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LA FAMILIA VIRTUAL
Imaginemos a un hijo
típico de una familia molecular. El padre y la madre
pasan el día trabajando, de forma que el hijo se ve
obligado a pasar largas jornadas sólo en casa. Antes
de los nueve años, ese niño puede ser un sujeto
relativamente bloqueado, al que no se le ha permitido el desarrollo
de su "instinto" social. Ante semejante marasmo
vital, le quedan dos alternativas: o dejarse llevar por la
inactividad hasta convertirse en un organismo deforme y monstruoso
(América está llena de esos individuos), o reaccionar
buscando su salvación en el ciberespacio, que podría
desencadenar una de las más definitivas guerras generacionales
a las que se ha visto enfrentada la modernidad.
El problema se veía venir y ha sido encubado por varias
generaciones. Digamos que los hijos únicos de tantas
y tantas familias moleculares de Europa y América fueron
adentrándose sin saberlo en un mundo digital. Esos
hijos únicos sabían que bastaba con mover un
dedo para obtener la respuesta requerida. Por ejemplo, bastaba
con accionar levemente este o aquel resorte de sus padres
(ampliamente culpabilizados) para conseguir lo deseado, con
inmediatez cibernética. Los padres, ausentes casi todo
el día, se convertían en mayordomos desmedidamente
diligentes en los pocos ratos en que estaban presentes: inconscientemente,
estaban preparando a sus muchachos para el mundo de la instantaneidad
digital.
La reproducción instantánea de lo real o de
todo lo que informa acerca de lo real es un viejo sueño
humano. Estaba ya implícito en la alquimia, de la que
es buen ejemplo el cuento de Borges titulado La rosa de Paracelso.
En ese cuento, el discípulo le pide al maestro una
rosa virtual en tres dimensiones: una rosa "cibernética"
que surja de las cenizas de una rosa recién quemada.
Ocurre sin embargo que en la narración de Borges el
maestro no atiende a la súplica del discípulo,
y no le concede la rosa (a pesar de que por magia la podría
conseguir de forma instantánea). Pero los padres de
ahora sí que conceden esa rosa a sus hijos, en parte
porque no quieren educar, y en parte porque no saben hacerlo.
Ahora los padres están dispuestos a conceder a sus
hijos toda clase de virtualidades y casi ninguna realidad.
De todo lo cual surge una pregunta inquietante. ¿Y
si fuésemos ya padres virtuales engendrando hijos virtuales
en un mundo enteramente virtual?. 
Jesús Ferrero
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