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JUAN MARSÉ ::  Página oficial
TEXTOS

Por Juan Marsé

Guardo buena memoria de ciertas películas, algunas muy antiguas, no sólo por la fuerza de sus imágenes sino también por la belleza y singularidad de su banda sonora. Podría entonar ahora mismo, y sin errar una nota el histórico vals que Bette Davis y Henry Fonda bailan en la escena cumbre de Jezabel (Wyler) y cuyo autor es Max Steiner, o el tema central de otra película del mismo director, La gran prueba, partitura de Dimitri Tiomkin, o de La diligencia (Ford) cuyo autor ignoro. Y sin querer presumir, de bastantes más: Raíces profundas (Stevens) de Victor Young; La heredera (Wyler) de Aaron Copland; Las cuatro plumas (Korda) y Recuerda (Hitchkock) ambas de Miklos Rozsa; Un lugar en el sol (Stevens) y Laura (Preminger), ambas de Franz Waxman; San Francisco (W. S. Van Dyke), aunque nunca supe quien compuso la canción que tan vibrantemente interpreta la remilgada señorita Jeannette McDonald; La carga de la Brigada Ligera (Curtiz) de Steiner; La ley del silencio (Kazan) de Alex North; Érase una vez en América (Leone) de Ennio Morricone, un soberbio ejercicio sobre la nostalgia del paso del tiempo y la corrupción de los sueños. Por no mencionar la célebre y arrebatada partitura de Lo que el viento se llevó, del prolífico Max Steiner, que se ha convertido en el emblema musical no sólo de esta película sino del Cine, y que todo el mundo es capaz de tararear.

Esta memoria musical y estas notas pretenden rendir homenaje a Miklos Rozsa, compositor de música para películas fallecido recientemente. La primera vez que este hombre me deslumbró yo no sabía de su existencia ni conocía siquiera su nombre; por aquel entonces, de los títulos de crédito sólo me interesaba el nombre de las estrellas. La película era El ladrón de Bagdad, yo era un chaval, y la cartelera de los cines de barrio era la renovación semanal de la vida.

En 1943, recién salido de la cárcel, mi padre trabajó en una brigada de desinfección y desratización de cines, dependiente de los servicios municipales de higiene. Su trato frecuente y su amistad con las taquilleras y los acomodadores de cines de barriada hizo que me dejaran entrar gratis en las sesiones de Rovira, Roxy, Delicias, Iberia, Íntimo y Maryland -este último de estreno o reestreno preferente, no recuerdo bien-. Algunas tardes hacía novillos para ver el mismo programa -dos pelis, No-Do e Imágenes- que había visto ya en otro cine. Recuerdo, de esas tardes de programa doble, algunos emparejamientos felices: El prisionero de Zenda (la de Ronald Colman) y Mi rubia favorita; Los tambores de Fu-Manchú (1ª Jornada: Fu-Manchú ataca) y Cumbres borrascosas; Si no amaneciera y El signo del Zorro (la de Tyrone Power). Y sobre todo, El ladrón de Bagdad, la versión de 1939, dirigida por Power, Berger y Whelan, e interpretada por Sabu, Conrad Veidt, June Duprez y John Justin, sin olvidar al Genio de la botella, Rex Ingram.

 

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© Juan Marsé 2001
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