La imagen del bebé muerto por los disparos de los soldados judios, durante la inacabable guerra entre Israel y Palestina, que vimos hace un tiempo en todos los periódicos no puede sino helar el corazón del que la contempla. Era un niño de cuatro meses, como tantos que vemos por las calles en sus cochecitos, acompañados de sus madres, y como estos sólo parecía dormido. Sólo que este niño no despertará nunca de ese sueño, ni volverá a sentir en su boca el tibio sabor de la leche. Tampoco llegará a conocer el misterio del paso tiempo, ese misterio que un día le habría llevado a pronunciar tembloroso sus primeras palabras de amor. En ¡Qué bello es vivir!, la película de Frank Capra, se nos dice cuán insustituible somos, y cómo hasta la vida más insignificante puede guardar el germen de la salvación de otras vidas. Y este niño ¿a quién estaba destinado a salvar, qué muchacha le habría amado, que anfitrión habría pronunciado su nombre como el del más querido de sus invitados?¿Qué idea, entonces, el sueño de qué país o de qué raza, puede justificar su desaparición? El hombre lleva siglos asociando la idea del heroísmo a la del sacrificio y la muerte, pero ¿y si el verdadero héroe fuera el que dispone apacible cada mañana para los que ama el pan reciente y el café oloroso del desayuno?