En uno de sus cuadernos E.M. Cioran dice haber leído unos libros de etnología, y sentir pena por la situación de los indígenas. Los grandes defectos de nuestra civilización occidental le habían inclinado a admirarles, pero se da cuenta de que viven mucho peor que nosotros. De hecho, el miedo es el sentimiento central de sus vidas. Ciorán concluye que el mal está inscrito en la condición de lo vivo y que no se debe envidiar a nadie. “A menos que salgamos de ese reino maldito que es el reino animal”. Basta con ver alguno de los documentales que habitualmente programan en televisión para comprenderlo. En realidad, el reino animal es el reino del horror. Los machos se enfrentan entre sí, hasta la extenuación o la muerte, y la hembras se arrebatan unas a otras las crías para satisfacer su hambre. La naturaleza entera es un festín sangriento, y, sin embargo, nos extasiamos ante los ríos y las cumbres de las montañas o buscamos la sombra de los árboles con la fantasía de estar regresando al edén. “La vida es extraordinaria, en el sentido en que el acto sexual lo es: durante y no después” Para Ciorán no son los pesimistas, sino los decepcionados, los que conocen la verdadera naturaleza del mundo.