La ondulación12 Marzo 2010

Figura China

“La ondulación es el movimiento fundamental de la naturaleza”, decía Isadora Duncan.

Hace unos días estuve viendo la exposición temporal que hay sobre ella en París. Mientras examinaba las levísimas huellas que dejaron sus pasos por la tierra (algunas fotografías no demasiado buenas, carteles de sus espectáculos, cuadros y esculturas inspirados en ella, una breve secuencia cinematográfica en la que se la ve dando unos pasos en un jardín lleno de gente) pensaba en la ondulación.

Los taoístas le hubiesen dado la razón a Isadora Duncan, ellos también creían en la ondulación de la naturaleza, en la ondulación de la materia, en la ondulación del ser.

¿Y la estrella danzarina de la que hablaba Nietzsche no era acaso la estrella de la ondulación?

¿La ciencia de las caricias no tendría que ser sobre todo ciencia de la ondulación?

La ciencia de las palabras también.

Y tendría que ser igualmente ondulación el pensamiento.

Cántaro

El mal4 Marzo 2010

A  R.B.

El mal 1

Muchas cosas que nos ocurren (conflictos, pasiones, invasiones…) no producen dolor en sí (ni producen horror, ni locura, ni desconcierto) lo único que produce dolor, horror, locura y desconcierto es nuestra forma de interpretar esos hechos.

El mal 2

El autismo no es estar fuera, no es ser ajeno a uno mismo, es estar demasiado adentro de uno mismo. Una autista berlinés al que aprecio mucho escribió un libro que se titula: “Quiero dejar de ser un dentrodemí”.

El mal 3

No creo en el exilio de las propias emociones. Hasta la sensación o la certeza de estar fuera de ellas sería una emoción.

El mal 4

Tarzán ante el espejo1 Marzo 2010

Canal

En las tierras altas que frecuentaba su tribu de monos, había un pequeño lago y en sus tranquilas y claras aguas, Tarzán vio por primera vez su rostro. Fue un caluroso día de la estación seca, cuando él y uno de los monos fueron a beber. Al inclinarse las dos pequeñas caras se reflejaron en la quieta superficie; las fieras facciones del mono al lado de los aristocráticos rasgos del noble inglés.
Tarzán quedó anonadado. Ya era desgracia suficiente carecer de pelo, y ahora resulta que tenía aquella apariencia… ¿Cómo era posible que los otros monos no lo despreciaran?
Aquella delgada abertura en la boca y aquellos pequeños y blancos dientes, ¡qué ridículos resultaban comparados con las hermosas narices aplastadas de sus compañeros que casi les ocupaban toda la cara! ¡Qué envidia!, pensó el pobre Tarzán.
Pero lo que más le afectó fueron sus ojos: un puntito negro rodeado de un círculo gris y después todo blanco. ¡Horrible! Ni siquiera las serpientes tenían unos ojos tan repugnantes.
Tan inmerso estaba en la contemplación de sus facciones que no oyó separarse las altas hierbas movidas por el avance de un cuerpo; su compañero tampoco oyó nada porque estaba bebiendo, y sus sorbos y gruñidos de satisfacción apagaban el ligero rumor del silencioso intruso.
A unos treinta pasos de ellos, Sabor, la gran leona, se acercaba agazapada, adelantando una pata y apoyándola sigilosamente en el suelo antes de mover la otra…,  preparándose para saltar sobre su presa.

-Edgar Rice Burroughs, El mono blanco, capítulo 5 de Tarzán de los monos-

Los ojos del Auriga (2)19 Febrero 2010

Auriga

Los dos alemanes y el ateniense salieron en las crónicas de sucesos porque el taxista había conseguido emborrachar a los tedescos en los bares de la carretera, y entre los tres habían agredido al empleado de una gasolinera a las afueras de Atenas.

Mientras tomaba té con canela en un café de la plaza Omonia, pensaba en lo que podría haberme ocurrido de haber subido al coche en Delfos. En aquel entonces, al taxista no le hubiese sido difícil conducirme por el mismo camino que a los germanos, que ya iban algo entonados cuando subieron al taxi. Y ahora, en lugar de la foto de los tedescos, aparecería mi cara en el rotativo con un hermoso epígrafe: “Turista español y taxista ateniense agraden severamente al empleado de una gasolinera porque no quería servirles alcohol.”

Afortunadamente, nada de eso pasó. Yo continué toda la tarde en Delfos, volví a entrar en el museo, esta vez solo, y me detuve de nuevo ante el Auriga. Daban ganas de tocar su pecho para notar, en las yemas de los dedos, los latidos de su corazón. El Auriga iba tan concentrado que parecía en estado de meditación y a la vez en movimiento, anulando en ese instante la discordia interior tan constitutiva de la condición humana, como creían los pitagóricos.

