Gustavo Martín Garzo - Página Oficial
 

 EL JARDÍN DEL PARAÍSO

Hace unos meses, en una entrevista, el escritor Arturo Pérez Reverte, tuvo que responder una vez más a esa pregunta eterna de que para qué escriben los escritores. Para hacerlo contaba una historia personal. Su profesión, durante muchos años, había sido la de reportero de guerra, lo que le había hecho contemplar todo tipo de crímenes, pues la capacidad del hombre para el horror y la ignominia no parece tener límite. Esos años de enloquecido deambular, visitando sin descanso países destruidos por la ambición y la locura, le habían quitado literalmente la capacidad de sentir. Por eso se había hecho novelista, para que esos sentimientos perdidos volvieran a él a través de sus historias y sus personajes. No aspiraba a nada más. Tampoco que lo hicieran sus lectores. Le bastaba con renovar a través de sus libros esos vínculos elementales con la vida, que volvieran a permitirle conmoverse ante la fragilidad o la belleza, o sentir compasión por los más desfavorecidos. En definitiva, como el protagonista del cuento Juan sin miedo, escribía para recuperar la capacidad de temblar.
No creo que pueda haber una mejor, y más sencilla explicación de lo que es la literatura, y por qué es importante que siga existiendo: para recuperar la capacidad de sentir. Es decir, para devolvernos, más allá de nuestras miserias y renuncias cotidianas, esa mirada que nos permite ver las cosas como si estuvieran coronadas por pequeñas llamas y tuviéramos que detenernos a contemplarlas.
Hay un cuento italiano que narra la historia de una reina que deseosa de tener una hija exclama un buen día: “¿Por qué no puedo tener hijos como el manzano da manzanas?”. Entonces sucede que la reina en vez de tener una niña tiene una manzana. Una manzana a la que, sin embargo, no duda en reconocer como su propia hija. Hay en la obra de todos los verdaderos escritores un pensamiento semejante al de esa reina, un pensamiento que no nace para oponerse a lo extraño, a ese fondo de indeterminación y sorpresa tan propio de la naturaleza del hombre, sino para rodear de cuidados a ese centro irreductible, a esa manzana, quién sabe si venenosa o no, que ningún protagonista de cuento alguno ha rechazado jamás. Es el robo de una manzana semejante en el jardín del Edén el que nos constituye como hombres. Por eso es importante la literatura. Nos devuelve la capacidad sentir, hace que nuestro corazón se llene de preguntas, es la voz del atrevimiento y del cuidado.

 
Gustavo Martín Garzo © 2001
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