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La visión de Rulfo es la de quien piensa que el presente anula cualquier esperanza posible que se soñó en el pasado. Para Rulfo el tiempo presente es trágico, es un gran desencantado, al igual que lo es la Bombal, a su manera, por supuesto; sin embargo, en momento alguno cortan la posibilidad de lo mágico en la vida, como ese rayo de luz que penetra en lo más profundo de la oscuridad, haciéndose único, vivísimo. El trabajo de ambos escritores, asimismo, evidencia una de las teorías que en el ámbito de la cultura tiene mayor solidez: la que sostiene que sólo lo auténticamente nacional puede ser universal; y sólo lo que alcanza valor universal puede expresar lo nacional. La obra de Rulfo transcurre en el México más profundo, que es el México rural. La obra de la Bombal, a su vez, transcurre en los campos del sur de Chile, en lo más recóndito del país, ya camino al manto blanco de la Antártica. Usaron ambos elementos atmosféricos sumamente propios para marcar la disociación de la vida: Rulfo el calor y la Bombal pura niebla. Es posible que los jóvenes aprendan hoy más de estos libros que en muchos de los textos de historia. En pocos casos puede verse con exactitud que la creación artística no es sólo la expresión de una necesidad humana, sino también el rescate mismo de la vida enfrentada a la naturaleza más primitiva. Un rescate que estos pioneros lograron con prosa sencilla, clara, directa; una prosa que no se anda por las ramas sino que va de frente a la raíz; incluso utilizando palabras, formas y giros incorrectos que usa el pueblo, pero legítimamente al servicio de la expresión.
A los pioneros del realismo mágico se les ha criticado desde diversos ángulos; mucho es noticia de aspectos parciales, otro tanto más es apoteósico. Al Rulfo escritor se le ha abordado, aludido, definido, descrito, pero quien lo toca tiene la sensación de iniciar un camino cuya dirección no lleva a ninguna parte: tan amplio es. Como escritores, la Bombal y Rulfo no son místicos, porque sus personajes no encuentran más destino o redención que penar eternamente en el infierno de sus páginas. En este sentido son magos de la Tierra, melancólicos, pero de la Tierra. La diversidad de interpretaciones que se han hecho de las obras de Rulfo va desde complicadas estructuras lingüísticas a análisis sociológicos, pasando por relaciones mitológicas y del alma y juegos con el tiempo. En Pedro Páramo escribe:
“El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir”; logrando una de las frases insuperables de misterio por un manejo del tiempo inusual. Digamos que este juego con el tiempo no es meramente casual, sino que obedece a la acumulación desordenada de la memoria, al sentido de sobrevivencia, a la lucha sin fin; con este plan secreto de vivir, matemáticamente caótico que al fin siempre es aquí y ahora, como si el tiempo no importara, Rulfo logra crear, en primer lugar, una naturaleza viva, que implica en sí un conflicto existencial. ¿De dónde proviene esta técnica novedosa del tiempo detenido? Rulfo nos dijo: “eso fue un experimento. Tal vez con influencia de autores nórdicos, en esa época los leía mucho”. Sabemos que el sentido del tiempo es una inhibición para impedir que todo suceda de una vez, pero en Comala esto deja de tener sentido, y las acciones se suceden alternativa y simultáneamente. Todo se repite, todo se inicia nuevamente, de manera circular, porque, de alguna manera, es siempre hoy; leemos lo que está ocurriendo en el momento porque los personajes están condenados a la vida eterna. ¿De dónde sacó Rulfo el lenguaje para tal prodigio? Le pregunté, y él dijo: “tal vez lo oí cuando era chico pero después lo olvidé, y tuve que imaginar cómo era por mera intuición. Di con un realismo que no existe, con un hecho que nunca ocurrió y con gentes que nunca existieron”.
