Augusto Monterroso no tenía un alto concepto de los hombres, ni de lo que cabía esperar de ellos, pero está claro que se encontraba a gusto en su compañía, especialmente si eran escritores o tenían algún trato con los libros. Por eso sus fábulas, contra lo que suele decirse, estaban llenas de candor. Pero el candor es peligroso, como lo demuestra el niño que, en el cuento de Andersen, afirma que el rey está desnudo. Ese es el problema de la verdad, que es dinamita pura; además, nadie suele creerla. Ni siquiera sabemos para lo que sirve. En un viejo cuento sufí un hombre le dice a otro: “Nos cuentas historias pero no nos dices como descifrarlas”. Y este le contesta: “¿Tú que dirías si un hombre que viene a venderte fruta se la comiese dejándote solo con la piel?” Eso son las fábulas para Monterroso: la fruta completa.