Juan
Rulfo: Letras e imágenes
Un
libro sobre la faceta fotográfica del escritor mexicano
descubre algunas imágenes inéditas y describe
un paisaje emocional del México. Todo en "Juan
Rulfo: Letras e imágenes".
En enero se presentó en Madrid el Libro "Juan
Rulfo: Letras e Imágenes" a cargo de la fotógrafa
Graciela Iturbide y Alberto Ruy Sánchez escritor
y director de la revista Artes de México. El libro
rescata imágenes del México pasado bajo la
óptica de Rulfo, un fotógrafo siempre dispuesto
a la mirada serena y equilibrada en un mundo de paradójico
caos.
La obra cuenta con 175 fotografías tomadas por el
escritor, a lo largo de sus viajes por México y denotan
no solo su sensibilidad artística sino un vivo interés
y conocimiento por la historia, la arquitectura y el arte
mexicano. No en vano el escritor realizó más
de 400 monografías sobre edificios y zonas arqueológicas
en todo tipo de formatos, algunas veces hasta con mapas
y dibujos propios. Rulfo posee muchos textos sobre arquitectura,
un tema que le apasionaba y sobre el que tomaba numerosas
notas; algunas de ellas sirven para ilustrar el libro acompañando
a las fotografías. Y es que la carrera de fotógrafo
de Rulfo es tan apasionante, aunque desconocida, como su
veta literaria, y a menudo, como declaraba Graciela Iturbide
"hay un alto grado de coherencia entre la obra escrita
y la fotografía de Juan Rulfo. Pareciera que ambas
son indivisibles..."
El libro está publicado por la editorial mexicana
RM, en una cuidada y respetuosa edición. Respecto
al libro, Ruy Sánchez indicó que una de las
cosas que más le llamó la atención
fue el carácter íntimo de éste, muy
en consonancia con la obra de Rulfo. Un libro que se aleja
de los parámetros más comerciales a los que
estamos acostumbrados.
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Alberto
Ruy Sánchez habla sobre Juan Rulfo
"En
todos los encuentros personales que tuve con Juan Rulfo,
la gran mayoría en la librería que estaba
a la vuelta de su casa, El Juglar, nuestra conversación
terminaba siempre en la fotografía.
Hablábamos de literatura mucho tiempo, de rincones
de México que pocos escritores conocían, y
de fotografía. La literatura brasileña era
una de sus pasiones: le gustaban los libros que tuvieran
algo telúrico, algo de selva indomable. Y apreciaba
especialmente los momentos narrativos en que la naturaleza
se convertía en imagen de los hombres y sus pasiones
desbordadas. Apreciaba a los escritores como compositores
que desatan fuerzas tremendas y luego las templan en una
obra armónica, de sonidos tenues en apariencia o
en primer plano que luego esconden tormentas. Las palabras
como superficie recta, plana, que no gritan pero que si
uno ve con cuidado son superficie rota, llena de texturas.
Y su rotura es su valor estético.
La composición literaria era un valor que en aquel
momento no todos apreciaban en los libros de Rulfo, encandilados
con las referencias a la realidad que hay en ellos. Pero
él mismo reconocía que la realidad, transportada
a una composición artística no es la realidad,
ni es su espejo, es una nueva realidad, no su imagen fiel,
es una segunda realidad compuesta como música para
los sentidos. Otra cosa. "Cuando uno lee, decía,
tiene que fijarse en esa otra cosa, no en la realidad de
la que habla el libro".
Estos intereses literarios de Rulfo que enumeré brevemente
tienen para mí una relación directa con sus
intereses fotográficos. No es extraño entonces
que cuando hojeábamos algún libro de fotos
de la librería siempre se detuviera a comentar las
texturas de las imágenes y la composición.
Me parecían dos obsesiones. Luego pasaba a una explicación
técnica sobre su idea de con qué tipo de cámara
y de película se lograría ese efecto intenso
para los sentidos. Especialmente para el tacto a través
de la vista.
En la literatura se despierta al tacto entrándole
por el oído, en la fotografía se le despierta
llegando a él por los ojos. Pero tocar, oler, saborear,
es parte de la composición. No sólo las líneas
evidentes de la superficie de una obra son importantes sino
también las que van dentro de ellas hacia todos los
sentidos. Y hacia nuestra imaginación. Por eso no
es extraño que en las fotos de este libro yo vea
con insistencia texturas y composiciones.
Acostumbraba pronunciar frases lapidarias: perlas de sabiduría
como las que muchas veces dicen sus personajes. Viendo una
fotografía una vez me dijo: "La sombra es una
cosa que se toca". Y en las fotografías de este
libro las sombras están presentes como si él
hubiera estado retratando el reino de las sombras. Las personas
son ligeras, muchas veces diminutas. Las sombras son más
presentes, los edificios son como el cielo.
Conocía muy bien México. Había sido
agente viajero de ventas y luego tuvo chambas relacionadas
con los caminos y los pueblos. La mayoría de los
textos incluidos aquí pertenecen a ese ámbito
del trabajo por encargo, no creativo sino más bien
informativo. Sólo en "El Castillo de Teayo"
vemos a Rulfo de cuerpo entero, con su obsesión atenta
a los muertos. En este caso a los dioses muertos. Describe
su llegada y visita a este sitio arqueológico hundido
en la selva huasteca entrando en una cortina ritual de lluvia
que nos instala de lleno en un mundo donde lo imposible
es verosímil. Es muy interesante leer a Rulfo, hombre
del llano, del paisaje seco, describiendo un paisaje tropical
y sus desbordamientos. Como en sus mejores historias pasa
de la vida inmediata a un mundo mítico donde los
dioses antiguos están presentes con la fuerza de
su ausencia de derrotados, de sacrificados. Ahí están
los dioses sin nariz, arrancada por sus enemigos en signo
de victoria.
Víctor Jiménez, impulsor y prologuista de
este libro hace un énfasis en la arquitectura, al
tiempo que se fue.
Palabras e imágenes de una desgarradura quieta, estable
como una ruina o un templo olvidado. Todos los dioses han
muerto en estas imágenes".
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Sobre
Alberto Ruy Sánchez
(Ciudad de México,
1951). Su estancia en París le permitió
estudiar con Roland Barthes, Gilles Deleuze o Jacques Rancière.
Así, tras el doctorado, se hizo editor y escritor.
Desde 1988 dirige la revista Artes de México. Con
"Los nombres del aire" (1987, en Alfaguara en
1996) ganó el premio Xavier Villaurrutia. Su ópera
prima delata una de sus obsesiones: la exploración
del deseo, prolongado en "En los labios del agua"
(Alfaguara, 1996), (Prix des Trois Continents) y "Los
jardines secretos de Mogador" (Alfaguara, 2001). Destacables
son también "Los demonios de la lengua"
(Alfaguara, 1998), "Con la literatura en el cuerpo"
(Taurus, 1995), "La inaccesible" (1990), "Una
introducción a Octavio Paz" (Premio José
Fuentes Mares, 1990)... Ha sido traducido varias veces y
entre otros galardones cuenta con la Orden de las Artes
y de las Letras de Francia.
Sobre el autor:
www.albertoruysanchez.com
Artes de México, la excelente revista que dirige
www.artesdemexico.com/
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