Las declaraciones de tantos políticos actuales acerca de la superioridad de la civilización occidental, deberíamos hacernos reflexionar sobre nuestros verdaderos valores. Es cierto que, tanto por su desarrollo técnico como por su riqueza cultural y social, occidente puede considerarse un oasis de bienestar en el difícil mundo en que vivimos. Aún más, principios como la desvinculación de política y religión, la igualdad legal de sexos, razas y credos, la instauración del sufragio universal, son conquistas irrenunciables para la conciencia del hombre actual. Pero ¿es esto todo? No, y basta con asomarse a las residencias de ancianos, visitar los arrabales de nuestras ciudades, o percibir el grado de feroz competencia del mundo empresarial, para que ese entusiasmo se enfríe. Somos sin duda el pueblo más poderoso y rico de la tierra, pero ¿de verdad somos el más feliz? Hay otros valores: la hospitalidad, la curiosidad ante el viajero, el amor a los ancianos, el diálogo con los animales y las fuerzas de la naturaleza. “Haz dulce tu camino y recibirás una melodía”, dijo Isaías a Tiro, la ramera largo tiempo olvidada. Es la dulzura de esas melodías que se cantan mientras dura el camino de la vida la que debe de dar cuenta del verdadero valor de los pueblos, no la opulencia de sus mercaderes.