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Archivo de Octubre, 2009

El sentido de la vida27 Octubre 2009

El sentido de la vida

Finalizado mi viaje por la noche lunar (y la noche personal, y la noche general), dejo de oír al fin el coro de los locos y regreso a mi más elemental realidad.

Estoy en mi casa, mirando la cara de un Buda lavable de plástico que me regaló un flautista chino en el Palacio de Verano. Lo observo y pienso en la cara lavable del tiempo y del espacio.

Entonces empiezo a preguntarme por el sentido de la vida, mientras saboreo té negro y ahumado, de una fragancia serena y recia, con mucha teína como a mí me gusta. Nací para beber té y puedo consumir litros. El estado del té, que se parece al estado zen, exige dosis que van mucho más allá del uso ordinario, moderado y occidental. En eso soy completamente chino.

Luego salgo a pasear por el bosque, con un libro en las manos. Vuelve el pensamiento sobre el sentido de la vida y me digo:

“Cuando la vida está en riesgo el único sentido de la vida es sobrevivir, pero cuando la vida no está en riesgo el verdadero sentido es vivir sin más.

“Pensar que el sentido de la vida tiene que sobrepasar la experiencia misma de vivir es una enfermedad parecida a la muerte.

“Pero la vida no se deja vivir en toda su potencia real si no evitamos en nosotros el efecto repetición.

“Todas las religiones y filosofías han sido creadas para evitar el efecto repetición, mas poco han logrado a ese respecto. El que en esta vida consigue no repetirse demasiado a sí mismo puede llegar a estados vitales y mentales que no se atreve a imaginar.

“……………….

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……………

Caída y elevación13 Octubre 2009

Caída y elevación

Acababa de tener la visión del arzobispo: su cuerpo tendido sobre un círculo de mármol rosa, la sangre corriendo hasta el canal, la sangre brillando bajo el sol de julio. Acababa de tener esa visión cuando, súbitamente, el chino adquirió la imagen de Owl.

-¿Tú? –grité.

Owl sonrió cínicamente y musitó:

-Ah, ¿pero no sabías que puedo convertirme en cualquier personaje histórico o no, racional o no, mentecato o no? Ah, ¿pero no lo sabías?

-No.

-Pues ahora ya lo sabes. Agradece la iluminación que te acabo de regalar. Y bien, querido amigo, ¿qué conclusiones has sacado de todo lo que acabas de experimentar?

-Verás –le dije-, aún resuena en mi cabeza el grito de un animal bajo las estrellas. O el grito, bajo las estrellas, de muchos animales que parecen uno.

-Sí –dijo Owl-. El grito que se ve tallado en piedra en Tikal. El grito de Orestes. El grito de Edipo cuando se arranca los ojos. El grito que daba el sacerdote al elevar el cuchillo. El grito de la víctima.

-El grito de Patroclo. El grito de Aquiles. El grito de Eurídice. El grito de Orfeo- añadí yo, cada vez más animado.

Owl me miró con seriedad y añadió:

-O el grito de cualquier perro tirado en el camino o el grito de cualquier loco en el momento más agudo de su ira.

Asentí y añadí:

-Gritos que son como el coro de la Historia, su rumorosa música de fondo.

-Así es, amigo. Son gritos elementales (nada de melodramas), como gritaríamos si estuviésemos ardiendo y no llegasen los bomberos (porque en ciertas noches y ciertos momentos no hay bomberos que llamar ni bomberos que puedan calmar el fuego de todos los fuegos). Son gritos patéticos, que indican al mismo tiempo miedo y cobardía. Hay que estar por encima del dolor primordial –dijo y esbozó una mueca sardónica-. Hay que estar por encima de la canción de una sola sílaba que hace unas horas llenaba todos los lugares de la noche y todos los rincones de tu mente. Hay que estar por encima de los monstruos de la razón (y por encima de la razón de los monstruos que gritan en la noche, seguramente con razón).

-Me inquietas. ¿Hay que estar por encima de la locura y la cordura?

Owl me agarró de las solapas, me empujó contra la pared y gritó:

-¡Sí!

Luego se sujetó bien los tirantes, me miró con altanería y empuñó un abrecartas de plata que llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta.

-Y para llegar a eso –añadió-, hay que empezar por reírse salvajemente de uno mismo. Empieza a reírte de ti mismo, de tu persona, de tu memoria, de tus recuerdos, de tus amores, de tus desamores, de tus glorias, de tus miserias. Empieza ya o eres hombre muerto.

Me eché a reír, no sé muy bien si de mí mismo, o de Owl, o de la hoja de plata que me hacía cosquillas en la yugular, o de la cantinela lúgubre, de olor a funeral, que había empezado a llegar desde los hutongs que se desplegaban más allá de la Ciudad Prohibida.

Un coro demencial (no deje este texto al alcance de los niños)6 Octubre 2009

Coro

Nadie contestaba a mi pregunta y empezaba a sospechar por qué. Antes dije que eran todos los locos del mundo los que cantaban esa canción de una sola sílaba que parecía el aullido de un lobo gigantesco y de un timbre tan poderoso como para llegar intacto a las mismísimas estrellas y al centro de mi corazón. Antes dije, antes dije… Pero era un decir sin más. ¿Todos los locos del mundo cantando la misma canción para mí? ¿Es acaso imaginable? Oh, hubiese sido magnífico escuchar a todos los locos cantando al unísono. Estimo que sería el único coro capaz despertar nuestra mermada capacidad de asombro.

Un sujeto de tez cobriza y aspecto de chino del Sur (que acababa de leer al vuelo mi pensamiento) me miró con los ojos muy abiertos y dijo:

-Tiene usted razón. Ah, si todos los locos cantaran la misma canción en la oscuridad. De pronto el mundo se convertiría en no-mundo, de pronto una luz muy poderosa y obsesiva empezaría a emerger de la negrura… La revelación de la soledad fundamental del ser, de su dolor primordial, brotaría en muchos como una flor de sangre gracias a una simple canción de una sola sílaba recorriendo de parte a parte la muerte, de parte a parte la vida. ¿No lo cree usted así?

Le miré con desconfianza y respondí:

-¡Sí!

-¡Avefrías del dolor, de la angustia y de la locura, alejaos de mí!- gritó de pronto el chino, que parecía fuera de sí.

Inmediatamente todos los locos del mundo (esta vez sí) comenzaron a cantar al unísono, respondiendo al chino del Sur.

Oh, Dios mío, aquello no era la revelación, aquello era… ¿Cómo explicarlo? Aquello era… Veréis, en realidad aquello era el mismísimo JUICIO FINAL.

-Pero entonces –pregunté-, ¿serán los locos los que nos juzgarán al final de los tiempos?

-¡Yes! –gritó el chino-. ¡Yes, yes, yes! Y su canción será como un hondo infrasonido que lo purificará todo. Yes –volvió a decir muy contento-. Yes, yes, yes.

La tarde se había apaciguado y la lluvia ácida sabía a gasolina y miel. Le di un buen lengüetazo con mis habilidades de camaleón. Qué sabor más delicado y oriental, pensé, y miré a mi alrededor lleno de felicidad. El chino del Sur había empezado a hacer acrobacias. Parecía de goma. Mientras tanto en Manila el arzobispo se arrojaba de una torre de la iglesia de San Agustín y moría en el acto.

-¡Yes! –seguía diciendo el chino-. ¡Yes, yes yes!