Historias de Nueva York (9) Palmira ardiendo29 Julio 2010

Recogí a Palmira en una esquina de la Madison, y regresé con ella al hotel Bonaparte, pues se acercaba la hora de la cena. Traía un vestido de piel de tiburón parcialmente cubierto con una especie de abrigo corto. A ella la miraban más que a mí.
-¿Y las galeradas?
-Las he dejado en casa. ¿Las necesitas para cenar?
Entramos en la sala, que era inmensa y que parecía atravesar varios inmuebles y continuar hasta el infinito. Daba miedo. El hombre del garfio se acercó a nosotros y dijo:
-Mi querido amigo, le felicito por su novela. Antes de que su prima se llevara las galeradas saqué una copia y la he estado ojeando. ¿Sabe? Yo también estuve en París, en la misma época que usted. Oh, la, la, monsieur… Tuve la gran fortuna de ser psicoanalizado por Lacan. Por eso soy un hombre tan infinitamente equilibrado.
Un italiano se acercó a mi prima y le espetó de un tirón:
-Es usted la mujer más hermosa de todos los tiempos, aunque supongo que ya se lo habrán dicho infinitas veces, ya que estamos hablando del infinito.
Palmira sonrió beatíficamente. Mi prima podía ser granítica, pero cuando la halagaban empleando la matemática cuántica se ablandaba como Einstein cuando lo sodomizaba su mujer.
-Bueno, ya basta de conversaciones filosóficas –anuncié, e inquirí-: ¿Dónde está ese pavo con ciruelas de Damasco que nos prometieron al principio?
-Un momento, caballero -dijo el italiano-. Esta admirable mujer y yo no estábamos sólo de charla filosófica, estábamos hablando del infinito, sí, de la infinitud de ciertas bellezas, que parecen ubicadas más allá de toda dimensión, y eso, caballero, ya no sólo es un problema filosófico, es también un problema matemático, y un problema geométrico, y un problema temporal, y un problema espacial… ¡A ver si pensamos un poco!
Le miré con amabilidad filosófica, empecé a hundir provocadoramente mi dedo índice en su sedosa camisa y murmuré con voz de serpiente:
-¿Sabe usted a dónde se van en invierno los buitres de Central Park?
-No le entiendo.
Yo continué:
-Se van a Palermo, a descansar y a limpiarse la sangre. Acabo de descubrir el sonsonete que se desliza bajo sus palabras. Es usted siciliano.
-Ciertamente soy de Palermo. ¿Es un delito?
Mi prima me dio un tortazo en el hombro. El hombre de Palermo vio secundada su idea de agredirme con el gesto de Palmira y adelantó el puño hacia mí. Afortunadamente lo esquivé. Aterrada ante la que se podía armar, Palmira rugió:
-¡Es suficiente, caballeros! Como decían nuestros ancestros: tengamos la fiesta en paz.
Todos la aplaudieron y Palmira sonrió con levedad, como una princesa magnánima ante los gritos efusivos del pueblo. Yo empecé a olvidarme de ella. Por descontado que jamás he tenido el más mínimo interés en vivir una historia con la mujer más hermosa de todos los tiempos. Menuda pesadilla. Sinceramente no aspiro a tanto. Además habían empezado a gustarme mucho dos chinas que se hallaban junto a una de las columnas. No siempre era fácil verlas. Había muchos invitados de todas las latitudes: una abigarrada y casi asfixiante imagen de la aldea global. Volví a mirar a las chinas. Me gustaban las dos por igual, pero no porque fueran gemelas, era más bien porque se complementaban. Empezaron a obsesionarme tanto que creía que las había estado esperando toda la vida en aquella sala infinita de una fiesta prácticamente infinita. Mientras tanto mi prima sufría un poco. Todos la halagaban y la estaban lanzando a la estratosfera de la vanidad. Parecía sobrexcitada y dispuesta a hacer una locura. Bailaba con dos hombres, con tres, con seis, con veinte, con cien. Todos la seguían a lo largo de la inmensa pista como ratas tras la flauta del hombre de Hamelín. Pero se cansó de ser el mascarón de proa de aquella estampida, se subió a una pilastra de mármol y empezó a hacer movimientos sensuales mientras cantaba al estilo de Marlene Dietrich. Parecía segura, pero a veces se ponía nerviosa, porque nunca me veía entre sus admiradores.
Me olvidé por completo de ella y empecé a seguir a las chinas. Ellas se reían. Estaban seduciéndome. Finalmente me acerqué a ellas y les dije que parecían dos seres radiantes, dos seres absolutamente radiantes.
-¡Qué abismos vuestros ojos negros! -exclamé- ¡Los quiero mirar toda la eternidad, princesas de la dinastía Ming!
Agradecieron mis palabras con nuevas risitas. Una se llamaba Anillo de Jade y la otra Anillo de Jaspe, sabían español y francés, y sus novelas preferidas eran Bajo el volcán y Los últimos días de Pompeya. Eran deliciosas. En tan sólo una hora nos hicimos muy amigos. Empezamos a hacer incluso planes, que a mi me parecían un disparate, pero que resultaban divertidos y hasta emocionantes. De pronto noté una garra sobre mi espalda. Era Palmira que había cogido su abrigo y me arrastraba a la calle. Ya en la calle empezó a insultarme y a empujarme. Me metió en un taxi y le dijo al taxista que nos llevara al puente de Brooklyn.
Allí me tomó, como tomaba Jezabel a los hombres perdidos y hallados en su templo del impudor. Palmira se apoyaba sobre la balaustrada que daba al abismo del Hudson, y yo me hallaba sobre ella, notando sus piernas abiertas, su fuego líquido, su temblor, su fuerza. Estábamos agitándonos y diciéndonos barbaridades cuando uno de sus pendientes se desprendió de su oreja y cayó al río.
-No importa –susurró-, me lo regaló mi marido.
-¿Cuándo llega?
-En septiembre. Me estaba acordando de tu novela. ¿Es verdad que le ayudaste a orinar a Borges?
-Sí.
-Asombroso.
Estábamos tan excitados que necesitábamos hablar de cualquier cosa, para no precipitar la situación.
-Pasado mañana me voy a París. Me espera mi editora con la portada de la novela. Va a llevar una foto en blanco y negro. Quiero acabar las correcciones allí.
-En la fiesta te has portado como un cerdo. ¿Qué hacías con esas chinas?
-Disfrutar de la noche.
Palmira me mordió los labios. Fue como el toque de queda que anunciaba el silencio. Ya no hubo palabras durante un buen rato, sólo maniobras en la oscuridad continuamente amenazada por los faros de los coches, las luces perladas que iban dibujando la estructura del puente, las barcazas de arena y sal. Pero todo eso eran abstracciones que tan sólo rodeaban, con su leve incandescencia, el fuego central que formábamos los dos. Oh, Dios, pensé, nunca habíamos estado tan solos bajo las estrellas, y nunca tan acompañados por todo los que nos rodeaba.
-¿Y si nos damos un chapuzón?
-Sí, pero en la piscina de mi casa.
El segundo pendiente también cayo, brillando a intervalos con las primeras luces de amanecida. La estreché con todas mis fuerzas y le dije al oído:
-Krajnja cistota sastoji se u tome da te nista ne zacudi.






