Por
Juan Marsé
Cierro
los ojos. Intento rescatar, entre la vorágine de 66 veranos
vividos, el peor verano de mi vida. Casi no conservo recuerdos
de los cuatro o cinco primeros, lamentablemente. Pero estoy
totalmente seguro de que mi peor verano no se cuenta entre ellos.
Cierro los ojos para ver si entre ese cegador laberinto de veranos
distingo el más penoso, el que se torció, y para mi sorpresa,
la primera pulsión de aquel negrísimo estío me llega a través
de los sentidos. De repente, me invade una ola de calor sofocante
y pegajoso, un calor más próximo y real que cualquiera de los
recuerdos que arrastra el sofoco reconocido. Sin ninguna duda
estoy en París, en julio de 1961. Vivo en un hotelucho
de pomposo nombre, en el 19 de la Rue du Pont-Neuf, Hotel
Duc de Bourgogne, enfrente de Les Halles, el vientre
de París hoy convertido en delirante galimatías comercial.
Todos los días cruzo el legendario puente y almuerzo en algún
restaurante barato del barrio latino o en el self-service del
Foyer des Etudiants, o simplemente me compro un cucurucho
de patatas fritas. El verano en París está resultando una pesadilla
a ambos lados del Sena, pero estoy dispuesto a aguantar
como sea en espera de un golpe de suerte. Malvivo con algunos
francos que me gano dando clases de español a la bellísima Teresa
Casadesus, hija del pianista Robert Casadesus (ella
me inspirará el título de la novela que ya tengo en mente,
Últimas tardes con Teresa) y también al poeta Pierre
Emmanuel, que gentilmente se deja enseñar para echarme una
mano: Emmanuel habla español casi a la perfección. El poeta
preside el llamado Congrès pour la Liberté de lal
Culture en el 104 del Boulevard Hausmann, organismo
que, por recomendación de Josep Mª Castellet y Carlos
Barral, me otorgó una bolsa de viaje de 1.000 nuevos francos
para visitar París. Pero la bolsa se vació enseguida. Ahora
busco un trabajo con horario regular que me deje tiempo libre
para escribir. Busco y busco, pero no encuentro. Frecuento la
Librería Española de Soriano, en Rue de la
Seine, donde a menudo contertulian Tuñón de Lara,
Juan Goytisolo, los pintores Díaz y Ortega,
Corrales Egea, Manolo Ballesteros, mi amigo Antonio
Pérez, etc.
Algunas
noches ceno en casa de Monique Lange y Juan Goytisolo,
pero más frecuentemente me dejo caer por casa de María
y Alejo Lluhansí, un joven y animoso matrimonio de Girona,
casi siempre en compañía de Antonio Pérez y Enric Marqués,
el pintor, también de Girona. Rue des Canettes 16, entre
Saint Germain des Près y la Place Saint Sulpice.
Formidable su ayuda, y su compañía, pero el tiempo pasa y sigo
sin encontrar trabajo. Me angustia la idea de verme obligado
a rendirme y tener que regresar a Barcelona. Alejo o
Antonio, no recuerdo cuál de los dos, me aconseja acercarme
al Institut Pasteur, 25 Rue du Docteur Roux. Al
parecer, allí siempre hay trabajo para desesperados como yo.
En efecto, necesitan un garçon de laboratoire. Me recibe el
jefe de pesonal y seguidamente me envía al mismísimo Jacques
Monod, el eminente biólogo, para que me examine y apruebe
mi ingreso, o no lo apruebe... Entro en su despacho de la planta
baja del Institut con el alma en vilo. Monod, que dirige el
departamento de Biochimie Celulaire, es futuro premio
Nobel y autor de un libro, "El azar y la necesidad",
que años después la casualidad querrá que en España lo publique
mi propio editor, Carlos Barral.