
Ya desde los tiempos de Qin Shi Huang (260-210 a. C.), emperador que ordenó quemar los libros anteriores a él para indicar que con su poder comenzaba el mundo, y que al mismo tiempo alzó la Gran Muralla para dejar bien cerrado y fortificado ese mundo, China se organizó a sí misma como una autarquía, que se hizo posible gracias a su vastedad. Tan solo el budismo, una ideología extranjera, consiguió penetrar en China mucho antes de que lo hicieran los mongoles (1215) y los portugueses con su artillería (1517).
La autarquía era también literaria; China tenía sus propias escuelas y no necesitaba abrir sus ventanas al mundo, hasta que llegó el siglo XX y empezaron de verdad las influencias exteriores.

Lu Xun (1881-1936) es considerado el padre de la literatura moderna China porque rompió con esa autarquía literaria, dándole un “tempo” más occidental a la narración. Sus mejores relatos parecen más próximos a Kafka y al “existencialismo” barojiano (Xun tradujo a Baroja del japonés) que al “naturalismo” socialista que vendría después, protagonizado por novelistas como Mao Dun (1986-1981) autor de Arco Iris y Medianoche, Ba Jin (1904-2005) autor de las trilogías Amor y Torrente, y el paradójico Lao She (1899-1966), autor de la novela El camello Xiangzi, y la pieza teatral El salón de té, que tras ser considerado “el arista del pueblo” en los años cincuenta, sería humillado y probablemente asesinado por los guardias rojos una década después. También pertenece a la misma escuela la novelista Ding Ling (1904-1986), autora comprometida con la situación de la mujer, y que en los años veinte asistió a las clases de narrativa china impartidas por Lu Xun en Pekín. Su obra más emblemática, totalmente vinculada al realismo socialista es El sol brilla sobre el río Shangkan, glorificadora de la reforma agraria, que Ding Ling califica de radiante desde su mismo título, y que fue premio Stalin en 1951. Pero su ortodoxia comunista no le impidió ser perseguida y vejada tan solo seis años después.
Casi todas las novelas de este período resultan ahora bastante ilegibles por su naturalismo ortopédico y tendencioso, empezando por La familia de Ba Jin.
Puede decirse que hasta los años cuarenta y cincuenta no empiezan a nacer los escritores que sacarán a la narrativa china de las normas imperativas del realismo socialista. Es el caso de los dos premios Nobel que ha tenido hasta el momento China. El primero, Gao Xingjian, nació en 1940 y autor de La Montaña del alma, ha acabado engrosando las filas de escritores chinos en el exilio; y el segundo Mo Yan, nació en 1955. En ambos autores empieza a influir poderosamente la literatura occidental, si bien muchos aspectos de sus obras tienen vínculos muy serios con la tradición china.
A la misma generación que Mo Yan pertenecen la escritora Chi Li (1957), autora de la breve y celebrada novela Triste vida, Xue Xinran (1958), autora de Palabras de la brisa nocturna, y que como Gao Xingjian ha acabado en el exilio. También engrosan esta generación intermedia Wang Shou (1958), inmensamente valorado en China, si bien poco conocido fuera de ella, y Geling Yan, escritora nacida el mismo año que Xinran y Shou, autora de La novena viuda y Las flores de la guerra, dos novelas que han traspasado las fronteras y que la han convertido en una estrella internacional.
De los escritores nacidos ya en la década de los sesenta, los que más fronteras han sobrepasado son Yu Hua, que vino al mundo en 1960, y Su Tong, nacido tres años después. Mis preferencias se inclina por Su Tong, más irónico, agrio y hondo que Yu Hua. Su novela Mi vida como emperador me dejó muy buena impresión por su acritud delirante y enrarecida, pero Tong no es tan famoso como Yu Hua, la estrella más internacional de la literatura china actual hasta que le dieron el Nobel a Mo Yan. Las muy celebradas novelas de Hua Vivir y Brothers están lejos de ser mediocres pero, narrativamente hablando, no aportan nada a la literatura del presente y son de factura bastante tradicional. A Hua lo conocí hace años en Pekín, y parecía medio idiotizado por su éxito. Una funcionaria española me echó una bronca por llegar tarde a la mesa redonda presidida por la gran estrella.
A los autores indicados cabe añadir la legión de escritores adolescentes o muy jóvenes que están brotando en China actualmente. Los más destacados de todos ellos son Han Han (1982), un bloguero considerado el escritor más leído del mundo, cuyo blog ha conquistado más de trescientos millones de visitas, y la autora Jiang Fangzhou (1989), que a los doce años ya había escrito dos novelas. Como se puede observar, en la China actual el que no corre vuela.
(Babelia, 8,12,12)