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LOS
NIÑOS Y EL MAL
Es tan común decir que los niños
son inocentes como que son malvados. Ambas visiones no dejan
de ser una mentira heredada, que sólo sirve para no
pensar en la raíz del problema, en su misma materia.
El hombre es un mamífero y bien puede decirse que todo
mamífero está preparado para matar, preparado
para sentir deseos de hacerlo y preparado incluso para controlar
esos deseos. Dicho lo cual podemos añadir que todo
mamífero está preparado para encarnar, ante
el otro, el mal absoluto: la aniquilación.
En ese aspecto, el mal en un niño es
siempre algo esbozado, y que ni siquiera en los casos de los
niños muy prematuros en la asimilación de la
maldad alcanza el peso específico que puede adquirir
en la edad madura, cuando la maldad está suficientemente
justificada, suficientemente elaborada para desplegar todo
su poder y toda su perversidad. Cuando la maldad, digámoslo
así, tiene su razón de ser en el sujeto humano
y ha madurado, cuando la maldad es ya un asunto trágico
e imparable.
Se suele poner como ejemplo definitivo de
maldad infantil los niños de Vuelta de tuerca. Pero
eso sólo puede hacerlo un lector despistado o demasiado
emotivo, un lector patológico, pues si acaso hay un
caso de locura en Vuelta de tuerca, habría que dirigir
la mirada hacia la institutriz, y en modo alguno hacia los
niños, en los que sólo vemos un esbozo de maldad,
casi siempre de carácter disuasorio y como medida de
autodefensa ante el mundo de locuras envolventes que les rodea.
Por lo demás Vuelta de tuerca es la
novela donde más se ahonda en lo que podría
ser el mundo de la pederastia, en este caso representado por
la institutriz. Y no sólo el mundo, también
los deseos y su gestación en el tiempo. En Vuelta de
tuerca la institutriz se enamora realmente de los dos niños,
se enamora hasta la locura, porque su mundo y su vida están
tejidos de carencias profundas y devastadoras. Es hija de
un vicario severo y toda su existencia ha estado presidida
por la más radical carencia afectiva, y cae como un
halcón sobre los dos niños. Pero como no puede
soportar haberse enamorado profundamente de dos criaturas,
empieza a atribuir a sus niños deseos y comportamientos
propios de los adultos, empieza a llenarlos de insospechada
maldad e insospechados deseos, en una estrategia parecida
a la que puede llevar a cabo el secuestrador sexual con su
víctima.
Igual es ese el problema de los niños
y el mal: más importante que la maldad que se les atribuye
sería su naturaleza de libros en blanco, o de libros
poco escritos, donde los adultos pueden proyectar toda clase
de delirios.
Claro que el problema de los niños
y el mal también puede verse desde otra perspectiva,
que consiste en olvidarse de las implicaciones internas que
los niños pueden tener con el mal, preocupándose
sobre todo de las externas. Un buen ejemplo para ilustrar
lo dicho es un relato de Lu Sin que leí hace tiempo,
donde asistimos a la narración de un niño que
cuenta la agonía de su padre, las continuas mentiras
de los farmacéuticos y los médicos, podridos
de magia y arcaísmos, y la ruina familiar debido a
lo caros que resultaban sus inverosímiles y complicados
medicamentos. Aquí no se trata de calibrar la posible
maldad de un niño, se trata más bien de describir
el enfrentamiento de una mente infantil a tres formas de mal
absoluto: la muerte prematura del padre, que para un chino
de entonces representaba la más definitiva de las desgracias,
la muerte de la verdad, representada en las falacias de los
médicos tradicionalistas que se negaban a aceptar los
avances de la medicina occidental, y la muerte de una realidad
familiar, representada en la ruina económica.
Los relatos que hablan de las relaciones de
los niños con el mal (con el mal moral, el mal social
o el mal sin más) son más interesantes que las
que hablan de la presunta maldad fundamental de los niños.
Desde esa perspectiva, la de la relación de la infancia
con la maldad objetiva, son muy recuperables algunos relatos
de Aldecoa, varias novelas de Delibes, y la película
de Rosellini Alemania hora cero. Sin olvidar, claro está,
una obra que las precede a todas. Me refiero a El lazarillo
de Tormes, en cuyo primer capítulo vemos a un niño
evolucionando en un mundo crudo y hostil, donde el mal parece
incrustado hasta en el corazón mismo de la bondad.
Al postular una confrontación
entre la mente infantil y el mal objetivo no pretendo sostener
una postura tributaria de Rousseau, según la cual el
niño representaría la blancura, frente a un
mundo de negruras sucesivas que acabaría corrompiéndolo.
No creo que la mente infantil sea ajena al mal, y sobre todo
al mal implícito en el discurrir ordinario de la vida;
simplemente creo que todo en los niños es un proyecto
de lo que se puede llegar a ser. El mal se va gestando y articulando
en el tiempo y con el tiempo, y eso sirve hasta para Billy
el Niño, como bien muestra Sender en El bandido adolescente

Jesús Ferrero
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