Gustavo Martín Garzo - Página Oficial
 

 QUERIDAS VACAS

Hace años un buen amigo se tuvo que enfrentar al inesperado deseo de su hija de llevar pendientes, como las otras niñas que veía. Se había negado a perforarle las orejas al nacer, por parecerle una costumbre bárbara, y ante la inistencia de la niña terminó perdiendo los estribos. “Los pendientes, le dijo, son como esos anillos que ponen a las vacas en el hocico para sujetarlas al pesebre”. La niña entonces se echo a llorar. “Papá, le contestó entre hipidos, no te metas con las pobres vacas”. Y mi amigo esa misma tarde fue con su hija a la farmacia para ponerle los pendientes que quería. He pensado en esta anécdota al ver una y otra vez en la televisión las imágenes de nuestras vacas. Las vemos caer entre espasmos, o hacinadas en los establos, sobre un mar de excrementos. Hemos hecho de ellas un animal sucio y aturdido, que nos inquieta como portador de una enfermedad sólo causada por la usura del hombre, que las alimenta con grasas animales para hacer más rentable su carne. Ni un solo reportaje que se detenga ante ellas con agradecimiento. Y sin embargo, en el libro de Enoch, los hombres nacen de una vaca blanca, después del diluvio. ¿Se trata de la fantasía de un poeta? Puede ser, pero hay algo en los ojos melancólicos y maternales de las vacas que nos hace añorar el tiempo en que nuestros antepasados lo creían así y las trataban como discretas compañeras de sus cavilaciones.

 
Gustavo Martín Garzo © 2001
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