La niña que creó las estrellas, es una recopilación de los relatos orales de los bosquimanos. Elías Canetti llegó a decir que la lectura de este libro había sido uno de los acontecimientos cruciales de su larga vida. Y basta con leer el relato 51, precisamente aquel del que se sirve Canetti para hablar de la metamorfosis, para entender la razón. En él, un bosquimano sabe que su padre se aproxima al sentir en su propio cuerpo una de sus heridas; otro, se da cuenta de la proximidad de las gacelas al percibir un cosquilleo que asocia con el pelaje negro que estas tienen en sus costados; a un tercero le pica la nuca y sabe que una avestruz se está rascando para espantar a un pulgón... Canetti dijo que el poeta era el guardián de la metamorfosis, y nadie que sea capaz de hacer suyas las sensaciones y los pensamientos de los otros puede amar el papel de verdugo, ya que tendría que pasar por el trance de tener que sentir en su propio cuerpo el dolor de sus víctimas. Pero ¿no esa misma facultad, la del presentimiento, la que nos permite leer? El rostro del lector contiene todos los rostros: no hay nadie menos intolerante que él. Por eso cuando leemos bien pasamos a formar parte del delicado pueblo de los bosquimanos.