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Los estados que asumen la pena de muerte dirigen una
mirada muy inquietante hacia sus súbditos. Son
estados claramente guardianes que le dicen al ciudadano:
todo el mal que hagas te será devuelto, y si
matas, morirás. Antropológicamente hablando,
se trata de un sistema muy antiguo: en las tribus primitivas,
ciertas faltas respecto a ciertos tabús podían
y pueden acarrear la muerte del profanador en cuestión
de días, a veces en cuestión de horas.
En Florida, el estado más mafioso de la tierra,
todo ese complejo y siniestro mecanismo se acelera y
perfecciona con la silla eléctrica.
Supongo que, por muy bonitas que nos parezcan las postales
de Miami, la vida en aquella parte del mundo debe ser
asfixiante. Barrios residenciales protegidos por pistoleros,
aislamiento, descolocamiento, descerebramiento. Nada
que ver con el verdadero concepto de ciudad y hasta
de ciudadanía, nada que ver con un verdadero
tejido social. Que nadie piense que en ese tipo de sociedades
va a florecer la clemencia.
Desde antiguo se sabe que, en los universos gobernados
por las mafias, donde el estado y el antiestado conforman
una única e indivisible naturaleza, es común
que paguen justos por pecadores, y es común que
los pescadores, siempre atentos a la ganancia, dediquen
más tiempo a enturbiar las aguas que a lanzar
las redes.
A pesar de que la pena de muerte implica, con toda evidencia,
la negación del más básico de los
derechos humanos desde el aparato mismo del Estado,
no son pocos los estados que la esgrimen como prueba
de la rectitud, casi divina, de su justicia, desde China
a Florida, desde Florida a Irán. Pero basta con
observar nínimamente el viscoso y contradictorio
contenido de todos esos regímenes para concluir
que tienen la pena de muerte como herramienta definitiva
de un sistema íntimamente basado en los ajustes
de cuentas (en el sentido económico y en el sentido
propiamente mafioso del término). Son sistemas
que se ajustan con incesantes ajustes de cuentas, basados
en una idea de la venganza que, como la justicia, lleva
los ojos cubiertos.
Y cabe pensar que, dado el alto grado de corrupción
de esas sociedades, muchas veces la pena de muerte sólo
sirve para acabar con inocentes que ni siquiera tenían
con qué pagar su inocencia.
En muchos aspectos, es una forma bastante aberrante
de cerrar el círculo vicioso del problema.
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