
Una
niña, en el umbral de la pubertad, es obligada por un
viejo y cansado policía a reconocer el cadáver del hombre
que supuestamente la violó. Este sencillo argumento
basta para poner en pie un relato en el que la Ronda
del Guinardó sirve como metáfora del dolor y la
desgracia humana, atemperados o dignificados por el
indestructible afán de supervivencia que caracteriza
el universo narrativo de Marsé. Como en todas
sus obras anteriores, algunos recuerdos de infancia,
imágenes dispersas sin relación orgánica con la trama,
o incluso las ocasionales intervenciones directas del
autor se imbrican en el tejido literario contribuyendo
con su naturalidad a dar verosimilitud a una narración
llena de encanto y vitalidad.