Es
muy posible que la primera vez que escuché música de Rozsa
no fuese en El ladrón de Bagdad sino en Las cuatro plumas (precisamente
con la misma actriz, June Duprez, una belleza de ojos
rasgados y algo mofletuda que a los chicos nos gustaba mucho),
pero recuerdo muy bien que al salir del cine, después de ver
El ladrón de Bagdad, ya tarareaba su música. Esta película se
estrenó en el cine Tívoli en los primeros años cuarenta,
yo tenía diez u once años y la vi unos meses después de su estreno,
cuando llegó a los cines de barrio; concretamente la vi en el
cine Rovira desde el gallinero que olía a zotal debido
al esmero de mi padre y su brigada higiénica. En cierto modo,
sentado en aquellos duros bancos de madera, en los interminables
inviernos de la postguerra, con mi gruesa bufanda de lana alrededor
del cuello, solo casi siempre, yo proseguía el aprendizaje de
la ensoñación que había empezado con tebeos y literatura de
quiosco. Leyenda, Historia, cine, poesía, sueños, el río del
tiempo que empezaba a fluir y a formar recodos de melancolía,
el despertar del sexo y el cultivo secreto de la añoranza de
futuro, el aprendizaje del dolor y la conciencia súbita de la
muerte, todo eso maduraba dentro de mí en el transcurso de aquellas
sesiones de tarde perfumadas con zotal. Mientras, en la pantalla
maduraba el arte del siglo XX y alcanzaba su edad de oro. Nunca
he tenido dudas al respecto: el cine alcanzó su mayoría de edad
a mediados de los treinta, prolongó su esplendor hasta mediados
los cincuenta y después inició su declive. Y tuve además la
suerte, yo y toda aquella legión de ateridos espectadores de
la postguerra, de poder visionar la formidable producción americana
de esos años treinta, películas que la guerra civil impidió
que se estrenaran en su momento y llegaban con retraso a nuestras
pantallas. Tenía a Gary Cooper joven y apuesto en el
cine Roxy (Búfalo Bill) cuando en Hollywood ya
estaba envejecido.
Pero
volvamos a la fascinante película de Korda y Rozsa. He
admirado y amado a muchas películas, por razones muy diversas
y sentimientos a menudo contrapuestos (detesto la violencia,
y sin embargo me pirra el western y el cine negro), pero en
ninguna como en El ladrón de Bagdad creo haber hallado de forma
tan entretenida, tan elegante y depurada, la expresión de ese
viejo anhelo del hombre, desde que el mundo es mundo, de alcanzar
la felicidad viviendo sueños de amor y de aventuras. Recuerdo
que por aquellos años el género fantástico, en el cine como
en las novelas y tebeos, me dejaba bastante frío (mi héroe de
quiosco no era Flash Gordon, sino El Hombre Enmascarado).
Pero esta película fue un caso excepcional, me fascinó y todavía
me sigue fascinando, y la música de Rozsa tiene mucho que ver
en el asunto.
Ciertamente
no he olvidado la suprema elegancia del malvado Jaffar/Conrad
Veidt, túnica negra, turbante blanco y crueles ojos azules,
oculto en la sombra y observando a la Princesa/June Duprez
oliendo la Rosa Azul del Olvido. Ni a Ahmad/ Jon Justin,
enamorado de la Princesa y prisionero de Jaffar, cuando éste
ciega sus ojos valiéndose de sus poderes malignos y de paso
convierte a Sabu en perro. Y tampoco se me olvida la
mano larga y ensortijada del siniestro Jaffar en el pecho izquierdo
de la Princesa al arrastrarla consigo a la terraza del palacio
ante la llegada de Sabu volando en su alfombra mágica con su
arco y su flecha justiciera, ni el ingenuo Genio/Gigante
saliendo de la botella en forma de humo, ni el caballo blanco
de cartón que cobra vida y cabalga por las nubes, ni la hermosa
muñeca-asesina con seis brazos y un puñal, y otros tantos prodigios
que la banda sonora engarza como perlas subrayando los fastos
del color y la imaginativa puesta en escena, estableciendo un
ritmo narrativo y ampliando los espacios visuales concebidos
como una fiesta para los ojos. Se trata de una partitura que
conjuga la emoción y la fantasía, centradas muy especialmente
en las notas que construyen el tema principal. En esta melodía
bellísima habita el tigre de la aventura y soplan los vientos
del desierto. La
canción que Sabu entona para ahuyentar su miedo al entrar en
el sombrío templo donde debe robar el ojo Que-Todo-Lo-Ve de
la Diosa (tonadilla que los chavales del barrio sabíamos silbar
de memoria) con todo y gustarme, no era mi preferida. Lo que
me conquistó desde el primer momento fue la música de fondo
que Rozsa despliega suavemente, sin énfasis, en las escenas
culminantes, sobre todo en los encuentros de la Princesa con
su enamorado o con el intrigante canalla que la pretende, Jaffar.
Hoy tarareo una vez más esta melodía imborrable en recuerdo
de Miklos Rozsa, agradeciéndole los buenos ratos que nos hizo
pasar en ésta y en tantas otras películas de los grandes maestros,
y que ya son clásicas.
[Publicado
por primera vez en la revista "Academia", No. 12, octubre
de 1995, pp. 51-53].