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SEVERINE (A A.)

Severine

Esa gélida mujer de la gélida burguesía francesa que camina nerviosa, indecisa, por el barrio de la Opera, se llama Sévérine, y acaba de llegar a la calleja donde se halla el burdel de Anaïs.

Sévérine se fija en una mujer que cruza la acera y que entra en el portal que ella busca. Le gustaría seguirla, pero aún no se atreve, y corre a ver a su marido. Quiere agarrarse a él, ¿podrá hacerlo todavía?

Su marido es guapo y la desea, pero ella necesita algo más que el amor conyugal: un narcótico bien fuerte que le facilite el olvido de sí misma y le anule la mirada de desdén y desgana que tiene hacia los demás, el aire de ausencia casi «hamletiana». De ahí que se prostituya esa misma tarde en casa de Anaïs, como si viera en la prostitución una vía de purificación, así como el camino de imperfección que la despierte y la libre de su gelidez.

Sévérine, que en casa de Anaïs se llamará Belle de jour, está entrando ya en la tribu de hombres y mujeres que necesitan una realidad más contrastada, más partida, más clara y más oscura. ¿Una realidad menos sutil?, me pregunto al imaginarla en ropa interior con algún impresentable. No lo sé, me respondo al recapacitar en la correcta manera de escenificar la existencia que tiene Sévérine. Porque ella es siempre correcta, también en los momentos en que el desencadenamiento de las pulsiones impide toda corrección. Y eso, ¿no la convertirá por casualidad en una mujer abusivamente civilizada? Tan civilizada resulta y tan compasiva que hasta llega a enamorarse de un pobre ratero de calcetines rotos y dentadura rota, que parece algo así como su hermano pequeño, y con el que establecerá lazos tan incestuosos como sadomasoquistas. Un encanto de pareja: la mujer instalada y la sanguijuela de acera: todo un amour fou.

¿No dijo alguien que los que hacen del infierno un cielo están más cerca de la mente de Dios? Quizá debido a ello Sévérine representa una especie de Afrodita pensativa, y todo su viaje prostibular tiene el aire de una experiencia interior, como diría Bataille. Un viaje que acaba mostrando su naturaleza positiva. Y es que en casa de Anaïs, la adormecida sensualidad de Sévérine se despierta y, una noche, decide introducirse en la cama de su marido, al que casi nunca había deseado hasta entonces. Una modificación sin precedentes se lleva a cabo en su cuerpo y en su conciencia: una revolución en su piel de porcelana de Sèvres. Gracias a sus prostituciones secretas, Sévérine conseguirá, por un día, por una noche, mirar a su marido con ojos nuevos. ¿No es para alegrarse?

Los que, guiados por Buñuel, hayan tenido el privilegio de saber cómo sueña y cómo ama Belle de jour, no debieran de precipitarse nunca a la hora de enjuiciar sus ceremonias clandestinas en casa de Anaïs. En rigor, esa rubia casada con un médico es la quintaesencia de la cultura. Por eso no hace daño a nadie, ni siquiera a su marido; y por eso, en lugar de agredir a los otros, establece con ellos juegos mucho menos monstruosos de lo que parecen: juegos de salón llenos de inhibiciones sublimadas que, por efecto de cierta alquimia del deseo, se convierten en exhibiciones teatrales de la fractura del yo.

Dicho de otra manera: Belle de jour es una mujer con tanta clase que en lugar de practicar la violencia la ritualiza, y al ritualizarla la neutraliza completamente. De ahí que en todas sus ensoñaciones las agresiones aparezcan tan teatralizadas: son pura comedia, quizá comedia de la crueldad, pero comedia a fin de cuentas.

Y ahora no estaría mal recordar ciertas especies animales como las ocas que, porque saben ritualizar la violencia, en vez de tener guerras tienen escaramuzas. Pero semejante «teatralización» es siempre el resultado de un largo proceso de inhibición y socialización. Lo que en el origen fueron golpes mortales se van convirtiendo, con el paso del tiempo, en simples gestos, que en lugar de expeler violencia bruta la representan ritualmente, la simulan, la convierten en un lenguaje, la transmutan en signos.

Sévérine, mujer hipercivilizada, no necesita leer a Lorenz para llegar a esa ciencia de la naturaleza, y cabe pensar que es ahí donde más choca con su marido, mucho menos inclinado a semejantes rituales; pero es que él es cirujano, y los cirujanos ejercen explícita y científicamente la violencia todos los días. Sévérine, sin embargo, ni la ejerce ni la muestra. Por eso la ritualiza con esa discreción y esa elegancia, y por eso todo en ella tiene el aire de una íntima, desconcertante, y sólo a veces peligrosa, obra de arte”

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8 comentarios a “SEVERINE (A A.)”

  1. 29/01/2011 a las 13:42 Jesús Ferrero dijo:

    El otro día iba por París y me encontré con Severine, pero no iba a la casa de Anais, iba a otro lugar que no puedo desvelar. ¡Tremendo!

  2. 30/01/2011 a las 2:46 MJ dijo:

    Sévérine no es más que una mujer exigente con la vida. Lo quiere todo y eso incluye el deseo de vivir el lado oscuro de sí misma, de vivirse hasta rozar el límite de su destrucción. La gélida Sévérine es una honesta y apasionada puta suplicante. Una mujer cuya refinada serenidad encubre un alma en vilo permanente.

  3. 30/01/2011 a las 20:26 Programa 3.6 dijo:

    Está el listón tan alto que pasaba para decir Hola.
    Me gusta tanto lo que se ha dicho (y como se dice) que lo mejor va a ser que me calle.
    Venga!

  4. 30/01/2011 a las 21:10 Jesús Ferrero dijo:

    Gracias Programa por tu cordialidad y tu ausencia de “mala uva”, que tan malos vinos suele dar. Brindo por ti, “compañero”, como diría el gran Gatsby.

  5. 31/01/2011 a las 8:32 Jesús Ferrero dijo:

    No, en la traducción que Hugo Castignani y yo hemos hecho de El gran Gatsby que aparecerá próximamente en Siruela hemos decidido traducir “old-sport” por “compañero” (compañero de estudios, de deportes etc) en lugar de por “camarada” que evoca el ejército y la militancia política, asuntos bastante ajenos a la novela.

  6. 31/01/2011 a las 10:36 programa 3.6 dijo:

    ¡Salud, Jesús!
    Mantengamos viva la armonía reguladora de la que dimana la capacidad de transición continua.

  7. 31/01/2011 a las 11:35 Jesús Ferrero dijo:

    ok

  8. 18/04/2011 a las 15:57 MYRTLE dijo:

    Pues, en mi opinión, la novela no es tan ajena a esas cuestiones. Tanto Nick como Gatsby han combatido en Francia en la Primera Guerra Mundial, y en ese sentido puede decirse que sí son camaradas. Lo de “compañero” me suena sindicaloide (compañeros y compañeras) o a esas parejas que no quieren decir que son novios o pareja.

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