| LOS
ÁNGULOS OSCUROS de H. L.
Hernández Larrea se ausentó de la vida
poco después de concluir su segundo poemario,
titulado Siete veces siempre. Mantuve amistad
con él desde los diecisiete años, y pasé
con él largas temporadas en París, de
modo que fui testigo de la creación lenta, apasionada
y ardua de sus dos poemarios, ambos editados con inteligencia
y esmero por Santiago Echandi.
Además de la poesía, Hernández
Larrea tenía otra pasión: la noche y sus
ángulos más oscuros, la noche y su muy
oscura geometría.
Ahora creo que, con sus incesantes y asfixiantes correrías
nocturnas, Hernández Larrea pretendía
quemar los sentimientos: quemarlos en los demás
como a él se los habían quemado, quemarlos
con la violencia de una daga o un soplete, en una extraña
danza de la negación y la vacilación en
la que, no sin conciencia, fue avanzando hacia un lugar
donde "le esperaba sin cuerpo la más pura
ambición".
Por descontado que sólo los místicos aspiran
a una ambición sin cuerpo, a una ambición
sin deseo, a una ambición estática, y
Hernández Larrea fue a su manera un místico,
con una poética a medio camino entre el hermetismo
griego y el jesuítico, entre Platón y
Gracián. Sin olvidar el profundo magisterio que
ejerció sobre él la Versión
celeste del otro Larrea, y en la que había
mucho de "narcisismo fonético" y amor
al propio nombre referido a otro y convertido en espejo.
Para Hernández Larrea la vida tuvo algo de ejercicio
espiritual invertido. Creía que era fácil
esquivar la muerte, creía, como los japoneses,
que la muerte era tan grande como una montaña
y tan leve como un cabello. Y dejó dos poemarios
tan oblicuos y ambiguos como su misma existencia. Dos
poemarios profundos y resbaladizos donde los metros
clásicos se mezclan con los modernos, generando
una música tan turbia como inquietante en la
que van difuminándose los signos de su memoria,
las voces de sus amantes y los restos de todos sus naufragios.
Jesús Ferrero
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