Por
Juan Marsé
Secretamente esperanzado, confiando en que Jacques Monod -un
hombre con un gran
encanto
personal, muy culto y de mirada inteligente, muy atractivo y
seductor- me acepte sin exigir demasiados requisitos como garçon
de laboratoire, una especie de chico de los recados en los laboratorios,
me presto encantado a contestar a sus preguntas: ¿De dónde vengo?
De Barcelona. ¿A qué me dedicaba en Barcelona? Fui operario
de joyería, ahora soy, o mejor, quiero ser, escritor... He publicado
mi primera novela en España hace muy poco (aquí, el ilustre
biólogo empieza a mirarme con verdadera curiosidad, y yo diría
que también con cierta admiración, o eso me parece) y Maurice
Edgar Coindreau, el famoso introductor de William Faulkner
y de John Dos Passos en Francia me la está traduciendo
al francés y se publicará en chez Gallimard y bla bla
bla. Tan asombrado e interesante se muestra Monod, que me digo:
"Ya es mío. Soy el nuevo garçon de laboratoire". Sigue una larga
entrevista que no hace más que aumentar mi confiánza y mi euforia:
el puesto es mío. Monod, por su parte, no acaba de entender
que un joven novelista que acaba de publicar su primer libro
esté tan firmemente dispuesto a trabajar de garçon. Le explico
que, bueno, yo no vivo precisamente de rentas, monsieur, aquí
en París no tengo trabajo, ni dinero, y mi intención es quedarme
a vivir un par de años en la ciudad y aprender bien el idioma,
etc. Le hablo del famoso pianista Robert Casadesus y
del poeta Pierre Emmanuel, del hispanista Jean Cassou
y de su hija Isabel, todos ellos buenos amigos (su asombro
va en aumento, también mi convicción de que el puesto ya es
mío) que me han ayudado amablemente hasta hoy, le digo, pero
ahora quiero ganarme la vida por mi cuenta. Monsieur Monod lo
comprende, es más, le parece muy bien. Finalmente decide dar
por terminada la entrevista y me anuncia que va a presentarme
al personal de su departamento. En el pasillo nos cruzamos con
el biólogo François Jacob, que andando el tiempo será
también premio Nobel y director del Pasteur. Monod me introduce
en lo que parece una cocina muy amplia y llena de vapor, donde
unas 30 muchachas vestidas con uniforme blanco impoluto esterilizan
toda clase de cachivaches de cristal, sobre todo probetas y
tubos de ensayo y jeringuillas metidas en grandes cazuelas donde
hierve el agua. Nada más entrar el gran jefe Monod, las mujeres
suspenden en el acto sus labores y se alinean hombro con hombro
al lado de las calderas. Monod, muy ceremonioso y circunspecto,
con ese ritual tan exquisitamente francés, las saluda con una
elegante inclinación de cabeza. "Va a presentarme, ya está hecho",
me digo. Pero lo que sale de los labios de Monod no es exactamente
lo que yo espero. Dice con su bella y parsimoniosa dicción:
"Madame, je vous presente le candidat a garçon de laboratoire".
¡¿He oído bien?! ¡¿Ha dicho le candidat?! ¡El candidato! ¡De
modo que después de todo, no soy más que un candidato! ¿0 no
es más que otra cortesía verbal típicamente francesa, una, digamos,
licencia poética? Me hundo en una depresión que me dura hasta
el día que me llaman para informarme que, finalmente, el candidato
catalán ha sido aceptado. Han sido siete días de pesadilla,
pero al octavo ya estoy trabajando en el Pasteur con Jacques
Monod y François Jacob; me levanto temprano y trabajo duro,
pero antes de las cinco de la tarde ya estoy libre y de vuelta
al barrio latino. Me pagan 640 nuevos francos con 17 céntimos
al mes, y tengo tiempo libre para leer y escribir el primer
esbozo de lo que será Últimas tardes con Teresa. Es septiembre
y ya no siento calor. Creo que ha terminado el peor verano de
mi vida.
"El
peor verano de mi vida": "Ayudante de laboratorio", en El
Mundo, año X, número 29, 13/8/2000.