Un silencio sin grieta alguna envolvía el recinto. Mirabas a derecha y a izquierda, y todo cobraba una vida tan fantasmal como cierta. El guardián del museo se acercó a mí y me susurró al oído (su aliento olía a vino resinoso):

-Tenga cuidado amigo. Un holandés se volvió loco mirando al Auriga como usted: creía que estaba dentro de él. Creía que el Auriga le había robado el ser. Ja, ja. Tuvieron que venir a buscarlo desde Holanda. Encima pertenecía al cuerpo diplomático. Fue la caraba.

-No se inquiete por mi salud mental –murmuré fijándome en sus ojos amarillos y sus dientes negros-. El Auriga es un hombre/columna que me ayuda a mantenerme recto.

-¿Lo ve? Le ocurre eso porque usted es un amante de los griegos. ¿De todos los griegos?

-No, sólo de los que me gustan: Homero, Heráclito, Anaxágoras, Empedocles, Platón, Aristóteles, Zenón, Sófocles, Alceo, Safo… Bueno, una vez tuve un escarceo con Plotino, pero se quedó en nada.

El guardián se rió de buena gana y me dio una palmada en el hombro.

-Sí le place, luego nos tomamos usted y yo un brandy en la Posada del Abismo.

-No va a ser posible, amigo. Salgo en el autobús de las seis.

Y así fue, no mucho después regresé en autobús a Atenas, donde leí la noticia del incidente. “Turista español y taxista ateniense…” No, felizmente no era esa la historia, era la siguiente: “Dos turistas alemanes y un taxista ateniense agraden brutalmente al empleado de una gasolinera de las afueras de la ciudad porque no quería prestarse a organizar una banacal con ellos en el hotel adosado a la estación de servicio.”

Según una de las fotografías que aparecían en el periódico, la gasolinera y el hotel se hallaban junto a la calzada Átika, que yo recordaba rodeada de fábricas y no lejos de Akademos. Doblé el periódico y me quedé pensativo.

Me asombraba que los tres hubiesen estado en Delfos, y a la vez no, pues Delfos había sido lugar de Apolo, pero también de Dionisos.  Y como los dioses saben repartir los dones (es un decir), a mi me habían trasmitido un poco de prudencia (la necesitaba en aquel tiempo), y a ellos el conflictivo don de la ebriedad, que tan caro le había salido al chico de la gasolinera. Entonces pensé que los movimientos de los dioses podían ser paradójicos, pero que lo eran todavía más los de los hombres.

Calzada

El curso “El banquete de las pasiones” empezará el martes 2 de marzo. El plazo de inscripción sigue abierto. Más información en textos anteriores o escribiéndome un mensaje privado.
¡A vuestra salud!

Los ojos del Auriga15 Febrero 2010

Ojos Auriga

Un invierno estuve en Delfos. Nevaba copiosamente. Cuando descendí del autobús procedente de Atenas no había visibilidad a partir de dos metros y hacía un frío tétrico. Cené junto al fuego de una chimenea.

A la mañana siguiente abrieron el museo para mí y dos alemanes. Me impresionó el Auriga. Probablemente es una de las estatuas que más me ha impresionado en la vida. Pero no sirve de nada verla en fotografía, hay que verla al natural, estar junto a ella, sentir su respiración.

Da igual que le falte un brazo y de que el tiempo le haya robado el carro y los caballos que lo precedían. Está mucho más vivo que la persona que pudo haber servido de modelo, y que murió hace miles de años.

Es difícil saber por qué en cuanto uno permanece unos instantes junto al Auriga siente que ha entrado en una extraña intimidad con él, con su mirada tranquila y concentrada.

No es un auriga que vaya con los caballos al galope, más bien parece que van trotando por un camino elíseo, pero no se percibe en él sentimiento alguno de triunfo, tampoco de derrota. Sólo hay tranquilidad y concentración. Está mirando hacia afuera pero también hacia dentro. Y es esa fuerza dirigida hacia interior, tan característica de la mirada del Auriga, lo que más arrastra.

A las doce del mediodía ya me iba a ir de Delfos y seguía nevando. Un taxista borracho me propuso llevarme a Atenas. Percibí en mi interior la mirada del Auriga y me negué a subir al coche. Lo hicieron por mí los dos alemanes que me habían estado siguiendo por el museo como dos heraldos negros que estuviesen contando mis pasos. Les supliqué en español que no subieran. O no me entendieron o no me quisieron entender.

Al día siguiente vi sus fotos y la del taxista en la página de sucesos de un periódico de Atenas. Desde entonces siempre que estoy en Grecia me voy a ver la estatua que respira, de la misma forma que siempre que estoy en China voy a ver el Buda del Palacio de Verano.  Extraños amigos que no mueren nunca y que me saludan desde el futuro, como si en ellos el túnel del tiempo se hubiese invertido y ya me estuviesen mirando desde un ayer por venir, que me hace sentirme perdido en el espacio y el tiempo y a la vez muy dentro de mí.

En ese mismo estado en que parece hallarse el Auriga, de atención flotante y a la vez concreta, hacia el interior y el exterior, hay que ubicarse cuando nos ponemos a pensar, y aquel día en Atenas me puse a pensar como pocas veces en mi vida.

Columnas

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