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ESPIRAL 32

Los estados que asumen la pena de muerte dirigen una mirada muy inquietante hacia sus súbditos. Son estados claramente guardianes que le dicen al ciudadano: todo el mal que hagas te será devuelto, y si matas, morirás. Antropológicamente hablando, se trata de un sistema muy antiguo: en las tribus primitivas, ciertas faltas respecto a ciertos tabús podían y pueden acarrear la muerte del profanador en cuestión de días, a veces en cuestión de horas. En Florida, el estado más mafioso de la tierra, todo ese complejo y siniestro mecanismo se acelera y perfecciona con la silla eléctrica.
Supongo que, por muy bonitas que nos parezcan las postales de Miami, la vida en aquella parte del mundo debe ser asfixiante. Barrios residenciales protegidos por pistoleros, aislamiento, descolocamiento, descerebramiento. Nada que ver con el verdadero concepto de ciudad y hasta de ciudadanía, nada que ver con un verdadero tejido social. Que nadie piense que en ese tipo de sociedades va a florecer la clemencia.
Desde antiguo se sabe que, en los universos gobernados por las mafias, donde el estado y el antiestado conforman una única e indivisible naturaleza, es común que paguen justos por pecadores, y es común que los pescadores, siempre atentos a la ganancia, dediquen más tiempo a enturbiar las aguas que a lanzar las redes.
A pesar de que la pena de muerte implica, con toda evidencia, la negación del más básico de los derechos humanos desde el aparato mismo del Estado, no son pocos los estados que la esgrimen como prueba de la rectitud, casi divina, de su justicia, desde China a Florida, desde Florida a Irán. Pero basta con observar nínimamente el viscoso y contradictorio contenido de todos esos regímenes para concluir que tienen la pena de muerte como herramienta definitiva de un sistema íntimamente basado en los ajustes de cuentas (en el sentido económico y en el sentido propiamente mafioso del término). Son sistemas que se ajustan con incesantes ajustes de cuentas, basados en una idea de la venganza que, como la justicia, lleva los ojos cubiertos.
Y cabe pensar que, dado el alto grado de corrupción de esas sociedades, muchas veces la pena de muerte sólo sirve para acabar con inocentes que ni siquiera tenían con qué pagar su inocencia.
En muchos aspectos, es una forma bastante aberrante de cerrar el círculo vicioso del problema.