Sección Femenina,
en cuya Oficina de prensa trabajaba entonces, se llevaría un
disgusto de muerte, eres alta y delgada, una terrible decepción.
Su militancia tenaz, tan femenina. Tenía que ser la primera
en saberlo, mañana en su casa. Pero al día siguiente, al entrar
en aquel piso del Ensanche, el olor a medicinas, la palidez
y la angustia de su madre, el silencio grave en el dormitorio,
describir el ambiente: Olvido en la cama, demacrada. bellísima,
el primer síntoma alarmante de una extraña enfermedad (por cierto,
pensó mientras perfilaba la falsa escena, en esa época o poco
después sufrió realmente un desvanecimiento, su madre lo recordaría
si aún viviera. O sea: perfecto, encaja).
La
conversación privada con el anciano médico de la familia, Goday
creo que se llamaba (fallecido también, por fortuna) describir
los síntomas, asesorarme con un médico: seguramente intensos
dolores en pecho y brazos, parálisis parcial, etcétera. Quizá
más verosímil la diabetes, tal vez leucemia, insuficiencia renal.
O mejor una enfermedad cardíaca, una antigua lesión de la infancia
a la que no se había dado importancia y se había reproducido,
y que Olvido soportaría toda su vida con entereza ejemplar,
en secreto. Sólo él lo sabría, su marido. Sembrar el texto de
las memorias con los síntomas, desde ese día hasta su muerte:
mareos, vómitos, palpitaciones. Hacerlo creíble, normal. Asesorarme
con discreción. Pulir el estilo, maestro. Ni énfasis ni preciosismo...
A
través de la ventana abierta, le llegó a Luys Ros el bullicio
de los bañistas en la playa. La doble hilera de toldos listados,
en los que predominaba el color fucsia, se extendía sobre la
arena. Sí, evitar la retórica litúrgica, el entrañable estilo
tan celebrado ayer y que hoy hace tronchar de risa a mis hijos
y a Mariana, malditos hijos de la paz. Luys Ros arrugó el ceño
sobre la nota al margen y dejó la pluma. Este injerto, destinado
al capítulo cuarto y, pendiente de ulteriores precisiones de
tipo médico, concluía con su decisión de postergar la ruptura
con la Falange y con el Régimen hasta que Olvido superase la
"grave enfermedad".