El mito de Salomé, haciéndose servir en una bandeja la cabeza de Juan Bautista, es uno de los mitos centrales de nuestra cultura. Representa, sin duda, el lado oscuro del amor, su amargo poder y su inaplazable exigencia. Sin embargo, en el mundo real, suelen ser los hombres los que despedazan a sus compañeras. Si el emblema de la mujer que hiere por amor o despecho es la cabeza de su amante, el del hombre es la cuba de sangre de Barba Azul. La diferencia no es insignificante. La mujer no puede dejar de mirar, incluso al hacer daño; el hombre elude hacerlo, y está acostumbrado a hacer del cuerpo del amor un enjambre de miembros desarticulados. Supongo que, por eso, le es más fácil matar. No creo que el hecho de que en la mayoría de los crímenes pasionales las víctimas sean las mujeres, se deba solo a que éstas sean más débiles físicamente. La mujer ha hecho de la mirada, sobre su propio rostro, pero también sobre el de sus amantes y el de sus niños, la razón y la sola búsqueda de su vida. El hombre vive eludiendo hacerse responsable de esa mirada. Como al cazador que se cobra una pieza, lo que le atrae de verdad no es el espectáculo de la vida sino el de su propio poder.