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Roux,
Cardinal y el Pálido habían comido
opíparamente en el Ritz y se sentían
alegres y pesados cuando salieron del hotel. Sus
cabezas estaban llenas de ideas blancas e ideas
negras, sin más matices posibles, y mientras
hablaban se reían. ¿De qué?
No era fácil saberlo. Aunque a ratos se ponían
furiosos y comentaban el asesinato del comandante.
Una hora antes les había llegado la orden
de elegir a quince mujeres, preferentemente menores
de edad, para conducirlas a juicio.
Ya en comisaría, una señora, que se
sentía agradecida porque habían liberado
a su hija, le regaló al Pálido un
ramo de rosas. Eran quince. La señora ya
se había ido cuando el Pálido cogió
el ramo y, mirando a Cardinal y a Roux, dijo:
-Señores, ha llegado el momento de decidir
quiénes van a ser las quince de la mala hora.
Bastará con ponerle un nombre a cada una
de las rosas. Hagan memoria y decidan, según
sus preferencias. Empezaré yo -dijo tomando
una flor-. Y bien, esta rosa de pasión se
va a llamar Luisa. No conseguí que esa bastarda
pronunciara una sola palabra en los interrogatorios.
Por poco me vuelve loco.
-Y ésta se va a llamar Pilar -dijo Cardinal,
apartando otra flor.
-Y ésta se va a llamar Virtudes -susurró
el Pálido con precipitación.
-Y ésta Carmen -dijo Cardinal-. Lo merece
más que nadie. Nunca me miró bien
esa condenada.
-Y ésta Martina -anunció Roux-. Está
siempre ausente. Seguro que ni siquiera se va a
dar cuenta de que ha muerto.
-En ese caso llamemos a esta otra rosa Elena. Tampoco
se va a dar cuenta de que la matan. Hay gente así
de afortunada -dijo Cardinal.
-Y ésta Joaquina. Veamos si ahora la protegen
sus veintiocho negros -dijo el Pálido, y
añadió-: Os veo muy animados. ¿Cuántas
llevamos?
-Siete.
-Pues aquí va la octava, que se va a llamar
Victoria -añadió Roux-. Otra que no
se va a enterar de su muerte.
-Y la novena Dionisia. ¿Cómo he podido
olvidarme de ella? -dijo Cardinal.
-Y ésta Blanca -musitó el Pálido.
-Quedan cinco. Voto por que ésta se llame
Julia -dijo Cardinal.
-Y ésta Avelina -anuncio el Pálido,
para enseguida añadir-: Y ésta Ana.
-¿Por qué ellas? -protestó
Roux.
El Pálido miró afiladamente al comisario
y murmuró:
-Es una condición impuesta. En realidad tenían
que haber sido las primeras.
-¿Por qué?
-Avelina es la más conocida en la cárcel,
la que todas esperan todas las mañanas. Si
queremos que el castigo no pase desapercibido, la
Mulata es la pieza clave. Con Ana ocurre algo parecido:
dicen que es la reina del departamento de menores.
-Lamentablemente tiene usted razón -dijo
Roux.
El Pálido lo miró con desdén
y añadió:
-Le recuerdo que también he nombrado a Blanca,
que por tocar el armónium es muy conocida.
¿Y qué me dicen de Virtudes? Señores,
nos exigen esta vez la máxima eficacia y
la máxima contundencia. La estrategia está
clara y ya sólo quedan dos rosas por nombrar.
Cuando ya las quince flores tenían nombre,
el comisario ordenó a Cardinal que escribiera
la lista en un papel y la enviase a la cárcel.
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