En su hermoso libro La experiencia de leer, el escritor C.S. Lewis después de criticar a los que no cesan de hablar de los defectos de la inmadurez, afirma que “haber perdido el gusto por los prodigios o las aventuras no es más digno de celebración que haber perdido los dientes, el cabello, el paladar y, por último, las esperanzas”. Y propone una clasificación de la literatura a partir de cómo es leída, lo que nos exigiría a hablar, antes que de buenos y malos libros, de buenos y malos lectores. La inversión no es caprichosa pues cualquiera que sea el valor de la literatura esta sólo se verifica cuando hay buenos lectores que la leen. Pero así como un libro puede fracasar por no haber encontrado su lector, también una vida puede hacerlo si no encuentra quien la sepa vivir. Pero ¿puede aprenderse a vivir? Sin duda. Basta con darse cuenta de que lo importante no es tanto lo que nos pasa sino lo que somos capaces de hacer con ello en nuestra imaginación. Por eso es importante la poesía. Su misión no es informarnos acerca de cómo está hecho el mundo, sino ayudarnos a dialogar con él. Me refiero a la poesía entendida como acto natural del que toma conciencia de sí mismo, de quien mira a su alrededor sin haber perdido aún el gusto por el prodigio y la aventura de vivir.