Es necesaria la utopía pero, tal como Claudio Magris nos cuenta en uno de sus libros, no lo es menos el desencanto. Por la utopía creemos en los sueños, en los ideales, nos enfrentamos a lo que somos y buscamos lo que deberíamos ser; por el desencanto corregimos los posibles desvaríos de nuestros deseos. La utopía, por sí sola, nos arranca de la realidad, nos impone la tiranía de los ideales, el sueño de la verdad absoluta y excluyente. El régimen comunista surgió de la utopía, pero también el fascismo, y ahora, en nuestro mundo, el terrorismo nacionalista o religioso. El desencanto nos devuelve la cordura, nos hace ver que si nuestros sueños son importantes, también lo es aprender a vivir en ese espacio común que es el mundo de todos. Es el acierto de Cervantes: hacer que Don Quijote y Sancho sean inseparables. Don Quijote a solas, habría sido un alucinado; Sancho, el más vulgar de los hombres. Juntos son gloriosos. Se corrigen los excesos, se compenetran, y sobre todo se escuchan. La utopía se vuelve amable con el desencanto; el desencanto, gracias a la utopía, hace de la conquista de lo real la verdadera aventura del caballero.