Los libros y los días (9) Hola, Nueva York8 Mayo 2012

La semana pasada regresé a Nueva York y volví a pasar por los mismos lugares por los que pasó el hijo de Brian Jones, a la vez que me ocupé de explorar territorios nuevos como el Harlem español, donde apenas había estado, y las desoladas y silenciosas orillas del Hudson, entre suntuosos edificios y apocalípticas construcciones de hierro cayendo sobre el río. Lo contrario al Village, donde pasé noches gloriosas con mis amigos de Nueva York, tomando copas hasta las tantas en bares con juke-box y camareras como mucho savoir faire.
Qué extraño: cuando regresas a una ciudad que ha salido en una de tus novelas cambia tu perspectiva porque tu curiosidad se hace introspectiva, y tu mirada también. Cada esquina te recuerda un hecho, imaginario o real, y piensas en lo que pudieron sentir, aquella mañana, aquella tarde, personajes que has creado pero que no son exactamente tu persona.
La ciudad se llena de historia y se convierte toda ella en un texto tan apasionante como la mejor de las novelas. No disminuye el efecto novedad, que te puede asaltar en cualquier momento, pero todo resulta más asentado en el espacio y el tiempo, y tienes la impresión de que estás paseando por lugares que conoces desde siempre, que forman parte de tu memoria y de tu conciencia de las cosas.
Pisas el suelo y a la vez flotas en un mundo paralelo donde los hechos de la imaginación y los hechos de la realidad conforman un mismo nudo emocional tremendamente propicio para la creación.






