
Los dos alemanes y el ateniense salieron en las crónicas de sucesos porque el taxista había conseguido emborrachar a los tedescos en los bares de la carretera, y entre los tres habían agredido al empleado de una gasolinera a las afueras de Atenas.
Mientras tomaba té con canela en un café de la plaza Omonia, pensaba en lo que podría haberme ocurrido de haber subido al coche en Delfos. En aquel entonces, al taxista no le hubiese sido difícil conducirme por el mismo camino que a los germanos, que ya iban algo entonados cuando subieron al taxi. Y ahora, en lugar de la foto de los tedescos, aparecería mi cara en el rotativo con un hermoso epígrafe: “Turista español y taxista ateniense agraden severamente al empleado de una gasolinera porque no quería servirles alcohol.”
Afortunadamente, nada de eso pasó. Yo continué toda la tarde en Delfos, volví a entrar en el museo, esta vez solo, y me detuve de nuevo ante el Auriga. Daban ganas de tocar su pecho para notar, en las yemas de los dedos, los latidos de su corazón. El Auriga iba tan concentrado que parecía en estado de meditación y a la vez en movimiento, anulando en ese instante la discordia interior tan constitutiva de la condición humana, como creían los pitagóricos.
Un silencio sin grieta alguna envolvía el recinto. Mirabas a derecha y a izquierda, y todo cobraba una vida tan fantasmal como cierta. El guardián del museo se acercó a mí y me susurró al oído (su aliento olía a vino resinoso):
-Tenga cuidado amigo. Un holandés se volvió loco mirando al Auriga como usted: creía que estaba dentro de él. Creía que el Auriga le había robado el ser. Ja, ja. Tuvieron que venir a buscarlo desde Holanda. Encima pertenecía al cuerpo diplomático. Fue la caraba.
-No se inquiete por mi salud mental –murmuré fijándome en sus ojos amarillos y sus dientes negros-. El Auriga es un hombre/columna que me ayuda a mantenerme recto.
-¿Lo ve? Le ocurre eso porque usted es un amante de los griegos. ¿De todos los griegos?
-No, sólo de los que me gustan: Homero, Heráclito, Anaxágoras, Empedocles, Platón, Aristóteles, Zenón, Sófocles, Alceo, Safo… Bueno, una vez tuve un escarceo con Plotino, pero se quedó en nada.
El guardián se rió de buena gana y me dio una palmada en el hombro.
-Sí le place, luego nos tomamos usted y yo un brandy en la Posada del Abismo.
-No va a ser posible, amigo. Salgo en el autobús de las seis.
Y así fue, no mucho después regresé en autobús a Atenas, donde leí la noticia del incidente. “Turista español y taxista ateniense…” No, felizmente no era esa la historia, era la siguiente: “Dos turistas alemanes y un taxista ateniense agraden brutalmente al empleado de una gasolinera de las afueras de la ciudad porque no quería prestarse a organizar una banacal con ellos en el hotel adosado a la estación de servicio.”
Según una de las fotografías que aparecían en el periódico, la gasolinera y el hotel se hallaban junto a la calzada Átika, que yo recordaba rodeada de fábricas y no lejos de Akademos. Doblé el periódico y me quedé pensativo.
Me asombraba que los tres hubiesen estado en Delfos, y a la vez no, pues Delfos había sido lugar de Apolo, pero también de Dionisos. Y como los dioses saben repartir los dones (es un decir), a mi me habían trasmitido un poco de prudencia (la necesitaba en aquel tiempo), y a ellos el conflictivo don de la ebriedad, que tan caro le había salido al chico de la gasolinera. Entonces pensé que los movimientos de los dioses podían ser paradójicos, pero que lo eran todavía más los de los hombres.

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¡A vuestra salud!