Los libros y los días (6) El hijo de Brian Jones24 Febrero 2012

En 1994 me hallaba por primera vez en Manhattan haciendo un reportaje para el periódico El Mundo (desde entonces he publicado dos reportajes más sobre la Gran Manzana, el último salió el mes pasado en National Geographic). Durante aquel viaje pateé incansablemente las calles de Nueva York. En Chinatown buscaba la atmósfera china, su gastronomía, su densidad, su abigarramiento; en Central Park buscaba los pasos perdidos del guardián entre el centeno; en el hotel Chelsea los ecos de las estrellas del rock; en el Greenwich Village los recuerdos de la generación Beat y de Dylan; en el hotel Plaza las borracheras perdidas de Fitzgerald, y en Broadway las sombras de los actores de buena y de mala vida.
Una noche, hallándome con un amigo en el bar del teatro Memphis (que en la novela se llama el Prince Hall y está ubicado en otro lugar) me presentaron a Walter, un ser fragilísimo que me dejó totalmente fascinado. Sus manos parecían de porcelana blanca, pero no estaban frías, a decir verdad desprendían un calor bendito. Sus ojos alucinantes atravesaban al mismo tiempo tu cerebro y tu corazón. Eran ojos femeninos, angélicos, sutilísimos, de una humanidad más allá de toda duda, tras cuya luz ambarina intuías al mismo tiempo una desolación muy antigua y una infinita capacidad de amor. Hablaba con naturalizad y elegancia el español, y casi susurrando me dijo que había nacido en Madrid pero que llevaba desde los diez años en el estado de Nueva York. Me hubiera gustado estar con él toda la noche, pero en un determinado momento llegó su abuela, una faraona que se desplazaba en silla de ruedas, y con dolor de corazón los vi desparecer entre la gente que abarrotaba el vestíbulo del Memphis.
En días posteriores, Walter me invitó a su casa de Long Island, donde vivía con su abuela, y donde me cantó “Greensleeves” y otras canciones de la época Tudor. Tenía una voz parecida a la de Alfred Deller. Fueron días extraños, llenos de extrañas revelaciones, y en los que tuve la certeza de que Walter, convertido en Alexis por la alquimia del verbo y por la necesidad de preservar su intimidad, iba a ser la fuente de un personaje esencial en mi vida como narrador.
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