En un poema de Thomas Hardy, el poeta descubre que un gamo le está mirando desde la espesura del bosque. Ha adquirido la tímida costumbre de acercarse pensativo a la casa, amparado en la oscuridad de la noche, y permanece largas horas con los ojos fijos en la ventana iluminada por el fuego. Thomas Hardy no llega a formularlas, pero en su poema están implícitas todas las preguntas de la poesía. ¿Qué viene a ver ese gamo solitario? ¿Qué significa para él que estemos velando en la noche y el resplandor líquido del fuego en las ventanas de nuestra casa? La poesía le permite a Thomas Hardy transformarse por unos instantes en el pensativo animal y mirar por sus ojos. ¿Hacemos nosotros lo mismo? Por ejemplo, ¿qué debieron de pensar los perros de Reus, mientras sus torturadores les cortaban las patas? Aún más, ¿qué ocultan los ojos de todos esos perros abandonados que vemos tras las alambradas de las perreras municipales?¿Y los de los toros en las plazas? La poesía no puede estar en la muerte del gamo, ni en el macabro espectáculo de su cabeza transformada en trofeo, sino en la pregunta por el misterio de su libertad en la noche, y de su inesperada visita a los lindes donde se encuentra con los hombres. En la pregunta por lo que nos une, mientras aguardamos junto al fuego la llegada de la mañana.