MENÚ ENTREVISTA “Juan Rulfo, el tiempo detenido”, de Waldemar Verdugo Fuentes  

Segunda parte

Es cierto que uno con Rulfo al comienzo se desilusiona; uno espera un Séneca, un Demóstenes, y se encuentra con un campesino latinoamericano, pero, a medida que transcurren los minutos, todo él deviene en una especie de encantamiento, porque es su trato cargado de una elegancia y amabilidad de indudable cepa provinciana. A todo el mundo que trata, al menos así es como lo veo, lo convence de que está muy agradecido de llamar su atención; en ningún momento le escucho nada que sonara a soberbia, aunque en las pocas charlas públicas a las que asiste, suele ser tajante:

Maestro, ¿qué similitud existe entre su obra y la de los escritores actuales?
—¡Definitivamente ninguna!
Maestro, ¿dónde aprendió usted a escribir?
—Eso no se aprende —luego venía siempre un sobrecogedor silencio en la sala que él no tenía la menor intención de quebrar, y otra pregunta:
¿Qué, pues, se necesita, maestro, para ser escritor?
Sólo una cosa: cultivar la inteligencia, y eso yo no lo he hecho jamás. Soy muy tonto.
¿Cuál ha sido su aporte a la literatura?
Ninguno... Eso no lo tengo que decir yo. En la Sala Netzahualcóyotl alguien le preguntó por qué no escribía más, respondiendo él con otra pregunta: —¿Y qué quiere usted que escriba?”.

De rasgos finos y pelo cano, pequeño cuerpo delgado, de figura adusta en el vestir, muy amable, sencillo y trasparente cuando habla, Rulfo es un hombre que hasta los colores se le suben si alguien lo elogia; se sonroja fácilmente, escondiendo la mirada serena detrás de sus anteojos de marco oscuro. En el café El Ágora se echa para atrás en el asiento, un rayo de sol toca un vértice de arrugas en su frente, y él toca al sol. En momentos, en la conversación, se envuelve en cierto silencio, ese algo soterrado que mencionamos, que uno debe respetar también guardando silencio. Luego retira los lentes de sus ojos y dice, muy lentamente: “¿Seguro que no quieres que te cuente por qué no escribo más?”. Reímos y de él escapan carcajadas que hacen añicos su imagen adusta. Nació el 16 de mayo de 1917; algunos autores ubican su pueblo natal como Sayula; otros dicen que nació en San Gabriel; él mismo dice que nació en San Gabriel, por lo tanto, nació en San Gabriel, “el mismo pueblo que hoy se llama Venustiano Carranza, en Jalisco, al noroeste de esta ciudad de México, donde llegué a vivir a los 15 años; antes también viví unos años en Guadalajara”.

Mientras ordeno esta nota, pienso en que  hace unas noches en un bar cercano a la Plaza Washington de la Colonia Juárez, la poetisa Guadalupe “Pita” Amor me presentó a Juan José Arreola, y estuvieron hablando de Rulfo mucho tiempo. Pita Amor dice que como buenos amigos se tienen “admiración mutua”, y para ella misma: “los mexicanos tenemos tres escritores: Juan Rulfo, Octavio Paz y Xavier Villaurrutia y no necesitamos más”. Pita dijo que antes solían reunirse en un café de la calle de Dolores, donde dieron nacimiento a la revista América, de ilustre memoria en la historia de la literatura americana, pues reunió firmas que dan orgullo a las letras de nuestros países: Gabriela Mistral, Octavio Paz, Rosario Castellanos, Juana de Ibarborou, Emilio Carballido, Katherine Ann Porter, Alfonso Reyes... recordó Pita:

“En América Rulfo publicó varios de sus cuentos que luego incluyó en El Llano en llamas, como son “Talpa” y “La Cuesta de las Comadres”... yo creo que Juanito es un hombre de gran pureza y honestidad”.

