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JUAN MARSÉ ::  Página oficial
TEXTOS
Tarareando a Miklos Rozsa Ayudante de laboratorio
La isla del libro y el día del tesoro Parabellum


Tarareando a Miklos Rozsa

 

Es muy posible que la primera vez que escuché música de Rozsa no fuese en El ladrón de Bagdad sino en Las cuatro plumas (precisamente con la misma actriz, June Duprez, una belleza de ojos rasgados y algo mofletuda que a los chicos nos gustaba mucho), pero recuerdo muy bien que al salir del cine, después de ver El ladrón de Bagdad, ya tarareaba su música. Esta película se estrenó en el cine Tívoli en los primeros años cuarenta, yo tenía diez u once años y la vi unos meses después de su estreno, cuando llegó a los cines de barrio; concretamente la vi en el cine Rovira desde el gallinero que olía a zotal debido al esmero de mi padre y su brigada higiénica. En cierto modo, sentado en aquellos duros bancos de madera, en los interminables inviernos de la postguerra, con mi gruesa bufanda de lana alrededor del cuello, solo casi siempre, yo proseguía el aprendizaje de la ensoñación que había empezado con tebeos y literatura de quiosco. Leyenda, Historia, cine, poesía, sueños, el río del tiempo que empezaba a fluir y a formar recodos de melancolía, el despertar del sexo y el cultivo secreto de la añoranza de futuro, el aprendizaje del dolor y la conciencia súbita de la muerte, todo eso maduraba dentro de mí en el transcurso de aquellas sesiones de tarde perfumadas con zotal. Mientras, en la pantalla maduraba el arte del siglo XX y alcanzaba su edad de oro. Nunca he tenido dudas al respecto: el cine alcanzó su mayoría de edad a mediados de los treinta, prolongó su esplendor hasta mediados los cincuenta y después inició su declive. Y tuve además la suerte, yo y toda aquella legión de ateridos espectadores de la postguerra, de poder visionar la formidable producción americana de esos años treinta, películas que la guerra civil impidió que se estrenaran en su momento y llegaban con retraso a nuestras pantallas. Tenía a Gary Cooper joven y apuesto en el cine Roxy (Búfalo Bill) cuando en Hollywood ya estaba envejecido.

Pero volvamos a la fascinante película de Korda y Rozsa. He admirado y amado a muchas películas, por razones muy diversas y sentimientos a menudo contrapuestos (detesto la violencia, y sin embargo me pirra el western y el cine negro), pero en ninguna como en El ladrón de Bagdad creo haber hallado de forma tan entretenida, tan elegante y depurada, la expresión de ese viejo anhelo del hombre, desde que el mundo es mundo, de alcanzar la felicidad viviendo sueños de amor y de aventuras. Recuerdo que por aquellos años el género fantástico, en el cine como en las novelas y tebeos, me dejaba bastante frío (mi héroe de quiosco no era Flash Gordon, sino El Hombre Enmascarado). Pero esta película fue un caso excepcional, me fascinó y todavía me sigue fascinando, y la música de Rozsa tiene mucho que ver en el asunto.

Ciertamente no he olvidado la suprema elegancia del malvado Jaffar/Conrad Veidt, túnica negra, turbante blanco y crueles ojos azules, oculto en la sombra y observando a la Princesa/June Duprez oliendo la Rosa Azul del Olvido. Ni a Ahmad/ Jon Justin, enamorado de la Princesa y prisionero de Jaffar, cuando éste ciega sus ojos valiéndose de sus poderes malignos y de paso convierte a Sabu en perro. Y tampoco se me olvida la mano larga y ensortijada del siniestro Jaffar en el pecho izquierdo de la Princesa al arrastrarla consigo a la terraza del palacio ante la llegada de Sabu volando en su alfombra mágica con su arco y su flecha justiciera, ni el ingenuo Genio/Gigante saliendo de la botella en forma de humo, ni el caballo blanco de cartón que cobra vida y cabalga por las nubes, ni la hermosa muñeca-asesina con seis brazos y un puñal, y otros tantos prodigios que la banda sonora engarza como perlas subrayando los fastos del color y la imaginativa puesta en escena, estableciendo un ritmo narrativo y ampliando los espacios visuales concebidos como una fiesta para los ojos. Se trata de una partitura que conjuga la emoción y la fantasía, centradas muy especialmente en las notas que construyen el tema principal. En esta melodía bellísima habita el tigre de la aventura y soplan los vientos del desierto. La canción que Sabu entona para ahuyentar su miedo al entrar en el sombrío templo donde debe robar el ojo Que-Todo-Lo-Ve de la Diosa (tonadilla que los chavales del barrio sabíamos silbar de memoria) con todo y gustarme, no era mi preferida. Lo que me conquistó desde el primer momento fue la música de fondo que Rozsa despliega suavemente, sin énfasis, en las escenas culminantes, sobre todo en los encuentros de la Princesa con su enamorado o con el intrigante canalla que la pretende, Jaffar. Hoy tarareo una vez más esta melodía imborrable en recuerdo de Miklos Rozsa, agradeciéndole los buenos ratos que nos hizo pasar en ésta y en tantas otras películas de los grandes maestros, y que ya son clásicas.

[Publicado por primera vez en la revista "Academia", No. 12, octubre de 1995, pp. 51-53].

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© Juan Marsé 2001
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