Nadie más escribe así, quizás por eso Juan Rulfo, como María Luisa Bombal, no tienen discípulos: simplemente crearon una escuela que los estudia y que hoy influye en la literatura universal, aunque pocos han logrado apenas el brillo que refleja su hermosa prosa; la belleza de sus palabras sólo es posible compararla a la inmensa humildad de sus personas. Es el realismo mágico una forma literaria que permitió expresarse a una mente masculina y a una mente femenina trizadas por la melancolía. Algunos de sus héroes ni siquiera tienen nombre, y pueden ser, desde luego, el narrador, el ser creado, el escritor mismo, un ente... están plagados de largos silencios sin que el lector deje nunca de presentir que algo hay allí, envuelto en una soledad evidente (la misma que envuelve a la gente de nuestros campos), quizás resabio de que ambos perdieron a su padre a edad temprana y fueron hijos de familias de hacendados empobrecidos: esto se refleja en sus literaturas, plagadas de seres agónicos crucificados en la Tierra. En fin, es la de ellos una literatura desesperanzada, producto de una época (el siglo XX) en que la vida no era muy seria en sus cosas. Son pocas las páginas de sus libros, pero en ellos la palabra “poco” no se debe entender en su sentido cotidiano; “poco” aplicado a Juan Rulfo y María Luisa Bombal adquiere un significado distinto, refleja la idea de excelsitud, de lo escaso por singular; digamos que ellos lograron conocer el tamaño de la perfección.
En 1981, por una información que anuncia la muerte de María Luisa Bombal en Chile, conversé con Juan Rulfo, quien recibió la noticia muy consternado; publiqué entonces en Vogue: “El maestro Juan Rulfo tuvo en México palabras de recuerdo para María Luisa Bombal, que se ha devuelto a la distancia hace unos días en Santiago de Chile. Recordó su último encuentro, en 1972, en la antigua casona de la Sociedad de Escritores enclavada en la calle Almirante Simpson de la capital chilena, donde estaba ella, que había retornado a su país luego de una larga permanencia en el extranjero, y donde fueron ambos homenajeados una noche marcada: “cuando nos vimos con María Luisa ella me traía un ramo de flores chilenas, y yo le di un beso. Recordamos cómo nos habíamos conocido, y le agradecí su apreciación de mi obra; le dije que sus páginas habían inspirado varias calles de Comala y dijo sentirse honrada. Era una mujer encantadora y muy alegre; fue curioso, parecía que el tiempo no había pasado; ¿por qué será que el cuerpo siempre envejece antes que la mente? Pareciera que el cuerpo no tiene otra función que recordarle a la mente que ya basta... esa noche bebimos mucho vino chileno, y nos reímos a carcajadas. Ahora, me he enterado de la muerte de María Luisa, y digo que sigue viva en el corazón de sus amigos, eso, ¡ni hablar! Digo Adiós a María Luisa Bombal con un beso”.
Mi último encuentro con Juan Rulfo fue casual. En 1986 publiqué en Vogue:
“Sin premeditarlo, he visto a Juan Rulfo y pude conversar con él. Lo encontré en la librería El Juglar; le han ofrendado homenajes nacionales y es célebre en toda América, pero anda solo. Pasó que, sin premeditarlo, miraba unos libros cuando él entraba un poco más allá. Fui a saludarle y antes de hacerlo interrumpió una persona provista de una grabadora que inició, de inmediato, un verdadero asedio de preguntas al escritor; oí cómo en un momento la persona le dijo:
—Su obra es muy corta, ¿por qué no escribe más?
—¡Porque no me da la gana! —respondió el maestro Rulfo.
Me causó mucha gracia la situación, lo miré de reojo y me sorprendí, porque él también reía de forma clandestina, reía casi a escondidas, como un niño luego de cometer una maldad, y al verlo inspiraba gran ternura. Su humor es un humor que circula dentro de sí mismo, que no necesita testigos ni nadie que aplauda su gracia; el humor le baila a Rulfo entraña adentro. Para cuando le preguntan la inefable cuestión de por qué no ha producido más tiene una serie de respuestas ya clásicas:
—No escribo más porque prefiero andar de vago.
—Porque no quiero. Por eso.
—Porque un escritor es un hombre como cualquier otro. Cuando cree que tiene algo que decir, lo dice. Si puede, lo escribe. Yo tenía algo que decir y lo dije; ahora no creo tener más que decir, entonces, sencillamente, no escribo.
—Porque se me fueron las ganas.
—La verdad es que me ha dado flojera.
—Se me secó el manantial.
—¿Cómo que no he escrito más? Si me tiene usted paciencia, ¡ahorita le leo mi nueva novela!
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