Juan José Arreola, esa noche, comentó que Rulfo era de lo más ordenado:  “todo en su sitio, los discos de música clásica, las grabaciones, las fotos de su estrella de cine, Dorothy McGuire desde luego... yo nunca he sabido, con toda la sinceridad de que soy capaz, si Juan es tímido o desdeñoso; en nuestra época, todos se pusieron de acuerdo y lo declararon tímido, y yo me sometí a la autoridad. Quizás es excesivamente modesto. Lo que sé es que es un clásico. Y un buen amigo, por supuesto. Además diría que Juan tiene poco sentido del humor, es más bien melancólico”.

—¡Estamos de acuerdo! —afirma Pita. Yo le di a Juanito mi cura para la melancolía... Elementos necesarios: dos medidas de oro y una de cobre / dos medidas de hierba de boldo y una de púrpura de Tiro / la sangre de un maguey y la piel de tres manzanas más el corazón de una azucena. Preparación: tritúrese el oro y el cobre hasta convertirlos en un polvo tan fino como la harina. Mezclar con el boldo y la sangre del maguey. Agregar la púrpura, la flor y la fruta. Tómese al mediodía, todo mezclado con vino para quitar el mal sino. Pero no creo que Juanito se la haya aplicado

Había oído decir, entonces, que Juan Rulfo era escaso de palabra y gesto, y no es así; lo que sucede es que no sufre en lo más mínimo de complejo de grandiosidad: es excesivamente modesto, “un hombre de pocas palabras”, como él se dice, al que le aterran las multitudes, y para él más de dos personas son una multitud. Sin embargo, pienso que maneja bien su modestia; le recuerdo que en Chile en 1972 fue invitado al Palacio de La Moneda donde el mismo Presidente Salvador Allende le dijo ser uno de sus lectores. Le digo que enfrentó con muy buen humor el tumulto de personas que querían siempre saludarlo mientras estuvo en Santiago. Él solamente comenta que “una noche, pienso que fue la última, estuvimos juntos con María Luisa Bombal, y descubrí que el tiempo no transcurre entre las almas afines; fue un descanso hablar con ella después de tantos años de haberla visto, aunque solíamos escribirnos. La conocí a comienzos de la década de 1940 aquí en el D.F. Llegó María Luisa a realizar un trámite en Migración, donde yo trabajaba entonces, no recuerdo bien, pero supongo que iría por alguna visa; el caso es que yo la atendí y ella debió volver a buscar su documento. Me regaló un ejemplar de La última niebla que leí de un tirón, me pareció una novela maravillosa, escrita con toda esa simplicidad que es deseable, y lo comentamos con Efrén Hernández; también hablamos de ella con José Gorostiza, que trabajaba asimismo allí. Unos días después llegó María Luisa por su trámite y preguntó directamente por mí; yo recuerdo perfectamente mi impresión al verla, porque la acompañaba Dolores del Río, que ya era una estrella internacional. Yo era un oscuro empleado y era solicitado por ellas. La burocracia mexicana eso tiene de bueno, que está plagada de sorpresas porque fomenta la amistad. Yo creo que en esa época había publicado un solo cuento que... Dios nos libre, el olvido que ha caído sobre él nunca será suficiente; se llama “La vida no es muy seria en sus cosas” y nunca debí publicarlo... quizás ya había publicado “Nos han dado la tierra”, y posiblemente “Macario”, no sé... pensé en regalar algún escrito de lo mío a María Luisa, pero no lo hice, me dio vergüenza que ella leyera algo mío, porque ni siquiera pensé en la posibilidad de acercarme a su prosa colosal... sólo mucho después le envié mis libros... Esa vez Gorostiza y Efrén quedaron para siempre enamorados de Dolores del Río, y yo de la prosa de María Luisa Bombal. Cuando le envié una copia del Pedro Páramo ella me respondió una carta muy elogiosa junto a un ejemplar de La amortajada, que me pareció una joya, y hasta ahora lo creo así. Ella era naturalmente alegre, la recuerdo esa noche en Santiago, riendo y comentando graciosamente las cosas de la vida... yo no suelo andar riendo por el mundo, pero relaciono a María Luisa  con un aspecto alegre de mi vida”.

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