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¿Qué ha hecho con las novelas anteriores a 'Nuevas amistades'?
Las guardo en un cajón. Nunca he caído en la tentación de publicarlas porque no me gustan. Una vez, Carlos Barral, leyó una, le gustó mucho, me dijo que le pegara unos retoques y la publicara. Con unos retoques de estilo, con quitar las torpezas sintácticas, no quedaría una mala novela, pero ¿por qué lo voy a hacer? Voy a decir una cosa pretenciosa, pero no lo es porque es verdad. Siempre he tenido, y con el tiempo mucho más, lo cual es muy trágico, mucha cuerda literaria, en el sentido de que nunca he tenido preocupación sobre de qué voy a escribir. [...] Siempre he pensado que antes de resucitar uno de esos viejos novelones era preferible escribir otro. No me tentó publicarlo ni tampoco tuve tentaciones económicas. En eso quizá soy muy pacato, pero tengo un sentimiento muy arraigado, y me da un poco de vergüenza decirlo, de que la literatura no es para ganar dinero.

Después del gran éxito de 'Tormenta de verano' se pasa 10 años escribiendo 'El gran momento de Mary Tribune' (1972).
Entre medias publico la colección de cuentos 'Gente de Madrid' (1967). No sé si 10, pero ocho sí me costo 'Mary Tribune'. Trato de que no me vuelva a ocurrir escribir una novela tan larga. Fue horroroso. No son cifras exactas, pero la primera versión debía tener 1.300 folios; la segunda, 900, y la tercera, 700. Gasto bosques de papel [...] En todo libro hay un fracaso para el autor, así se venda un millón de ejemplares y le digan que es un genio. En todo libro, y eso sólo lo sabe el autor, hay una diferencia extraordinaria entre el que se pensó y el que se ha hecho [...] Gracias a eso se escribe un libro siguiente. Si uno escribiese un libro que más o menos coincidiese con el que deseaba, probablemente no tendría que escribir otro. Escribes otro libro para borrar el anterior, aun sabiendo que no lo vas a borrar.

¿Escribe directamente a máquina?
Antes tenía una IBM eléctrica, pero ahora tengo una electrónica. Soy un maniático de las máquinas de escribir. Las electrónicas son maravillosas. A veces pienso que lo bueno de escribir una novela es que, con el dinero que ganas, puedes amortizar la máquina con la que escribes. Mi idea económica de la literatura es esa. El proceso no tiene mucho interés, pero es muy complicado. Escribo a máquina, pero corrijo a mano. Luego vuelvo a pasarlo a máquina, que es lo que llamo la segunda versión, lo vuelvo a corregir a mano y escribo a máquina la versión definitiva [...] En toda novela hay algunos momentos en que sabes, por mucho que la hayas corregido, pensado, dejado, vuelto a coger, que hay una palabra o una expresión que no te sale. Y a veces, otras no, ese fallo, que conoces tú, no tiene ninguna importancia y además es pura neurastenia, lo resuelves al pasarlo a limpio. Es la última oportunidad. Corrijo primeras y segundas pruebas. En eso soy de una minuciosidad burocrática. Me da un trabajo increíble. Termino tan harto que ya no me interesa nada más que la próxima.

Siguiendo con sus planteamientos o sus valoraciones, es curioso que usted considere favorablemente, de entre las suyas, una novela que tuvo poca aceptación de crítica y de público: 'Los vaqueros en el pozo', publicada en 1979. ¿Qué papel juega, en este caso, la diferencia, tan cernudiana, entre la realidad y el deseo que seguramente acompaña el quehacer literario en sus dimensiones de proyecto y resultado final?
Muchas veces me he preguntado por qué esa novela tuvo tan mala acogida. Fue, relamente, una novela fracasada, al margen de circunstancias externas que pudieran influir como, por ejemplo, que la editorial en la que se publicó atravesaba dificultades económicas en el momento de lanzarla. Creo, hoy, que si una novela no acaba de convencerte, lo mejor es romperla y escribir otra nueva. Por eso tengo varias guardadas en los cajones, sobre todo de mi primera época. Y aun que algún editor me propone que las resucite, la verad es que hasta ahora he sabido resistir la tentación. En fin, en mi caso de escritor lento y algo perezoso, al que además le gustan las copas, las chicas y la gente, puedo afirmar que no me encuentro satisfecho de mi obra [...] Por otra parte, las novelas nunca resultan como las concibes y hay que tener cuidado porque a veces el plan de trabajo previo se rompe por una chorrada que se te ocurre de repente y te parece importante y no lo es, mientras que, en el caso contrario, hay que tener la sensibilidad suficiente como para decir: «¡Caramba, esto no lo tenía previsto y funciona!» De manera que el objetivo final es lograr un cierto equilibrio narrativo, y a pesar de que yo planifico bastante mis novelas es cierto que una cosa es la realidad y otra el deseo o los proyectos.

Esta entrevista reúne fragmentos de
Augusto M. Torres, 14/10/84
José Méndez, El País, 22/01/89
Francisco López Barrios-. El Independiente, 25/4/1991

   
     
     
Juan García Hortelano © 2005